martes, 26 de enero de 2010

DE LAS REPRESENTACIONES


En psicoanálisis (y en psicología) es habitual que confundamos el modelo con el que pretendemos explicar un comportamiento, con un modelo que supuestamente el sujeto posee en su interior. Hemos llegado a aceptar que no tenemos un conocimiento directo de la realidad "en sí", sino que nos manejamos con representaciones de ella. Lo acertado o equivocado de las representaciones se deduce por sus consecuencias, algunas nos llevan al éxito y otras no, y concluimos que ese resultado no es azaroso. Sin embargo, todavía no hemos caído en la cuenta de que formamos parte de la realidad y las teorías que construimos sobre nuestra naturaleza no son más que eso, representaciones. El que utilicemos socialmente representaciones para describir y entender nuestro comportamiento no quiere decir que la "representación", en cuanto tal, sea el componente esencial del psiquismo. Con esto nos apartamos de Herbart, Brentano, Husserl y de la mayor parte de la psicología posterior que se apoya en el concepto filosófico de “intencionalidad”. Cada fenómeno psicológico o contenido mental está dirigido hacia un objeto, que sería el objeto intencional. Un pensamiento, deseo o creencia están relacionados con un objeto. Los fenomenólogos no son tan simplistas como para decir que estos objetos son “externos” pues de hecho se puede entender que toda la realidad humana es mental y, por tanto, intencional. Pero desde este sistema es fácil concebir la distinción del sujeto representante frente al objeto representado. Frente a ello, propongo que en el origen no existe un sujeto representante, ni diferenciación de sujeto y objeto, sino mera acción. El mundo no es el conjunto de las cosas sino de los hechos, es decir, de las relaciones.
Según la concepción ordinaria la imagen se lleva encima, igual que podemos utilizar un retal de tela para confrontar. Como ya he dicho, si el proceso fuera así de simple sería, en realidad, algo muy complicado. Para comprobar que la imagen que nuestra memoria nos propor­ciona de 'rojo' es la correc­ta deberíamos disponer de un tercer término de comparación, y así indefi­ni­damente. Antes o después llegamos al momento en que hacemos las cosas y las hacemos bien. Bien entendido, este debate entronca en la discusión medieval sobre los universales y más atrás, con la doctrina platónica de las ideas. Recordemos el argumento clásico del tercer hombre contra la doctrina de las ideas, o de las “formas” platónicas. La cuestión tiene que ver con la manera en que una idea se relaciona con los particulares que participan de ella. El hombre particular es, en consecuencia, humano, porque participa de la forma “hombre”, pero esta comparación requeriría del recurso a un “tercer hombre” – y no es Orson Welles - que asegurara lo que los dos primeros poseen en común, y así en una regresión al infinito. Por muchas investigaciones que se están realizando, ningún científico sabe cómo representa la representación. A pesar de ello se sigue identificando el concepto de “mente” con la mente individual, aislada como aparato representacional.
No es que yo niegue la existencia de representaciones internas, ni afirmo que las investigaciones de la ciencia cognitiva carezcan de interés. De hecho, considero relevantes los trabajos en los que se descubre que una imagen se mantiene en la memoria merced a su estructura significativa y no tanto como representación pictórica. Pero la representación interna es algo tan evidente que, a menudo, nos lleva a confusión, ya que la tomamos como el hecho psicológico fundamental. Esas imágenes son dependientes de lo que ocurre en el exterior. Los errores se originan en nuestra tendencia a darles un valor per se a estas imágenes internas, cuando en realidad la imagen interna sólo posee estabilidad si se la contrasta con el uso. Deberíamos sustituir el concepto de representación interna por un concepto pragmático que describiera cómo se utilizan las representaciones en las situaciones concretas.
El auténtico psicoanálisis relacional será aquel que logre desechar el concepto de “representación interna”, y sus derivados, “como objeto interno”. También habrá de abandonar el concepto de “internalización” y sustituirlo, tal vez, por el de “aprendizaje”. Este camino, desde luego, encierra gran dificultad, pues va a contrapelo de algunas de nuestras tendencias culturales más arraigadas. Las entidades intrapsíquicas deberían pasar a un segundo plano, pues la psicología, en su sentido más humano y no biológico, es desde el principio sociología. Según nuestra concepción del psicoanálisis el grupo es la realidad primaria.

