viernes, 26 de septiembre de 2014

NUEVO LIBRO: Psicopatología Psicoanalítica Relacional. La persona en relación y sus problemas

PSICOPATOLOGÍA PSICOANALÍTICA RELACIONAL. 
La persona en relación y sus problemas.
CARLOS RODRÍGUEZ SUTIL (2014). Prólogo de Joan Coderch
AGORA RELACIONAL Editores - Colección Pensamiento Relacional nº 12 
ISBN 978-84-942559-0-8


Psicopatología Psicoanalítica Relacional. La persona en relación y sus problemas es fruto de más de treinta años de experiencia en la clínica de orientación psicoanalítica y en la meditación epistemológica desde el marco relacional. Pretende ofrecer, en ese sentido, una psicopatología psicoanalítica que aspire al mismo tiempo a ser relacional. Después de Freud, el punto histórico de referencia hay que situarlo, sin duda, en los años cuarenta, con la teoría de las relaciones objetalescomo primer paso hacia una epistemología intersubjetiva y externalista; de una concepción de la mente constituida por impulsos y defensas a una mente de configuraciones relacionales, que perfilaron autores como Sullivan, Fairbairn y Winnicott, entre otros. Los desarrollos actuales del psicoanálisis relacional se muestran, no obstante, ajenos, cuando no contrarios, a la clasificación y la técnica, en sus formas clásicas, por lo que una psicopatología psicoanalítica relacional puede parecer una contradicción en término. La paradoja se resuelve partiendo del supuesto de que el sufrimiento se expresa no al modo de cuadros fijos, sino a través de los estilos relacionales que constituyen la personalidad, en conexión dialéctica con los otros miembros de la constelación relacional, cada uno con sus estilos propios, y también en la relación con el terapeuta.
Dice Joan Coderch en su prólogo:  “Uno de los mayores méritos de  la obra que estoy comentando es el de que nos obliga a pensar y a plantearnos cuestiones que muchos de los analistas relacionales, si no la mayoría, dábamos por resueltas. Esto lo hemos visto desde el principio, con el mismo título  que marca el contenido del libro, y sigue, entre otros asuntos, con algo que, realmente, nos interesa a todos, el tema de la técnica”
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martes, 23 de septiembre de 2014

NARCISISMO DE PIEL DURA

Es creencia popular, incluso entre profesionales de la psicología o de la salud mental, considerar que el narcisista es alguien que obtiene ventaja de su posición en el mundo. Dicho popularmente “que vive bien”. En realidad, el narcisista se encuentra en una situación de gran precariedad. Tuvo que aprender, en situaciones infantiles cuya total comprensión todavía se nos escapan, a quererse a sí mismo porque no recibió el cariño adecuado. El cariño ni es ni debe ser incondicional. Exigimos también ciertas cosas, ciertos mínimos, a la persona amada. Ni demasiado, ni demasiado poco. Al narcisista se le ha exigido, en general, demasiado poco, pero con unas expectativas desmesuradas de éxito y/o belleza. En la práctica, como ocurre siempre, hay tantos tipos de personas narcisistas como personas. Además, si hemos logrado sobrevivir ha sido gracias a que de alguna manera, o en algún momento, se nos ha reconocido, es decir, disponemos de cierto narcisismo que no tiene por qué ser malo. El narcisismo de los sujetos más dominados por este rasgo se puede dividir en dos grupos principales. “Thick skin/thin skin narcissism” es una expresión utilizada por el psicoanalista británico , nacido en Alemania, Herbert Rosenfeld; expresión que en español vengo a traducir por “narcisismo de piel gruesa/fina” (o “dura/fina”). El narcisista de piel fina es hipersensible y se siente herido con gran facilidad, es inestable y puede tener una vivencia aguda de la angustia, sobre todo angustia ante el abandono. El narcisista de “piel dura”, en cambio, suele caracterizarse por una gran estabilidad, no se le suele ver en consulta más que excepcionalmente, cuando ha sufrido lo que llamamos una “herida narcisista” o bien cuando busca un objetivo material concreto: baja laboral, informe favorable u otros. También se pueden ver algunos sujetos muy probablemente narcisistas durante la realización de informes periciales: guarda y custodia o procesos penales, también en petición de indemnizaciones. El gran analista escocés, Ronald Fairbairn, diferenciaba de forma parecida un narcisismo libidinal, en el que predomina la identificación con la madre que mima en exceso, y un narcisismo negativo en el que predomina la identificación con la madre deprivadora y el niño deprivado. Por lo demás, el narcisista de piel dura es un sujeto con estructura de personalidad narcisista, mientras que el narcisismo de piel blanda es un patrón de comportamiento que puede aparecer de forma más ostensible en los trastornos graves de la personalidad. Como he dicho otras veces, el término “límite” se está utilizando como dimensión de gravedad y así ocurre que pacientes que yo considero histéricos u obsesivos graves reciben el diagnóstico de límites, También sujetos con personalidad histérica grave, pero seductores y dramatizadores inteligentes son considerados “narcisistas”. De todo el mundo se puede decir que dispone de tendencias narcisistas, ya sean positivas (autogozosas) o sufrientes (gozo también según los lacanianos). Considero muy interesante la propuesta de Kohut de que el narcisismo tiene una línea de desarrollo independiente de la libido de objeto. Dicho de forma llana, el amor hacia los otros y el amor hacia uno mismo tienen un desarrollo en cierto sentido independiente y no funcionan como los vasos comunicantes.

