sábado, 18 de septiembre de 2010

AFIRMACIÓN Y ESCISIÓN

Podemos engañar sobre nuestras sensaciones porque, desde luego,la mentira existe. Pero, digamos con Wittgenstein que mentir es un juego de lenguaje que nos toca aprender como cualquier otro. Su argumento habitual ante el escéptico es que sólo es posible la duda cuando ya existe la certeza. Expresado de otro modo, sólo es posible la mentira cuando ya existe la verdad.
Según Lacan, antes de la represión tiene que producirse una afirmación, una Bejahung primordial, antecesora del sujeto y formadora del inconsciente. Quizá Freud habla de esta afirmación en el Compendio: El rechazo siempre se complementa con una aceptación; siempre se establecen dos posiciones antagónicas y mutuamente independientes, que dan por resultado una escisión del yo. La escisión se produce cuando intentamos rechazar parte de nuestra realidad y la “mente aislada” es uno de los refugios que proporciona nuestra cultura para apartarnos de esa realidad desagradable. Es una mente escindida que nos lleva a juzgar que la intimidad del otro es inaccesible. Como en la anécdota precedente de Chuang Tsé, “tú no puedes saber lo que quiere un pez puesto que no eres un pez”. Podría continuar con “yo no sé lo que tú quieres porque yo no soy tú”, sin embargo, normalmente sabemos qué es lo que quieren los demás y podemos estar despistados sobre lo que queremos nosotros, porque estamos escindidos. Objetivo del tratamiento será reducir esa escisión, lograr que entremos en diálogo con el otro que llevamos dentro.

UNA ANÉCDOTA DE CHUANG TSÉ


Chuang Tsé y Hui Tzu estaban paseando por la ribera del río Hao, cuando Chuang Tsé dijo:
- ¿Has visto cómo suben los peces a la superficie y nadan por ella a su placer? Eso es lo que realmente le gusta al pez.
- Tú no eres un pez - replicó Hui Tzú -; por tanto, ¿cómo puedes saber lo que les gusta?
Chuang Tsé le dijo:
- Tú no eres yo; por consiguiente, ¿cómo puedes saber que yo no sé lo que le gusta a un pez?
Dijo entonces Hui Tzú:
- Yo no soy tú, por tanto no puedo saber lo que tú sabes. Sin embargo, el hecho definitivo es que tú no eres un pez, y eso demuestra que no puedes saber lo que realmente le gusta a un pez.
Replicó Chuang Tsé:
- Ya. Pero si no te importa, volvamos a retomar la primera cuestión. Tú me preguntaste cómo podía saber yo lo que le gusta a un pez. Por tanto, tú ya sabías que yo lo sabía cuando hiciste la pregunta. Y yo lo sé por el hecho de estar aquí, en la orilla del río Hao.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La Psicología del Sentido Común en los estudios de Meltzoff


A mediados de los años setenta, Andrew Meltzoff realizó una serie de experimentos de tremenda trascendencia. Descubrió que los bebés de entre 12 y 21 días de edad pueden imitar los gestos, tanto faciales como manuales. Anteriormente se pensaba que esta capacidad de imitación facial era imposible por implicar diferentes modos perceptivos (el bebé observa los rostros de los demás pero no el propio, siente sus movimientos faciales pero no los de los otros). Esta conducta no es refleja ni condicionada sino que supone que los recién nacidos pueden equiparar, sin verlos, sus gestos propios con los que ven realizar a los otros. A partir de esto, Meltzoff elabora la hipótesis “como yo” (“like me”) sobre el desarrollo infantil. El bebé experimenta una asociación habitual entre sus propios actos y los estados mentales correspondientes a partir de la experiencia cotidiana y, en un segundo momento, proyecta su experiencia interna en los otros cuando realizan actos similares. El niño, de esa manera, adquiere la comprensión de las “otras mentes”, de sus estados mentales, emociones, deseos, etc. La capacidad para imitar es innata y la comprensión de los estados mentales de los otros se deriva de ella.
Recientemente (Meltzoff, 1977) ha escrito que los cimientos en los que se apoya la psicología del sentido común es la aprehensión de que los otros son semejantes a mí mismo: ‘Aquí hay algo que es como yo’.
Creo no equivocarme si sugiero que la hipótesis de Meltzoff es deudora del argumento per analogiam planteado por el inglés John Stuart Mill, filósofo positivista y economista reconocido. La afirmación de que también los demás hombres poseen una conciencia es una conclusión que deducimos basándonos en sus actos y manifestaciones perceptibles y con el fin de hacernos comprensible su conducta. Es decir, la aceptación de una conciencia, en los demás, reposa en una deducción y no en una irrebatible experiencia directa como la que tenemos de nuestra propia conciencia. El error, probablemente, reside en utilizar el concepto de “estado mental” que sugiere la existencia de una percepción interna, privada. Como decía en otra ocasión, lo esencial de la vivencia privada no es que cada uno de nosotros posea su propio ejemplar, sino que no sabemos si el otro posee esto o algo distinto, por ejemplo, si nuestra sensación de color "rojo" es igual que la de nuestro vecino. Propongo que el bebé no compara un estado interior con una estimulación visual sino que simplemente estamos “programados” – y las neuronas espejo pueden ser un buen recurso - para tener una reacción emocional ante la sonrisa que se nos presenta y compartir el “estado mental”, que no es de uno sino, por lo menos, de dos.
Meltzoff nos presenta los cimientos de la psicología del sentido común (deudora de Descartes) pero habría que pensar cómo serían nuestras teorías si partiéramos del supuesto no de que los otros son semejantes a mi sino que es mi identidad la que está en juego – un juego arriesgado – y todo el tiempo intento convencerme de que soy igual a los demás. Sin embargo, esta opción esquizoide es también deudora de nuestra cultura que es la única que provoca la existencia del individuo aislado.
Las investigaciones de Meltzoff son un gran avance para el paradigma relacional en cuanto nos reafirman en la idea de que la persona nunca es un ente aislado, pero su hipótesis “like me” constituye una rémora porque mantiene la idea de una privacidad originaria.
Se me ocurre que una investigación de gran interés sería observar cómo reacciona el bebé ante la presencia de una “sonrisa Duchenne” (auténtica) y una “sonrisa profesional” (falsa), y sospecho que sólo mostrará felicidad ante la primera y cierto conflicto ante la segunda.