miércoles, 25 de abril de 2012

¿Cuándo hacer psicoterapia y por qué?


Levanto la vista del lomo de un libro sobre psicología evolutiva que observaba distraído y  me encuentro con la mirada de mi paciente imaginaria que se ha medio materializado frente a mi.
P- Buenas tardes, doctor.
T- Buenas tardes… sí soy doctor, porque hace más de veinte años defendí una tesis, pero quiero aclarar que no soy médico. Lo digo porque todavía hay mucha gente que se confunde y piensa que todos los psicoterapeutas hemos estudiado medicina, cuando no es así en la mayoría de los casos. Pero no sé si esto es ahora mismo de tu interés.
P- Agradezco la explicación y en algún momento será necesario ampliarla. Sin embargo lo que hoy me trae es la duda sobre cuándo es necesario hacer psicoterapia y qué es lo lleva a las personas a consultar con un psicoterapeuta.
T- Como todas las cuestiones que me estás planteando en estas entrevistas, la respuesta que debo dar no es simple, ni mucho menos y para acotarla un poco me referiré sobre todo al campo de los adultos en el que tengo algo más de experiencia y es más fácil de explicar. Para empezar, diré que considero que no todas las personas necesitan realizar una psicoterapia y que es posible el crecimiento y la evolución en el día a día, gracias al contacto con familiares y amigos. Cuando esto no es suficiente es cuando conviene acudir a nosotros, sobre todo cundo los problemas irresolubles no son de tipo material sino más bien de estilo de vida, de forma de enfrentarse a las situaciones y relaciones. Desde luego, esto también puede luego tener consecuencias materiales. Veamos unos ejemplos para aclarar las ideas. La persona es tan tímida que no es capaz de entablar relaciones de amistad o de pareja, y cuando las consigue se siente dominado o perjudicado. En este y en otros casos se cumple que la persona dispone de recursos materiales y de la suficiente salud física para tener una vida satisfactoria, y no lo consigue. También se puede requerir una psicoterapia cuando las dificultades materiales provocan un malestar agudo, por ejemplo, alguien que ha sufrido varias pérdidas reales muy de seguido o que se ha visto sometido a una situación estresante de gran envergadura, como una catástrofe o similares. Pero este segundo grupo de “pacientes”, que son personas que en otras circunstancias no se habrían planteado acudir a consulta, no forman el grueso de la demanda y además existen colegas especializados en su atención y tratamiento. Digamos que la mayoría de las personas que acuden a mi consulta podrían organizárselo bien y no lo consiguen. Indudablemente la indagación posterior nos permite descubrir, al menos en parte, los motivos de su malestar, motivos que, a mí entender, tienen que ver con vivencias n la infancia relacionadas con carencias emocionales. Se da la paradoja de que el mero hecho de solicitar atención es un signo de equilibrio y que, en cambio, sujetos con una gran problemática psicológica nunca se plantearán ponerse en manos de un profesional.
P- Quieres decir que vosotros no sois ‘loqueros’.
T- Pues no negaré que algunas personas que yo atiendo o he atendido padecían trastornos graves del comportamiento, pero la gran mayoría son sujetos ‘normales’ – dicho con todo el cuidado con el que hay que emplear esa palabra pues a menudo ella, o su contraria, han servido para estigmatizar. Repito que son sujetos normales que sufren de algún tipo de dificultad y consideran que la psicoterapia puede ser un camino para resolverla. Si me preguntas cuándo esas dificultades justifican acudir a consulta, mis recomendaciones sólo pueden ser de tipo genérico. Veamos, cuando tienes una fobia es aconsejable que pidas ayuda si esa angustia te impide el normal desenvolvimiento en las diferentes esferas de tu vida: familiar, laboral y de relaciones amistosas. Una cosa es que los locales pequeños, oscuros y superpoblados te desagraden y otra cosa es que no tengas amigos porque no te puedes ir a tomar una copa con ellos. Una cosa es que te gusten poco los perros y otra es que no puedas salir a la calle por el temor que te provoca ver cualquier animal. Una cosa es que estés triste y otra que no te permitas disfrutar de las diversiones que hasta ese momento te agradaban – charlas, cine, paseos, viajes – y te encierres en casa todo el tiempo libre, por no hablar del que se queda llorando en la cama y abandona también el trabajo.
