viernes, 23 de octubre de 2009

PARÁBOLAS CONTRA LA MENTE AISLADA

La idea de que nuestra mente está aislada en un espacio interior, dentro de nuestras cabezas, está muy arraigada en nuestras creencias. El periodista pregunta al deportista: ¿Qué pasó por tu cabeza cuando viste – muchos dirán “vistes” - que entrabas el primero en la meta?. El psicólogo cognitivo busca los mecanismos mentales que gobiernan cierto comportamiento, que supone la recepción de ciertos datos del entorno, su procesamiento y la elaboración de la mejor respuesta adaptativa. El neurocientífico busca las bases de la homosexualidad, o de las emociones, en las estructuras cerebrales. Desde el psicoanálisis relacional, entre otros lugares, sostenemos que la mente no es algo innato ni interno sino que es un producto de la interacción humana, dentro de una forma de vida particular. No niego que haya una base neurológica de las emociones, pero recomiendo que empecemos todo análisis de las emociones en el contexto de las relaciones humanas, que es su lugar de origen y donde se definen. También existe el lenguaje interior, pero es una habilidad adquirida y no por todos los sujetos: no lo tienen los animales, ni los deficientes intelectuales, ni los bebés y, sospecho, tampoco los psicópatas. La imagen de la mente aislada es un “constructo” social, los constructos sociales son en cierto modo convencionales, no son esencias o dogmas inamovibles, aunque eso no signifique que se pueden modificar con facilidad. Piénsese, por ejemplo, en el “constructo” social del honor en la época de Calderón.
Cuando se intenta hacer comprender a un auditorio amplio una forma de pensamiento – y aquí por pensamiento debemos entender algo muy genérico, como entender nuestra forma de entender el modo en que vivimos en el mundo y la propia forma en que vivimos en el mundo – los grandes “reformadores”, como Jesucristo, el Zaratrusta de Nietzsche, se han visto obligados a usar parábolas, historias alusivas, metafóricas.
Wittgenstein las utiliza para forzar al lector a representarse de manera alternativa un fenómeno que la costumbre le impulsa a representarse erróneamente. Lo esencial de la vivencia privada no es que cada uno de nosotros posea su propio ejemplar, sino que no sabemos si el otro posee esto o algo distinto, por ejemplo, si nuestra sensación de color "rojo" es igual que la de nuestro vecino. Para la representación del objeto interno 'dolor' imaginemos el caso de que cada persona tuviera una caja en la que guarda algo que llamamos "escarabajo", pero nadie puede mirar en la caja de otra persona y sólo sabe de qué se trata por la visión de su propio escarabajo (definición ostensiva interna). Si la palabra "escarabajo" tuviera un uso no habría de confundirse con la designación de una cosa, la cosa podría incluso no existir, ni siquiera sería un algo. Aun admitiendo que fuera posible el conocimiento privado de la sensación, dicho conocimiento se agotaría en sí mismo, no podría conocer el dolor de los demás a partir del mío. Pretender lo contrario sería un absurdo. Ahora la investigación con las neuronas espejo parece sugerir que el contagio emocional es automático pero habitualmente atenuado. Me compadezco con el otro que sufre, lo que no quiere decir que sufra igual. Pero en el origen aprendí mi lenguaje de sensaciones y emociones a través del trato con el otro, que es el que me ayudó a identificarlas.
La confusión habitual entre mente y cerebro procede de un "error categorial". Pensemos en la historia del visitante que acude a la Universidad y, después de haberle mostrado las aulas, laboratorios, bibliotecas, etc., pregunta dónde exactamente se encuentra "la" Universidad, como si se tratara de una entidad independiente. "Mental" y "material" pertenecen a distintas categorías; el error categorial consiste en buscar un espacio material donde se localice lo mental. Una vez que se le atribuye ese espacio ﷓ la caja craneana en nuestra cultura, no así en otras ﷓ se dota a lo mental de características similares a lo material. Tal vez la razón por la que nos inclinamos a hablar de la cabeza como del lugar de nuestros pensamientos es por que existen palabras como "pensar" y "pensamiento" junto a otras palabras que se refieren a actividades (corporales), tales como escribir, hablar, etc. Vemos a House que, de pronto, se queda parado y como abstraído en medio de una conversación, sólo falta que aparezca la bombilla que se ilumina por encima de su cabeza. ¿Por qué no decimos en ese momento que es una corazonada?
Wittgenstein rechazaba el uso habitual en nuestra cultura de la noción de "imagen” o “representación” interna. Según la concepción ordinaria, compartida con ciertas modificaciones por la psicología cognitiva y el psicoanálisis, la imagen se lleva encima, como si lleváramos un retal de tela para confrontar. Pero, si el proceso fuera así de simple sería, en realidad, algo muy complicado. Para comprobar que la imagen que nuestra memoria nos proporciona de 'rojo' es la correcta deberíamos disponer de un tercer término de comparación y este de un cuarto... y así indefinidamente. Antes o después llegamos al momento en que hacemos las cosas y, dentro de unos límites, las hacemos bien.
