miércoles, 28 de octubre de 2009

SOBRE EL INCONSCIENTE

Yo no tengo inconsciente.¡Yo soy un inconsciente!

Según algunos críticos, mientras que para Freud lo inconsciente era la auténtica realidad psíquica, el psicoanálisis relacional concede una mayor relevancia a la experiencia consciente, es decir, se reduce peligrosamente la importancia que lo inconsciente posee en el psicoanálisis. Dentro de la corriente del postmodernismo, donde estos críticos colocan al psicoanálisis relacional, no podemos conocer nada, sólo podemos inventar algo con lo que estemos de acuerdo, esto es, no existe la verdad sino las verdades, múltiples y relativas a la persona y a su lugar y momento histórico. Por otra parte, dicen, Freud nunca defendió la tesis de una mente aislada como afirma la propaganda relacional. Los relacionales crean, por tanto, su propio hombre de paja y nunca se plantean leer el original en alemán. Parece que sufrimos una necesidad virulenta de rechazar a Freud como si se tratase de una figura paterna fría, frustrante y crítica, a cambio de una fantasía de aceptación incondicional, calidez, cuidado, empatía y reconocimiento mutuo por parte de una madre amante e idealizada, modelo del giro relacional en la sesión terapéutica. Y esto quizá se debe a un complejo de Edipo no resuelto. Esta crítica acierta en cuanto a que preferimos un psicoanálisis más cálido, pero no en que concedamos menos importancia a lo inconsciente. Si es cierto que pensamos que la verdad no es absoluta, o al menos desconfiamos del dogmatismo. En cuanto a lo del Edipo no resuelto, se trata de un asunto que preferimos (no) resolver en la intimidad, mientras que en la palestra pública, si bien envidiamos a los colegas que gozan de una mayor fortaleza moral y técnica ya que (dicen) sus complejos están mejor analizados, creemos tener derecho a que se nos responda con argumentos racionales y razonables. Aunque – como decía Thomas Kuhn, el filósofo de la ciencia - las discusiones entre paradigmas nunca se resuelven mediante la argumentación.
El psicoanálisis freudiano se aparta de Descartes y del introspec­cionismo, desde el momento en que niega que la concien­cia sea el acceso privilegiado a nuestro psiquis­mo. Pero en parte retorna a cierta forma de egocentrismo, o de estancamiento en la mente aislada, por la forma que tiene de caracterizar lo inconsciente. Ciertamente, la existencia de un psiquismo inconsciente se justifica porque los datos de la conciencia son incompletos, se muestra en la clínica por la aparición de los síntomas que simbolizan el conflicto y en la vida diaria por la aparición de actos fallidos y por los sueños, entre otros fenómenos.
La antigua asimilación de todo lo psíquico a la conciencia es un error, porque deja fuera gran parte de la realidad observable. Un psicoanalista es aquel que mantiene la teoría de que el comportamiento de la persona viene, en gran parte, determinado por motivos o deseos inconscientes, es decir, tiene un motivo pero no lo conoce. Esto parece un descubrimiento que abre nuevos campos a la investigación psicológica y nuevas posibilidades para determinar las causas de la conducta. La investigación ya no se limita a lo consciente, se pueden estudiar todos los motivos, sentimientos, pensamientos, tanto conscientes como inconscientes. Pero este cambio de perspectiva implica también confusiones conceptuales radicales. La frase 'pensamiento inconsciente' (motivo, etc.) es equívoca, pues suponemos que los pensamientos conscientes e inconscientes son dos clases de pensamientos. Pero esto no está implicado en la explicación original. Igualmente, los críticos del inconsciente no percibirían que no están poniendo objeciones a descubrimientos empíricos sino a una nueva forma de representación. Freud no mantenía que se reprimieran las sensaciones, sino las representaciones, quedando la sensación o emoción como carga energética que necesita buscarse otro camino de descarga. Pero se dota a lo inconsciente de la misma cualidad de interioridad y ocultamiento que suele poseer la mente en nuestra cultura. En realidad la motivación inconsciente la deducimos del conjunto o totalidad del comportamiento, del sentido del mismo, desconocido en mayor o menor medida por la propia persona.