P- ¿Es la fobia, o las fobias, entonces, uno de los motivos principales para pedir psicoterapia?
T- Pues si nos referimos de manera estricta a la psicopatología, entre los problemas más habituales están las fobias y ansiedades en general, diversas formas de depresión y también problemas en el control de la agresividad. Pero e mi opinión la mayoría de las consultas tienen que ver con dificultades a la hora de establecer relaciones de pareja, mantenerlas o terminarlas – y no primordialmente por problemas sexuales que también pueden darse y también se dan. Un asunto relacionado es el de las necesidades de independización de la familia de origen, pues en cierta medida también pueden explicar las dificultades con la pareja. Pero subiendo un poquito de nivel, el mayor problema de la humanidad es el de no sentirse suficientemente querida, o no de la manera adecuada, y siempre con razón, aunque no sea de la manera que la persona cree.
P- Sospecho que no es así, pero con esto que acabas de decir se podría pensar que la solución a los problemas psicológicos es el afecto y el cariño, por lo que el terapeuta lo que debe hacer es querer y acoger a sus pacientes con su gran corazón.
T- Es posible que alguien piense que esa es la ‘técnica’ de los terapeutas relacionales, pero debo deshacer ese error. Desde luego que intentamos acoger al paciente con afecto sincero y empatía, a diferencia de la extremada neutralidad de la que en ocasiones han hecho gala los analistas clásicos, supongo que más en las comunicaciones externas y no en el seno de la sesión, afortunadamente. Ahora bien, ese ambiente de acogida y comprensión tiene que servir para que paciente y terapeuta colaboren en la búsqueda de una mayor comprensión y superación de las dificultades de la vida cotidiana, empezando por la propia relación entre ambos en el contexto terapéutico. Por tanto, el paciente en terapia tiene una tarea por delante, a veces difícil o incluso angustiosa, y no una solución mágica a sus problemas.
P- En resumidas cuentas, opinas que lo que más queremos es que nos quieran.
T- Bueno, sí, querer y que nos quieran. Pero el bebé y el niño pequeño tienen que aprender a querer en un ambiente familiar que le ofrezca cariño y que asimile de forma positiva sus expresiones de agresividad y enfado sin que se conviertan en catastróficas. Winnicott ha sido posiblemente uno de nuestros antecesores que mejor captó esta dinámica. Luego nos encontramos con personas cuya carencia inicial de afecto fue de tal naturaleza que sólo saben expresarse desde la destructividad, que todos usamos pero que se espera no abusemos de ella. Estos sujetos a los que me refiero – agresivos, destructivos – son inaccesibles a toda forma de tratamiento. También es muy difícil tratar a aquellos que convivieron en su infancia con personas así e interiorizaron una imagen extremadamente deteriorada de sí mismos. Tanto un extremo como el otro, no obstante, no son representativos del paciente promedio.
T- Y todas las personas que acuden se benefician de la psicoterapia.
P- Me parece que ya tratamos algo este asunto pero quizá convenga volver de nuevo a él. La inmensa mayoría de las personas que siguen una psicoterapia durante un tiempo suficiente se benefician de ella, aunque no todos y no siempre, y esos casos de impás necesitan se considerados en detalle, pero no ahora. Luego están muchas personas que abandonan a las pocas sesiones, con todo el derecho del mundo, algunas porque no hemos sabido entender adecuadamente su problemática, otras porque implemente no les hemos gustado o inspirado confianza y, finalmente – y para que la responsabilidad no sea siempre nuestra – algunas porque descubren que la psicoterapia no es una solución inmediata o sin esfuerzo.
P- Pues muchas gracias de nuevo por tus respuestas.
T- Como siempre, quedo a tu disposición.