martes, 16 de septiembre de 2014

EL OBJETO DEL PSICOANÁLISIS

Repito una pregunta que me ronda desde hace años: ¿Cuál es el objeto del psicoanálisis? Muchos afirman con Freud que su objeto de estudio es lo inconsciente o, más exactamente, los procesos inconscientes, para no cosificar o sustancializar una realidad que no es un objeto, como tal, sino un proceso. Son los procesos inconscientes o fenómenos del inconsciente. El psicoanálisis se ocuparía, pues, de determinados objetos mentales (imágenes, intenciones, predisposiciones, deseos, etc.) que forman un flujo continuo, una especie de “monólogo interno”. El riego, no obstante, de una perspectiva centrada en el inconsciente se nos revela su esencia latente individualista, de mente aislada. Algunos autores relacionales han superado, a mi entender, al proclamar la naturaleza interactiva del inconsciente, inconsciente bipersonal y, por qué no, inconsciente colectivo, siempre que no lo hundamos en el magma biológico y genético sino en el caldo social que nos rodea y del que somos testigos. Hasta la biología nos permite metáforas colectivistas, como el termitero o la colmena, que en el psicoanálisis clásico no han gozado de mucha fortuna.
Estos objetos mentales, se advierte, no poseen una existencia independiente y sensible, pero pueden deducirse del contexto analítico. Las formaciones del inconsciente aparecen en la transferencia, en la relación que surge entre paciente y analista, del paciente hacia el analista, donde se reactualizan relaciones del pasado; también en otros fenómenos: los lapsus, los actos fallidos, los sueños o los síntomas. El psicoanálisis freudiano es relacional a medias, pues el paciente sí establece relación con el analista, lastrada por su conflictos infantiles, pero no al revés. Haber superado esos conflictos es lo que parecía autorizar al analista, en cambio, a no relacionarse con el paciente sino a tomarlo como objeto de estudio científico, con  ojo de entomólogo. Y si el analista no consigue ser un buen entomólogo es porque su análisis personal no ha alcanzado sus últimas posiciones, es incompleto.
Sin embargo, para la ontología externalista, relacional, como pretendo afirmar, el objeto del psicoanálisis es el comportamiento, en el sentido de la interacción entre paciente y terapeuta, terapeuta y paciente, que nos afanamos por discernir e interpretar en sus dimensiones universales, fuera del estrecho control consciente. Es tan grande lo real y tan pequeño nuestro conocimiento. Lo que nos ocupa y preocupa, sobre todo, es el plano inconsciente de todo comportamiento. Bien mirado, si el inconsciente se muestra en la transferencia quiere decirse que aparece en modos de comportamiento, los colorea y conforma según patrones relacionales antiguos y anquilosados. El inconsciente que se postula más allá de lo que se muestra es una inferencia arriesgada y poco productiva. Decimos “transferencia” cuando las personas intentan relacionarse con los otros en el momento actual de la misma forma que aprendieron con los otros antiguos. Pero, la hipótesis que se ha introducido para explicar un fenómeno no se debe confundir con dicho fenómeno, que es el que nos interesa explicar. Es verosímil juzgar que Freud propuso el funcionamiento inconsciente para explicar una serie de fenómenos psicológicos, en principio los síntomas de la histeria, como la conversión, antes de explicar otros síntomas, alejándose del esquema de Janet: las disociaciones hipnoides, “ideas fijas” subconscientes. El “inconsciente” freudiano tomó una dimensión más amplia, abarcando a todos los individuos, y suministró hipótesis a menudo plausibles para explicar amplios sectores del comportamiento humano.
Ahora bien, si como psicoanalistas relacionales nos ocupamos de la conducta no es, desde luego, al modo fisicalista (conductista) sino en la medida en que la conducta, aunque inconsciente, está dotada de significado. Tampoco nos interesamos principalmente por la conciencia, aunque atendemos la voz sincera del otro. Ese significado inconsciente es indagado mediante una actitud hermenéutica que desde el inicio lo fragmenta en numerosos planos, el sentido es múltiple. Según afortunada expresión, el comportamiento está sobredeterminado. Freud sugería que la tarea consistía en lograr un registro consciente de lo inconsciente. Si nos movemos en el plano múltiple del sentido, habrá que afirmar que no basta un registro  único sino que la acción interpretativa nos lleva, salvo que estemos atrapados en un fuerte prejuicio, a múltiples posibilidades interpretativas. Nada más absurdo que sugerir que todas las interpretaciones valen lo mismo. En absoluto. Habrá que dirimir aquellas interpretaciones más acordes con las evidencias y, sobre todo, con la evolución posterior de la relación terapeuta-paciente después de enunciadas e indagadas, en asociación con los muchos mitos que en el aquí y ahora nos estructuran como seres humanos. Por otra parte, el enfoque relacional no puede agotarse en la hermenéutica. Sabemos que también existe un inconsciente no semántico, opaco, es el inconsciente de procedimiento, responsable de nuestras carencias o déficit para jugar las relaciones. Ese inconsciente procede de las fallas básicas en la crianza, a veces tan extremas que dejan poco lugar a la interpretación, que ha de ser sustituida casi por completo por la compañía empática y el alivio de la acogida. Todos necesitamos ser salvados, sobre todo aquellos que piensan lo contrario.