¿Cuál es el objeto del psicoanálisis? Según la mayoría de los autores que se declaran psicoanalistas su objeto de estudio es lo inconsciente. Alguna vez he asistido a algún debate en el que se acusaba a aquellos que se atrevían a hablar de “el inconsciente” por estar personalizando, cosificando o sustancializando una realidad que no es un objeto, como tal, sino un proceso, los procesos inconscientes. Siempre me ha parecido un debate sin sentido, pues la forma de expresión “el psiquismo inconsciente”, tan sustancializadora o cosificadota como la que más, nunca ha sido rechazada por los guardianes de la pureza. El psicoanálisis se ocupa, entonces, de determinados objetos mentales (imágenes, intenciones, predisposiciones, deseos, etc.) dentro de un tipo de “monólogo interno”. Estos objetos mentales, se dice, no poseen una existencia independiente y sensible, pero pueden deducirse de la transferencia, es decir, de la relación que se produce entre paciente y analista en la que se reactualizan relaciones del pasado, y de otros fenómenos como los lapsus, los actos fallidos, los sueños o los síntomas, en general.
Nuestra propuesta alternativa consiste en sugerir que si esos objetos aparecen en la transferencia (o en los otros fenómenos mencionados) es porque son comportamientos, “viven” en el comportamiento. Por tanto, el objeto del psicoanálisis es el comportamiento. La postura contraria, tal vez todavía mayoritaria, lleva inadvertidamente a un típico razonamiento circular, pues nada justifica que digamos que el psiquismo inconsciente se muestra en la transferencia (lapsus, actos fallidos) y, después, que la transferencia es una prueba irrefutable de lo inconsciente. La hipótesis que se ha introducido para explicar un fenómeno no se debe confundir con dicho fenómeno, que es el que nos interesa explicar. Freud inicialmente propuso el funcionamiento inconsciente para explicar una serie de fenómenos psicológicos, los síntomas de conversión en la histeria, luego los síntomas en general. Dio mucha mayor extensión a su concepto de inconsciente que Janet – psiquiatra francés contemporáneo - al subconsciente. Es aplicable a todos los individuos, y da cuenta de una serie de fenómenos: los sueños, los actos fallidos, y los síntomas de las demás neurosis (obsesiones, fobias, “paranoia”, etc.).
Esta explicación nos resulta incompleta. Si el concepto de inconscien­te es de verdad útil en la explicación del comporta­mien­to humano es porque evoca toda la red social de significados, aunque no como una estructura formal interna, sino como una estructura cultural externa. Esa red se intuye a través de la asociación libre que permite, a veces, descubrir alguna de sus mayas. El significado de un fenómeno inconsciente, por ejemplo, que yo diga por error “animal” en lugar de “alemán” debe buscarse dentro de un contexto social y cultural, desde luego español, y considerar toda la red de connotaciones que existen en un momento determinado del lenguaje, por ejemplo: los estereotipos dominantes sobre el “carácter alemán”, la dificultad para aprender ese idioma, el dominio alemán en la economía europea de los últimos decenios, mi enfado reciente con un amigo alemán, etc.
Lo inconsciente, diremos, se crea en la relación y es bi-personal, se establece entre dos o más personas, pues también nos parece legítimo hablar de un inconsciente grupal, o familiar, que evidentemente no es el que proponía Jung. Aún el funcionamiento del psiquismo inconsciente individual es social por naturaleza. La mente no surge de presiones internas sino que es diádica (dos o más personas) e interactiva, busca el contacto, el engranaje con otras mentes, es el propio contexto práctico de la relación interpersonal.

