martes, 3 de abril de 2012

EL FINAL DE LA TERAPIA



Después de las presentaciones y de tomar cómodo asiento, empiezo con mi ritual “¿Qué tal?” y, tras responder que bien, respuesta que no siempre se produce en este escenario, mi paciente imaginaria entra en materia.
P- La semana que viene no nos vemos.
T- ¡Claro! Es Semana Santa.
P- Pero al principio dijiste que era importante que nos viéramos todas las semanas.
T- Sí, es importante. Según mi experiencia, cuando el ritmo es menor a una sesión semanal, el funcionamiento de la psicoterapia se desdibuja y pierde efectividad. No niego la posibilidad de que sea yo el que necesita esa frecuencia para no perder el hilo. No obstante, creo que ya dije que lo ideal son dos sesiones semanales y si, además, se puede completar el trabajo con un grupo mensual de tres horas, la cosa va de maravilla. Mi insistencia en una sesión mínimo estriba en que luego se presentan fiestas, como la semana próxima, o imponderables: gripes, fallecimientos (con perdón), y otros condicionantes.
P- ¿Entonces nunca aceptas un “encuadre” – como vosotros lo llamáis – de una sesión quincenal?
T- No salvo que sea un acuerdo de finalización de terapia, es decir, se ha llegado a la conclusión de que la terapia, se acaba, pero ni el paciente, ni el terapeuta, o ninguno de los dos consideran adecuado terminar de golpe.
P- ¡Ya hemos llegado al tema que quería plantearte hoy¡ ¿Cuándo termina una psicoterapia? Si es que termina.
T- Ya veo. Pues emulando al creador del psicoanálisis, podría decir que la terapia es un proceso interminable… pero, añado por mi parte, normalmente llega un momento en que hay que terminarlo.¿Cuando? Pues cuando se han alcanzado los objetivos, no digo “los últimos objetivos” porque eso no se consigue nunca, salvo después de la muerte que es cuando –según Heidegger – el ser humano está completo.
P- Un tanto patético te encuentro hoy, será quizá por la Cuaresma.
T- Dejemos como tema central de otra entrevista la importancia de asumir la propia muerte para alcanzar una vida moderadamente feliz, sobre todo en esta época que nos ha tocado en suerte, negadora del dolor, la vejez, la enfermedad y la muerte… Desde luego, la muerte supone a veces un final abrupto del proceso. De hecho yo atendí a un paciente cuyos dos terapeutas anteriores se le habían muerto.
P- Parece que contigo no lo consiguió.
T- No de momento, es lo más que se puede decir. Pero el fallecimiento no es la peor forma de terminar, en cualquier caso es una eventualidad a la que todos estamos expuestos, lo peor es cuando las resistencias de uno o de otro y, sobre todo, combinadas, llevan a un estancamiento o a una ruptura que no permita el crecimiento, como cuando la agresividad no puede ser elaborada y se convierte en destructiva. El terapeuta debe tener controles adquiridos ante esa destructividad, sobre todo a través de la propia terapia y supervisión. El paciente, por su parte, puede abandonar la terapia por no querer entrar de lleno en los aspectos delicados de su economía mental cotidiana, quizá porque el terapeuta no ha sabido entrar adecuadamente en ellos, por propia resistencia o incapacidad, pero no siempre. En muchas ocasiones el paciente no se ha sentido adecuadamente atendido o acogido y en otras esperaba una “solución” más rápida o menos dolorosa a sus problemas.
P- Pero volvamos a los finales felices, cuando la terapia se acaba tras alcanzar las últimas posiciones. ¿No te parece bien algo de psicología positiva?
T- Estoy a favor de la psicología positiva, siempre que no sea una negación tontorrona de la realidad. El optimismo frívolo que llena de almíbar algunas comedias americanas nos priva de una virtud muy española y que nos ha permitido sobrevivir ante innumerables situaciones adversas, me refiero al humor negro. Pero vayamos al asunto. Con más frecuencia de lo que algunos sugieren, las terapias de tipo psicodinámico, y la relacional entre ellas, consiguen – esto es, lo consiguen paciente y terapeuta en íntima colaboración – que se alcancen los objetivos. La evaluación de resultados de estilo positivista en estas terapias no suele ser inadecuada, pues no se trata de variables fáciles de pesar, contar o medir, pero eso disminuye la conveniencia de referirnos a cuestiones claramente objetivables. Se me pueden ocurrir muchos ejemplos, entre ellos: lograr terminar unos estudios que llevaban años estancados, lograr encontrar pareja, separarse de la pareja o seguir con ella en mejores términos, ser capaz de encontrar amigos, ser capaz de salir a la calle aunque la angustia no haya desaparecido del todo, soportar con paciencia y poniendo ciertos límites la intromisión de un padre dominador, decidirse a tener hijos (o a no tenerlos), encontrar trabajo cuando antes la ansiedad por el éxito lo impedía… Tampoco menosprecio la posibilidad de que la persona diga, simplemente, que se encuentra bien. Cuando ocurren cosas de este estilo es fácil que paciente y terapeuta estén de acuerdo y se despidan de forma amistosa, dejando la puerta abierta a una colaboración futura. Desde luego, de la consulta no sale nadie volando, convertido en superman o superwoman, pero sí, emulando a D. Sigmund Freud en una de sus primeras publicaciones, la persona ha cambiado sus miserias neuróticas por miserias normales. También me apetece recordar ahora su definición de la salud como la capacidad para trabajar y amar.
P- ¿No te parece que citas mucho a Freud para ser relacional y heterodoxo?
T- Se es psicoanalista con Freud y contra Freud, pero nunca sin Freud, al menos por ahora. De todas formas, dejemos de hablar de lo que yo pienso, ya ha llegado el momento de que me hables de tus cosas, de lo que te trae por aquí.
P- Quizá olvidas que esta no es una terapia normal ni yo una paciente real, sino que encarno las dudas, previas y posteriores, que experimentan muchos pacientes. De momento tus respuestas me han resultado satisfactorias o, incluso, iluminadoras. Pero me reservo la opción de volver a la carga con nuevas dudas.
T- A tu disposición, pues.