jueves, 7 de enero de 2010

MITO, REALIDAD, HERMENÉUTICA Y EURÍSTICA (BREVE ACLARACIÓN)


No son muchos los comentarios que se incluyen en este blog (desde aquí animo a los lectores a que se atrevan a dejar su opinión o cuestionamiento) pero sí me llegan de viva voz por parte de algunos conocidos o amigos. Uno me pregunta si estoy a favor de la versión hermenéutica del psicoanálisis o bien si considero que es la más propicia para el psicoanálisis relacional. Ciertamente durante mucho tiempo jugué con la idea de que el psicoanálisis era esencialmente una hermenéutica y veo con agrado los desarrollos psicoanalíticos hechos bajo la inspiración de Heidegger y Gadamer. Sin embargo, el rechazo de la postura energetista clásica no me lleva a situarme en una alternativa puramente socio-lingüística. Desde Ferenczi, y sin ocupar nunca el centro de la ortodoxia psicoanalítica, se ha visto la necesidad de recuperar de alguna manera la teoría traumática que Freud desestimó cuando dejó de “creer” en su histérica, al filo del siglo XX. No es que pensemos que todos los niños hayan sido víctimas de abusos sexuales, pero la misma diferenciación entre patologías por déficit y patologías por conflicto (Killingmo) sugiere que parte de nuestra constitución psíquica – la más básica - se produce antes de la codificación lingüística o simbólica de la realidad. El psicoanálisis relacional se pre(ocupa) de emociones, afectos, sentimientos y estilos de relación mutua terapeuta-paciente no enunciados, pero tampoco reprimidos, a los que no se accede predominantemente por la interpretación aunque, si las cosas van bien, se puede llegar a hablar de ellos, a intentar traducirlos o narrativizarlos. Es “lo sabido no pensado” (Bollas) el “algo más que la interpretación” (Grupo de Boston), la “memoria procedimental”, entre muchas denominaciones más o menos sinónimas. Cuando nos referimos a esta realidad utilizando nuestro lenguaje, el único que conocemos, y nos vemos llevados a expresiones paradójicas – y más si es por escrito – que ojalá fueran poéticas, del estilo de “hay una realidad más allá del lenguaje”, pero no podemos hablar de ella. El Wittgenstein del Tractatus lo ‘resolvía’ con su tan citado aforismo “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Dicho sea de paso, eso de lo que no se puede hablar no tiene por qué ser algo interno.
Por tanto, no me parece deseable abrazar sin reparos la versión hermenéutica del psicoanálisis, excluyendo todo influjo directo de la realidad extranarrativa, por una doble razón. En primer lugar, la interpretación en un sentido estricto ha perdido presencia frente a conceptos como “empatía” u otros que intentan reflejar la esencia de la relación terapéutica (enactment, mutualidad, auto-desvelamiento, etc.). En segundo, ya incluso desde los años cuarenta con la teoría de las relaciones objetales, el relieve otorgado a las experiencias negativas tempranas, procedentes del ambiente, que han producido la patología, ha propiciado un interés creciente en la investigación sobre el desarrollo infantil temprano, puesta de gran actualidad desde Daniel Stern y el Grupo de Boston.
La narración a la que aspira el psicoanálisis relacional no es una mera creación intrasubjetiva del paciente sino que habrá de integrar significativamente la realidad histórica esas situaciones traumáticas y esos influjos iniciales del desarrollo, que intervienen no sólo como contenidos reprimidos sino también en la propia constitución de nuestro ser corporal y nuestros hábitos. El mito no surge de la nada.
En conclusión, el ser humano es una realidad con un doble nivel de acceso, si no múltiple (volvemos al tópico “dualismo-monismo”). La relación terapéutica es una experiencia humana, existencial, pero el paciente también debe ser observado desde la perspectiva de la ciencia natural; con las matizaciones que se requieran, debe ser clasificado y explicado. El paciente debe ser entendido como sujeto y explicado como objeto y nuestra obligación es que una visión no anule la otra. El hecho de que la escisión alma-cuerpo sea una falsa dicotomía no significa que el ser humano sea monolíticamente algo espiritual o, bien al contrario, algo natural. Es un ser social con un organismo.Supongo que algunos no considerarán satisfactoria esta explicación pero, en el estado actual de (mi) conocimiento solo podría ofrecer un razonamiento más largo y, quizá, más enrevesado, pero no más eficaz.