viernes, 23 de octubre de 2009

PARÁBOLAS CONTRA LA MENTE AISLADA

La idea de que nuestra mente está aislada en un espacio interior, dentro de nuestras cabezas, está muy arraigada en nuestras creencias. El periodista pregunta al deportista: ¿Qué pasó por tu cabeza cuando viste – muchos dirán “vistes” - que entrabas el primero en la meta?. El psicólogo cognitivo busca los mecanismos mentales que gobiernan cierto comportamiento, que supone la recepción de ciertos datos del entorno, su procesamiento y la elaboración de la mejor respuesta adaptativa. El neurocientífico busca las bases de la homosexualidad, o de las emociones, en las estructuras cerebrales. Desde el psicoanálisis relacional, entre otros lugares, sostenemos que la mente no es algo innato ni interno sino que es un producto de la interacción humana, dentro de una forma de vida particular. No niego que haya una base neurológica de las emociones, pero recomiendo que empecemos todo análisis de las emociones en el contexto de las relaciones humanas, que es su lugar de origen y donde se definen. También existe el lenguaje interior, pero es una habilidad adquirida y no por todos los sujetos: no lo tienen los animales, ni los deficientes intelectuales, ni los bebés y, sospecho, tampoco los psicópatas. La imagen de la mente aislada es un “constructo” social, los constructos sociales son en cierto modo convencionales, no son esencias o dogmas inamovibles, aunque eso no signifique que se pueden modificar con facilidad. Piénsese, por ejemplo, en el “constructo” social del honor en la época de Calderón.
Cuando se intenta hacer comprender a un auditorio amplio una forma de pensamiento – y aquí por pensamiento debemos entender algo muy genérico, como entender nuestra forma de entender el modo en que vivimos en el mundo y la propia forma en que vivimos en el mundo – los grandes “reformadores”, como Jesucristo, el Zaratrusta de Nietzsche, se han visto obligados a usar parábolas, historias alusivas, metafóricas.
Wittgenstein las utiliza para forzar al lector a representarse de manera alternativa un fenómeno que la costumbre le impulsa a representarse erróneamente. Lo esencial de la vivencia privada no es que cada uno de nosotros posea su propio ejemplar, sino que no sabemos si el otro posee esto o algo distinto, por ejemplo, si nuestra sensación de color "rojo" es igual que la de nuestro vecino. Para la representación del objeto interno 'dolor' imaginemos el caso de que cada persona tuviera una caja en la que guarda algo que llamamos "escarabajo", pero nadie puede mirar en la caja de otra persona y sólo sabe de qué se trata por la visión de su propio escarabajo (definición ostensiva interna). Si la palabra "escarabajo" tuviera un uso no habría de confundirse con la designación de una cosa, la cosa podría incluso no existir, ni siquiera sería un algo. Aun admitiendo que fuera posible el conocimiento privado de la sensación, dicho conocimiento se agotaría en sí mismo, no podría conocer el dolor de los demás a partir del mío. Pretender lo contrario sería un absurdo. Ahora la investigación con las neuronas espejo parece sugerir que el contagio emocional es automático pero habitualmente atenuado. Me compadezco con el otro que sufre, lo que no quiere decir que sufra igual. Pero en el origen aprendí mi lenguaje de sensaciones y emociones a través del trato con el otro, que es el que me ayudó a identificarlas.
La confusión habitual entre mente y cerebro procede de un "error categorial". Pensemos en la historia del visitante que acude a la Universidad y, después de haberle mostrado las aulas, laboratorios, bibliotecas, etc., pregunta dónde exactamente se encuentra "la" Universidad, como si se tratara de una entidad independiente. "Mental" y "material" pertenecen a distintas categorías; el error categorial consiste en buscar un espacio material donde se localice lo mental. Una vez que se le atribuye ese espacio ﷓ la caja craneana en nuestra cultura, no así en otras ﷓ se dota a lo mental de características similares a lo material. Tal vez la razón por la que nos inclinamos a hablar de la cabeza como del lugar de nuestros pensamientos es por que existen palabras como "pensar" y "pensamiento" junto a otras palabras que se refieren a actividades (corporales), tales como escribir, hablar, etc. Vemos a House que, de pronto, se queda parado y como abstraído en medio de una conversación, sólo falta que aparezca la bombilla que se ilumina por encima de su cabeza. ¿Por qué no decimos en ese momento que es una corazonada?