martes, 3 de abril de 2012

EL FINAL DE LA TERAPIA



Después de las presentaciones y de tomar cómodo asiento, empiezo con mi ritual “¿Qué tal?” y, tras responder que bien, respuesta que no siempre se produce en este escenario, mi paciente imaginaria entra en materia.
P- La semana que viene no nos vemos.
T- ¡Claro! Es Semana Santa.
P- Pero al principio dijiste que era importante que nos viéramos todas las semanas.
T- Sí, es importante. Según mi experiencia, cuando el ritmo es menor a una sesión semanal, el funcionamiento de la psicoterapia se desdibuja y pierde efectividad. No niego la posibilidad de que sea yo el que necesita esa frecuencia para no perder el hilo. No obstante, creo que ya dije que lo ideal son dos sesiones semanales y si, además, se puede completar el trabajo con un grupo mensual de tres horas, la cosa va de maravilla. Mi insistencia en una sesión mínimo estriba en que luego se presentan fiestas, como la semana próxima, o imponderables: gripes, fallecimientos (con perdón), y otros condicionantes.
P- ¿Entonces nunca aceptas un “encuadre” – como vosotros lo llamáis – de una sesión quincenal?
T- No salvo que sea un acuerdo de finalización de terapia, es decir, se ha llegado a la conclusión de que la terapia, se acaba, pero ni el paciente, ni el terapeuta, o ninguno de los dos consideran adecuado terminar de golpe.
P- ¡Ya hemos llegado al tema que quería plantearte hoy¡ ¿Cuándo termina una psicoterapia? Si es que termina.
T- Ya veo. Pues emulando al creador del psicoanálisis, podría decir que la terapia es un proceso interminable… pero, añado por mi parte, normalmente llega un momento en que hay que terminarlo.¿Cuando? Pues cuando se han alcanzado los objetivos, no digo “los últimos objetivos” porque eso no se consigue nunca, salvo después de la muerte que es cuando –según Heidegger – el ser humano está completo.
P- Un tanto patético te encuentro hoy, será quizá por la Cuaresma.
T- Dejemos como tema central de otra entrevista la importancia de asumir la propia muerte para alcanzar una vida moderadamente feliz, sobre todo en esta época que nos ha tocado en suerte, negadora del dolor, la vejez, la enfermedad y la muerte… Desde luego, la muerte supone a veces un final abrupto del proceso. De hecho yo atendí a un paciente cuyos dos terapeutas anteriores se le habían muerto.
P- Parece que contigo no lo consiguió.
T- No de momento, es lo más que se puede decir. Pero el fallecimiento no es la peor forma de terminar, en cualquier caso es una eventualidad a la que todos estamos expuestos, lo peor es cuando las resistencias de uno o de otro y, sobre todo, combinadas, llevan a un estancamiento o a una ruptura que no permita el crecimiento, como cuando la agresividad no puede ser elaborada y se convierte en destructiva. El terapeuta debe tener controles adquiridos ante esa destructividad, sobre todo a través de la propia terapia y supervisión. El paciente, por su parte, puede abandonar la terapia por no querer entrar de lleno en los aspectos delicados de su economía mental cotidiana, quizá porque el terapeuta no ha sabido entrar adecuadamente en ellos, por propia resistencia o incapacidad, pero no siempre. En muchas ocasiones el paciente no se ha sentido adecuadamente atendido o acogido y en otras esperaba una “solución” más rápida o menos dolorosa a sus problemas.
P- Pero volvamos a los finales felices, cuando la terapia se acaba tras alcanzar las últimas posiciones. ¿No te parece bien algo de psicología positiva?
T- Estoy a favor de la psicología positiva, siempre que no sea una negación tontorrona de la realidad. El optimismo frívolo que llena de almíbar algunas comedias americanas nos priva de una virtud muy española y que nos ha permitido sobrevivir ante innumerables situaciones adversas, me refiero al humor negro. Pero vayamos al asunto. Con más frecuencia de lo que algunos sugieren, las terapias de tipo psicodinámico, y la relacional entre ellas, consiguen – esto es, lo consiguen paciente y terapeuta en íntima colaboración – que se alcancen los objetivos. La evaluación de resultados de estilo positivista en estas terapias no suele ser inadecuada, pues no se trata de variables fáciles de pesar, contar o medir, pero eso disminuye la conveniencia de referirnos a cuestiones claramente objetivables. Se me pueden ocurrir muchos ejemplos, entre ellos: lograr terminar unos estudios que llevaban años estancados, lograr encontrar pareja, separarse de la pareja o seguir con ella en mejores términos, ser capaz de encontrar amigos, ser capaz de salir a la calle aunque la angustia no haya desaparecido del todo, soportar con paciencia y poniendo ciertos límites la intromisión de un padre dominador, decidirse a tener hijos (o a no tenerlos), encontrar trabajo cuando antes la ansiedad por el éxito lo impedía… Tampoco menosprecio la posibilidad de que la persona diga, simplemente, que se encuentra bien. Cuando ocurren cosas de este estilo es fácil que paciente y terapeuta estén de acuerdo y se despidan de forma amistosa, dejando la puerta abierta a una colaboración futura. Desde luego, de la consulta no sale nadie volando, convertido en superman o superwoman, pero sí, emulando a D. Sigmund Freud en una de sus primeras publicaciones, la persona ha cambiado sus miserias neuróticas por miserias normales. También me apetece recordar ahora su definición de la salud como la capacidad para trabajar y amar.
P- ¿No te parece que citas mucho a Freud para ser relacional y heterodoxo?
T- Se es psicoanalista con Freud y contra Freud, pero nunca sin Freud, al menos por ahora. De todas formas, dejemos de hablar de lo que yo pienso, ya ha llegado el momento de que me hables de tus cosas, de lo que te trae por aquí.
P- Quizá olvidas que esta no es una terapia normal ni yo una paciente real, sino que encarno las dudas, previas y posteriores, que experimentan muchos pacientes. De momento tus respuestas me han resultado satisfactorias o, incluso, iluminadoras. Pero me reservo la opción de volver a la carga con nuevas dudas.
T- A tu disposición, pues.