Los errores se originan en nuestra tendencia a darles un valor independiente a estas imágenes internas, por sí mismas, cuando en realidad sólo poseen estabilidad si se la contrasta regularmente con el uso. Lo que ocurre en el interior sólo tiene sentido en el flujo de la vida. El postulado esencial no son los sistemas representacionales, sino la comunicación interpersonal. La imagen interna es dependiente de la imagen externa, la auténtica, y del lenguaje, el sistema más potente de representación.
San Agustín de Hipona vivió entre el siglo IV y comienzos del V e introdujo el dogma del “pecado original”, idea que no se encuentra en la Biblia. Sería fecundo conectar conceptualmente esta idea con otra aportación del santo – un milenio antes de Descartes – contenida en sus Confesiones, la de que el alma llega ya formada al mundo, con sus capacidades intelectuales. Puedo dudar, dice el santo, de todo menos de mi propia existencia como alma que duda. El niño pequeño, advierte, aprende el significado de las palabras al observar los objetos que señalan los adultos cuando pronuncian cada una de ellas; de alguna forma es como si viniera con un “lenguaje” – el de los objetos y conceptos – y no tuviera más que hacer la traducción de las palabras del lenguaje natural que le tocara en suerte. Un comentarista perspicaz dedujo que en esa línea deberíamos nacer con preconceptos como “carburador” y “burócrata”. Sospecho que la noción moderna de sujeto – sentado cómodamente en el interior de la cabeza, como un cuento de Woody Allen - es un derivado del alma cristiana dibujada por San Pablo y San Agustín, y reforzado por el individualismo postromántico. El cristianismo – al menos la versión que se impuso al cabo de los siglos - se centra en el individuo para disminuirlo, rechazarlo, ningunearlo.
De los dos mandatos de la antigüedad griega eran "Cuídate a ti mismo" y "Conócete a ti mismo", el segundo ha triunfado oscureciendo totalmente al primero. Para los griegos, ocuparse de uno mismo tenía una connotación positiva, no sólo cuidarse del alma propia, como en los ejercicios espirituales, sino también el adecuado cuidado del cuerpo: el ejercicio, el disfrute, el goce. Para cierta moral cristiana el autocuidado ya adopta tintes peligrosos; más bien hay que autoexaminarse para estar en guardia contra pecados terribles, como la soberbia, el mayor de todos, de él se derivan los demás. Es muy instructivo observar que la lascivia es un pecado de la intimidad subjetiva, en definitiva sólo el pecador puede saber en el fondo de su alma que está impulsado por un deseo impuro.
Desde entonces existen dos sujetos. El que observa, el pensador, el que maneja la máquina (el yo gramatical o metafísico, inextenso), y el imaginario-material, con extensión, que vemos reflejado en el espejo o la fotografía. La religiosidad - oficial o laica – ordena que cultivemos sobre todo al sujeto inextenso. Se podría objetar que en el presente más actual esto ha cambiado y que lo que predomina es el hedonismo, el cultivo del cuerpo. Basta observar la disciplina con la que los deportistas y los modelos de pasarela, supuestos “modelos” de ese cambio, castigan su cuerpo hasta la destrucción para descubrir la autonegación. También la audodestrucción culposa de la pareja anorexia-bulimia, a la que se ha unido la vigorexia, u obsesión por verse musculoso, como nueva monomanía.
El obsesivo está en una lucha permanente consigo mismo, escindido entre alma y cuerpo, contra todas las manifestaciones de su carnalidad, horrorizado ante la suciedad, con rituales obsesivos de limpieza: las manos, los dientes (blanqueo), el ano. Estos pacientes sin duda manifiestan firme incredulidad y desacuerdo cuando se intenta una aproximación interpretativa en la línea suciedad = pecado. El histérico, en cambio, no "teoriza" como el obsesivo su horror ante la suciedad, sino que la actúa, muy a menudo mediante su repugnancia ante el contacto sexual. Con frecuencia se producen la impotencia, eyaculación precoz, frigidez, vaginismo y otros trastornos genitales. En tiempos de supuesta "liberación" - atemperada por la nueva peste, el VIH - dichas carencias pueden estar tapadas bajo un tupido manto de promiscuidad, pero una promiscuidad que se confiesa como insatisfactoria, la paciente rara vez ha alcanzado el orgasmo o, en el hombre, la impotencia ante mujeres idealizadas, consideradas puras, y la satisfacción sólo ante mujeres tomadas como inferiores, criadas o prostitutas.