Wittgenstein rechazaba el uso habitual en nuestra cultura de la noción de "imagen” o “representación” interna. Según la concepción ordinaria, compartida con ciertas modificaciones por la psicología cognitiva y el psicoanálisis, la imagen se lleva encima, como si lleváramos un retal de tela para confrontar. Pero, si el proceso fuera así de simple sería, en realidad, algo muy complicado. Para comprobar que la imagen que nuestra memoria nos proporciona de 'rojo' es la correcta deberíamos disponer de un tercer término de comparación y este de un cuarto... y así indefinidamente. Antes o después llegamos al momento en que hacemos las cosas y, dentro de unos límites, las hacemos bien.
Los errores se originan en nuestra tendencia a darles un valor independiente a estas imágenes internas, por sí mismas, cuando en realidad sólo poseen estabilidad si se la contrasta regularmente con el uso. Lo que ocurre en el interior sólo tiene sentido en el flujo de la vida. El postulado esencial no son los sistemas representacionales, sino la comunicación interpersonal. La imagen interna es dependiente de la imagen externa, la auténtica, y del lenguaje, el sistema más potente de representación.
San Agustín de Hipona vivió entre el siglo IV y comienzos del V e introdujo el dogma del “pecado original”, idea que no se encuentra en la Biblia. Sería fecundo conectar conceptualmente esta idea con otra aportación del santo – un milenio antes de Descartes – contenida en sus Confesiones, la de que el alma llega ya formada al mundo, con sus capacidades intelectuales. Puedo dudar, dice el santo, de todo menos de mi propia existencia como alma que duda. El niño pequeño, advierte, aprende el significado de las palabras al observar los objetos que señalan los adultos cuando pronuncian cada una de ellas; de alguna forma es como si viniera con un “lenguaje” – el de los objetos y conceptos – y no tuviera más que hacer la traducción de las palabras del lenguaje natural que le tocara en suerte. Un comentarista perspicaz dedujo que en esa línea deberíamos nacer con preconceptos como “carburador” y “burócrata”. Sospecho que la noción moderna de sujeto – sentado cómodamente en el interior de la cabeza, como un cuento de Woody Allen - es un derivado del alma cristiana dibujada por San Pablo y San Agustín, y reforzado por el individualismo postromántico. El cristianismo – al menos la versión que se impuso al cabo de los siglos - se centra en el individuo para disminuirlo, rechazarlo, ningunearlo.
De los dos mandatos de la antigüedad griega eran "Cuídate a ti mismo" y "Conócete a ti mismo", el segundo ha triunfado oscureciendo totalmente al primero. Para los griegos, ocuparse de uno mismo tenía una connotación positiva, no sólo cuidarse del alma propia, como en los ejercicios espirituales, sino también el adecuado cuidado del cuerpo: el ejercicio, el disfrute, el goce. Para cierta moral cristiana el autocuidado ya adopta tintes peligrosos; más bien hay que autoexaminarse para estar en guardia contra pecados terribles, como la soberbia, el mayor de todos, de él se derivan los demás. Es muy instructivo observar que la lascivia es un pecado de la intimidad subjetiva, en definitiva sólo el pecador puede saber en el fondo de su alma que está impulsado por un deseo impuro.
Desde entonces existen dos sujetos. El que observa, el pensador, el que maneja la máquina (el yo gramatical o metafísico, inextenso), y el imaginario-material, con extensión, que vemos reflejado en el espejo o la fotografía. La religiosidad - oficial o laica – ordena que cultivemos sobre todo al sujeto inextenso. Se podría objetar que en el presente más actual esto ha cambiado y que lo que predomina es el hedonismo, el cultivo del cuerpo. Basta observar la disciplina con la que los deportistas y los modelos de pasarela, supuestos “modelos” de ese cambio, castigan su cuerpo hasta la destrucción para descubrir la autonegación. También la audodestrucción culposa de la pareja anorexia-bulimia, a la que se ha unido la vigorexia, u obsesión por verse musculoso, como nueva monomanía.
El obsesivo está en una lucha permanente consigo mismo, escindido entre alma y cuerpo, contra todas las manifestaciones de su carnalidad, horrorizado ante la suciedad, con rituales obsesivos de limpieza: las manos, los dientes (blanqueo), el ano. Estos pacientes sin duda manifiestan firme incredulidad y desacuerdo cuando se intenta una aproximación interpretativa en la línea suciedad = pecado. El histérico, en cambio, no "teoriza" como el obsesivo su horror ante la suciedad, sino que la actúa, muy a menudo mediante su repugnancia ante el contacto sexual. Con frecuencia se producen la impotencia, eyaculación precoz, frigidez, vaginismo y otros trastornos genitales. En tiempos de supuesta "liberación" - atemperada por la nueva peste, el VIH - dichas carencias pueden estar tapadas bajo un tupido manto de promiscuidad, pero una promiscuidad que se confiesa como insatisfactoria, la paciente rara vez ha alcanzado el orgasmo o, en el hombre, la impotencia ante mujeres idealizadas, consideradas puras, y la satisfacción sólo ante mujeres tomadas como inferiores, criadas o prostitutas.

