martes, 20 de octubre de 2009

¿QUÉ ES EL PSICOANÁLISIS RELACIONAL?

Cuando un paciente o un estudiante reciente me preguntan qué es el psicoanálisis relacional y tengo, por tanto, que explicarlo de manera sencilla me encuentro en cierto apuro. Lo primero que se me ocurre es que los psicoanalistas relacionales hablamos más, no escuchamos en silencio horas y horas hasta que soltamos la interpretación exacta y correcta. Al paciente, además, le digo que intentamos “mover” la situación para que el proceso funcione, pero que la buena marcha de la terapia no depende solo de mí, en absoluto, sino que es una cosa en la que trabajamos los dos. Al alumno luego le puedo añadir que yo, personalmente, tengo menos reparos en equivocarme cuando realizo un señalamiento u observación. Como decía Kohut, salvo que nuestros errores sean muy reiterados el paciente nos lo perdona si nuestra actitud empática es la correcta. Ahora se dice con frecuencia, creo que acertadamente, que la interpretación no es el factor terapéutico fundamental. La presencia empática del terapeuta, el acompañamiento, el holding son factores por lo menos tan importantes como lo que pueda decir en concreto. Cuando un alumno en supervisión me pregunta qué tiene quehacer, le digo que en princio, estar, acompañar al paciente con la mayor naturalidad posible y, si no se le ocurre nada mejor, advertir qué cosas le llaman la atención de su discurso y por qué. Otro factor de gran relieve es la reducción de la asimetría entre terapeuta y paciente, es decir, que el terapeuta no se coloque en una cumbre para emitir su oráculo que el paciente debe escuchar con humildad y sumisión. Así le digo yo al alumno “no siempre el paciente está equivocado cuando muestra su desacuerdo con algo que hemos dicho o hecho”. No descarto por principio la posibilidad de dar un consejo, no sólo cuando entre dentro de las mínimas normas de la buena educación, pero respetando el difuso límite para no tomar las decisiones por el paciente ni convertirnos en “directores espirituales”. Finalmente, existe la posibilidad de que yo le comente al paciente cómo me he podido sentir en determinado momento por algo que ha dicho o hecho (o cómo me habría sentido en el lugar de otra persona en una escena que relata) y esto puede ser muy orientativo y clarificador para él o ella sobre los efectos de su conducta puede producir en los demás. Puede pensarse que esto cuestiona nuestro rol porque nos mostrará como seres frágiles o influenciables, sin embargo, estoy convencido de que mostrar – en ciertas circunstancias – que tenemos sentimientos es positivo. Normalmente es muy recomendable, no obstante, que esos sentimientos no nos inunden, pero si eso ocurriera, el disimulo y la negación nunca son un buen camino. Kenberg, por ejemplo, un autor alejado de las corrientes relacionales, no declara sus sentimientos cuando se ve amenazado por un paciente agresivo, claro está, pero sí pone límites y expresa condiciones de manera explícita. Por otra parte, da mucho juego terapéutico indagar qué idea se hace el paciente de lo que el analista piensa y siente.
En la medida en que el psicoanálisis relacional preconiza la superación de términos estáticos - como transferencia, contratransferencia, resistencia - y se prefiere hablar de la sesión analítica como un campo de interacción, un espacio transicional, de terceridad, algo “co-creado” por analista y analizando en un proceso de mutualidad, el concepto de verdad que mejor se le puede aplicar es el de descubrimiento: se descubre aquello nuevo que surge entre dos personas en relación. De hecho, la interpretación acertada no será sólo la que se corresponda con la realidad (Wirklichkeit) mental del paciente, sino la que permita el descubrimiento.
No es infrecuente escuchar, y leer, que el psicoanálisis relacional se distancia tanto de los principios psicoanalíticos que debe contemplarse bajo una mirada de recelo, cuando no se afirma de forma tajante que deja de ser psicoanálisis ya que se adentra en el campo de la psicología, sin más. Por nuestra parte, nunca nos ha parecido satisfactoria la consideración de que el psicoanálisis pertenezca a un campo de conocimiento separado de la psicología. Esta propuesta se contradice con la actitud del propio creador del psicoanálisis que, evidentemente, leía mucha psicología y literatura y poco psicoanálisis – entre otras cosas porque lo estaba inventando él - , y con la apertura del psicoanálisis actual a otras ramas de la ciencia y de la psicología: enfoque sistémico, neurociencia, cognitivismo, psicología evolutiva, etc. El purismo sólo sirve para favorecer un aislamiento no muy dorado. No obstante, si al final descubrimos que ya no residimos en la morada psicoanalítica – oficial o teórica – lo que no me parece probable, habrá que tomarlo con resignación. Parafraseando el dicho clásico “amo a Freud, pero amo más a la verdad”.
El psicoanálisis relacional sigue siendo psicoanálisis, pues sigue intentando hacer comprensibles la transferencia y la resistencia, aunque estos conceptos han cambiado y se han reinterpretado. De hecho, lo que se ha logrado es completar esos fenómenos al observar la parte importante que el analista pone también en el proceso, desde su propio inconsciente, no ya solo como contratransferencia. La transferencia no simplemente se completa con la contratransferencia, sino que la situación analítica es una construcción común de analista y paciente. El enfoque relacional o intersubjetivo sigue dando una atención particular a lo inconsciente pero no se limita al clásico inconsciente dinámico reprimido, como espero aclarar en otro momento
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