jueves, 7 de enero de 2010

MITO, REALIDAD, HERMENÉUTICA Y EURÍSTICA (BREVE ACLARACIÓN)


No son muchos los comentarios que se incluyen en este blog (desde aquí animo a los lectores a que se atrevan a dejar su opinión o cuestionamiento) pero sí me llegan de viva voz por parte de algunos conocidos o amigos. Uno me pregunta si estoy a favor de la versión hermenéutica del psicoanálisis o bien si considero que es la más propicia para el psicoanálisis relacional. Ciertamente durante mucho tiempo jugué con la idea de que el psicoanálisis era esencialmente una hermenéutica y veo con agrado los desarrollos psicoanalíticos hechos bajo la inspiración de Heidegger y Gadamer. Sin embargo, el rechazo de la postura energetista clásica no me lleva a situarme en una alternativa puramente socio-lingüística. Desde Ferenczi, y sin ocupar nunca el centro de la ortodoxia psicoanalítica, se ha visto la necesidad de recuperar de alguna manera la teoría traumática que Freud desestimó cuando dejó de “creer” en su histérica, al filo del siglo XX. No es que pensemos que todos los niños hayan sido víctimas de abusos sexuales, pero la misma diferenciación entre patologías por déficit y patologías por conflicto (Killingmo) sugiere que parte de nuestra constitución psíquica – la más básica - se produce antes de la codificación lingüística o simbólica de la realidad. El psicoanálisis relacional se pre(ocupa) de emociones, afectos, sentimientos y estilos de relación mutua terapeuta-paciente no enunciados, pero tampoco reprimidos, a los que no se accede predominantemente por la interpretación aunque, si las cosas van bien, se puede llegar a hablar de ellos, a intentar traducirlos o narrativizarlos. Es “lo sabido no pensado” (Bollas) el “algo más que la interpretación” (Grupo de Boston), la “memoria procedimental”, entre muchas denominaciones más o menos sinónimas. Cuando nos referimos a esta realidad utilizando nuestro lenguaje, el único que conocemos, y nos vemos llevados a expresiones paradójicas – y más si es por escrito – que ojalá fueran poéticas, del estilo de “hay una realidad más allá del lenguaje”, pero no podemos hablar de ella. El Wittgenstein del Tractatus lo ‘resolvía’ con su tan citado aforismo “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Dicho sea de paso, eso de lo que no se puede hablar no tiene por qué ser algo interno.
Por tanto, no me parece deseable abrazar sin reparos la versión hermenéutica del psicoanálisis, excluyendo todo influjo directo de la realidad extranarrativa, por una doble razón. En primer lugar, la interpretación en un sentido estricto ha perdido presencia frente a conceptos como “empatía” u otros que intentan reflejar la esencia de la relación terapéutica (enactment, mutualidad, auto-desvelamiento, etc.). En segundo, ya incluso desde los años cuarenta con la teoría de las relaciones objetales, el relieve otorgado a las experiencias negativas tempranas, procedentes del ambiente, que han producido la patología, ha propiciado un interés creciente en la investigación sobre el desarrollo infantil temprano, puesta de gran actualidad desde Daniel Stern y el Grupo de Boston.
La narración a la que aspira el psicoanálisis relacional no es una mera creación intrasubjetiva del paciente sino que habrá de integrar significativamente la realidad histórica esas situaciones traumáticas y esos influjos iniciales del desarrollo, que intervienen no sólo como contenidos reprimidos sino también en la propia constitución de nuestro ser corporal y nuestros hábitos. El mito no surge de la nada.
En conclusión, el ser humano es una realidad con un doble nivel de acceso, si no múltiple (volvemos al tópico “dualismo-monismo”). La relación terapéutica es una experiencia humana, existencial, pero el paciente también debe ser observado desde la perspectiva de la ciencia natural; con las matizaciones que se requieran, debe ser clasificado y explicado. El paciente debe ser entendido como sujeto y explicado como objeto y nuestra obligación es que una visión no anule la otra. El hecho de que la escisión alma-cuerpo sea una falsa dicotomía no significa que el ser humano sea monolíticamente algo espiritual o, bien al contrario, algo natural. Es un ser social con un organismo.Supongo que algunos no considerarán satisfactoria esta explicación pero, en el estado actual de (mi) conocimiento solo podría ofrecer un razonamiento más largo y, quizá, más enrevesado, pero no más eficaz.