martes, 20 de octubre de 2009

¿QUÉ ES EL PSICOANÁLISIS RELACIONAL?

Cuando un paciente o un estudiante reciente me preguntan qué es el psicoanálisis relacional y tengo, por tanto, que explicarlo de manera sencilla me encuentro en cierto apuro. Lo primero que se me ocurre es que los psicoanalistas relacionales hablamos más, no escuchamos en silencio horas y horas hasta que soltamos la interpretación exacta y correcta. Al paciente, además, le digo que intentamos “mover” la situación para que el proceso funcione, pero que la buena marcha de la terapia no depende solo de mí, en absoluto, sino que es una cosa en la que trabajamos los dos. Al alumno luego le puedo añadir que yo, personalmente, tengo menos reparos en equivocarme cuando realizo un señalamiento u observación. Como decía Kohut, salvo que nuestros errores sean muy reiterados el paciente nos lo perdona si nuestra actitud empática es la correcta. Ahora se dice con frecuencia, creo que acertadamente, que la interpretación no es el factor terapéutico fundamental. La presencia empática del terapeuta, el acompañamiento, el holding son factores por lo menos tan importantes como lo que pueda decir en concreto. Cuando un alumno en supervisión me pregunta qué tiene quehacer, le digo que en princio, estar, acompañar al paciente con la mayor naturalidad posible y, si no se le ocurre nada mejor, advertir qué cosas le llaman la atención de su discurso y por qué. Otro factor de gran relieve es la reducción de la asimetría entre terapeuta y paciente, es decir, que el terapeuta no se coloque en una cumbre para emitir su oráculo que el paciente debe escuchar con humildad y sumisión. Así le digo yo al alumno “no siempre el paciente está equivocado cuando muestra su desacuerdo con algo que hemos dicho o hecho”. No descarto por principio la posibilidad de dar un consejo, no sólo cuando entre dentro de las mínimas normas de la buena educación, pero respetando el difuso límite para no tomar las decisiones por el paciente ni convertirnos en “directores espirituales”. Finalmente, existe la posibilidad de que yo le comente al paciente cómo me he podido sentir en determinado momento por algo que ha dicho o hecho (o cómo me habría sentido en el lugar de otra persona en una escena que relata) y esto puede ser muy orientativo y clarificador para él o ella sobre los efectos de su conducta puede producir en los demás. Puede pensarse que esto cuestiona nuestro rol porque nos mostrará como seres frágiles o influenciables, sin embargo, estoy convencido de que mostrar – en ciertas circunstancias – que tenemos sentimientos es positivo. Normalmente es muy recomendable, no obstante, que esos sentimientos no nos inunden, pero si eso ocurriera, el disimulo y la negación nunca son un buen camino. Kenberg, por ejemplo, un autor alejado de las corrientes relacionales, no declara sus sentimientos cuando se ve amenazado por un paciente agresivo, claro está, pero sí pone límites y expresa condiciones de manera explícita. Por otra parte, da mucho juego terapéutico indagar qué idea se hace el paciente de lo que el analista piensa y siente.
En la medida en que el psicoanálisis relacional preconiza la superación de términos estáticos - como transferencia, contratransferencia, resistencia - y se prefiere hablar de la sesión analítica como un campo de interacción, un espacio transicional, de terceridad, algo “co-creado” por analista y analizando en un proceso de mutualidad, el concepto de verdad que mejor se le puede aplicar es el de descubrimiento: se descubre aquello nuevo que surge entre dos personas en relación. De hecho, la interpretación acertada no será sólo la que se corresponda con la realidad (Wirklichkeit) mental del paciente, sino la que permita el descubrimiento.
No es infrecuente escuchar, y leer, que el psicoanálisis relacional se distancia tanto de los principios psicoanalíticos que debe contemplarse bajo una mirada de recelo, cuando no se afirma de forma tajante que deja de ser psicoanálisis ya que se adentra en el campo de la psicología, sin más. Por nuestra parte, nunca nos ha parecido satisfactoria la consideración de que el psicoanálisis pertenezca a un campo de conocimiento separado de la psicología. Esta propuesta se contradice con la actitud del propio creador del psicoanálisis que, evidentemente, leía mucha psicología y literatura y poco psicoanálisis – entre otras cosas porque lo estaba inventando él - , y con la apertura del psicoanálisis actual a otras ramas de la ciencia y de la psicología: enfoque sistémico, neurociencia, cognitivismo, psicología evolutiva, etc. El purismo sólo sirve para favorecer un aislamiento no muy dorado. No obstante, si al final descubrimos que ya no residimos en la morada psicoanalítica – oficial o teórica – lo que no me parece probable, habrá que tomarlo con resignación. Parafraseando el dicho clásico “amo a Freud, pero amo más a la verdad”.
El psicoanálisis relacional sigue siendo psicoanálisis, pues sigue intentando hacer comprensibles la transferencia y la resistencia, aunque estos conceptos han cambiado y se han reinterpretado. De hecho, lo que se ha logrado es completar esos fenómenos al observar la parte importante que el analista pone también en el proceso, desde su propio inconsciente, no ya solo como contratransferencia. La transferencia no simplemente se completa con la contratransferencia, sino que la situación analítica es una construcción común de analista y paciente. El enfoque relacional o intersubjetivo sigue dando una atención particular a lo inconsciente pero no se limita al clásico inconsciente dinámico reprimido, como espero aclarar en otro momento
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domingo, 18 de octubre de 2009

¿EXISTE EL “APARATO PSÍQUICO”?


Cuando oigo hablar del “aparato psíquico” me sale decir que, en treinta años de práctica profesional nunca he visto un aparato psíquico, siempre me he encontrado con personas. Entonces, a veces, se me habla de que no puedo negar la existencia del cerebro ni de las funciones internas. Eso es cierto, pero conviene que no confundamos nuestras observaciones directas de cómo actúan los sujeto con nuestras inferencias sobre un supuesto “aparato psíquico” y, menos todavía, con una estructura del cerebro que nunca se ha establecido de manera satisfactoria para dar cuenta de tal aparato. Freud lo intentó y tuvo que abandonar el Proyecto, allá por 1895. Nunca se podrá establecer porque psicología y neurología son dos ciencias diferentes con objetos diferentes, que, como la física y la química, se pueden influir pero no suplantar.

De las teorías existentes sobre la estructura del aparato psíquico la más acertada me parece ser la de Fairbairn, al concebir el teatro interno compuesto por personajes introyectados, en relación estrecha con una parte del yo – él hablaba de “ego” no de “self”. Ahora bien, esta versión es, para mi gusto, demasiado intrapsíquica. Tal vez nunca podamos renunciar del todo a las metáforas, pero a partir de la concepción externalista, relacional, es la acción entre las personas lo que pasa al primer plano.

El individuo se constituye cuando puede producirse la relación dual consigo mismo, es decir, cuando dialoga con su yo (múltiple). Esto es lo que Vygotsky llama "drama" y que, como él mismo indica, aparece en Freud cuando analiza el Macbeth. Wittgenstein, por su parte, también reconoce la existen­cia del monólogo interior, en ninguna manera "privado", sino que deriva del lenguaje social, el único primitivo que conocemos. Esta concepción pone el acento en los aspectos observacionales de la conducta, bien entendida como conducta simbólica, lo que supone, ya de entrada, tener en cuenta porciones extensas del comporta­mien­to, fragmentos de historia o, más aún, la búsqueda de totalidades. Existen contenidos internos pero, como dice Vygotsky, las funciones psicológicas no deben ser explica­das en base a las relacio­nes orgánicas internas (regulación), sino en términos externos: en psicología no hay estructuras naturales sino constructos. Cualquier función psicológica superior es externa, social, antes de convertirse en interna; antes de convertirse en función era la relación social entre dos o más personas. El desarrollo no se dirige a la socialización sino hacia la individuación de las funciones sociales.

Una visión más actual de la estructura que forman los objetos internalizados junto con los fragmentos del yo, en el modelo de Fairbairn, consistiría en proponer que lo que se interioriza no son, desde luego, imágenes, pero tampoco objetos ni relaciones de objeto, sino esquemas de acción disponibles para su actualización en cualquier momento, incluso en la relación del sujeto consigo mismo. Symington en lugar de “objeto interno malo” prefiere decir “experiencia psíquica activa mala reprimida”; aunque sea una expresión más pesada, es más exacta. Su crítica por el uso de la palabra “objeto” se extiende también a Melanie Klein y a los demás teóricos de las relaciones objetales. Mi conclusión dice: El psiquismo son esquemas de relación formados en interacción dialéctica con nuestro entorno.

jueves, 15 de octubre de 2009

Freud: Mente aislada y Telepatía

Nos desconocemos a nosotros mismos porque nosotros mismos estamos detrás de nosotros mismos.
Ramón Gómez de la Serna

Son numerosos los aspectos de las teorías de Freud y los pasajes de su obra que suponen una concepción de la mente como entidad aislada. La contrapartida metafísica de esta concepción es el problema de las otras mentes - ¿cómo puedo estar seguro de la existencia de otras mentes a parte de la mía?- cuestión recurrente en la filosofía actual, sobre todo anglosajona. Freud lo “resuelve”, en su obra Lo Inconsciente, recuperando el argumento per analogiam de John Stuart Mill: La afirmación de que también los demás hombres poseen una conciencia es una conclusión que deducimos per analogiam, basándonos en sus actos y manifestaciones perceptibles y con el fin de hacernos comprensible su conducta.
Es decir, la aceptación de una conciencia, en los demás, reposa en una deducción y no en una irrebatible experiencia directa como la que tenemos de nuestra propia conciencia. Pero, por otra parte dice que cuando se trata de los demás sabemos interpretar muy bien su comportamiento, dotándole de coherencia, mientras que esa interpretación se resiste con nosotros mismos, por lo que debemos tomarnos como si nuestros actos "pertenecieran a otra persona". Parece como si la investigación fuera desviada por un "obstáculo especial". Pero, si como dice Freud, es más fácil interpretar el comportamiento de los demás que el mío propio. ¿Por qué mi propia conciencia ha de ser tomada como el hecho primario y la base para postular la existencia de otras mentes? Uno de los frutos del mito de la mente aislada es la creencia en la telepatía, primero separamos las mentes, como receptáculos herméticos, después imaginamos que se pueden comunicar sin intermediarios. Freud se mantuvo una posición de ambigüedad sobre el supuesto fenómeno.
Por mi parte afirmo que la telepatía no existe porque las mentes no están aisladas. La capacidad de mentir y el disimulo, que parece convertirse para nosotros en una segunda natauraleza, no es algo dado desde el principio sino el resultado de un costoso aprendizaje. Normalmente sabemos qué es lo que piensa y siente el otro, y el otro también lo sabe de mi, salvo raras excepciones. En caso contrario, todos seríamos por naturaleza consumados jugadores de póker.