martes, 3 de noviembre de 2009

NARCISISMO Y EGOISMO


Según el diccionario de María Moliner, egoísta es aquel que antepone en todos los casos su propia conveniencia a la de los demás, que sacrifica el bienestar de otros al suyo propio o se reserva sólo para él el disfrute de las cosas buenas. Da como sinónimos: ególatra, egocéntrico, egotista, filautero, insolidario, rompenecios, suyo. El problema es desde dónde se definen estas características, carecemos de un punto fijo para definir el concepto, como señala el muy clarificador chiste: “egoísta es aquel que no piensa en mí”. Si quiero a los miembros de mi familia es porque son “mi hijo”, “mi esposa”, “mi madre”. Si me sacrifico por ellos es porque los considero parte de mí mismo. Si me sacrifico por un amigo es porque espero una justa retribución, un agradecimiento o, al menos, que alguien haga lo mismo por mí cuando lo necesite o, en el colmo del altruismo, ayudo a un desconocido porque espero que el mundo así sea más acogedor, o menos desagradable, para un servidor. El egoísta puro es poco práctico, reduce su universo de relaciones a un escaso grupo de incondicionales que, con su entrega y dependencia, se castigan compensan carencias profundas. Son las pasiones tristes de las que hablaba Spinoza, ese gran filósofo. Con frecuencia la abnegación y el sacrificio son la máscara de las pasiones tristes, pues el que se sacrifica quiere dominar al otro o, como digo, dejarse dominar como autocastigo. El que se menosprecia no suele ser compañía agradable ni constructiva. De mi experiencia con grupos de alcohólicos recuerdo que cuando alguien decía que cómo iba a volver a beber, con el daño que eso le había hecho a su familia, le respondían varios compañeros expertos, que eso era falso, que sólo lograría dejar de beber por su propio bienestar y egoísmo y que además eso sería bueno para los otros – aunque no siempre pues un alcohólico en activo suele ser poco exigente. La mayor parte de mi esfuerzo como psicoanalista relacional está dirigido a conseguir que la persona que ha acudido a mí aprenda técnicas nuevas para quererse y cuidar de sí y en ayudar a descubrir las causas de ese estado de cosas. Pero el descubrimiento por sí solo no es suficiente.
Los psicoanalisistas, así como los psicólogos y los psiquiatras, no utilizamos el término “egoísmo”, sino que hablamos de “narcisismo”, pero son dos palabras – una popular y otra técnica - que comparten una gran proporción del campo semántico. De todo el mundo se puede decir que dispone de tendencias narcisistas, ya sean positivas (autogozosas) o sufrientes (gozo también según los lacanianos). Para clarificar mi comprensión de los trastornos me ha sido de gran utilidad distinguir entre “narcisista de piel dura” y “narcisista de piel fina”. El narcisista de piel fina es hipersensible y se siente herido con gran facilidad. Al narcisista de “piel dura”, en cambio, no se le suele ver en consulta más que excepcionalmente, cuando ha sufrido una “herida narcisista”, es decir, un rechazo que amenaza su autoimagen grandiosa, o bien cuando busca un objetivo material concreto: baja laboral, informe favorable u otros. Fairbairn distingue un narcisismo libidinal en el que predomina la identificación con la madre que mima en exceso y el niño mimado, y un narcisismo negativo en el que predomina la identificación con la madre deprivadora y el niño deprivado. Considero que el narcisista de piel dura es el niño mimado pero que, no nos equivoquemos, también ha sufrido carencias importantes, pues los padres (y madres) que realmente quieren a sus hijos (e hijas), también les exigen el esfuerzo justo para adaptarse a los requisitos vitales y quizá un poquito más. Por ahí un concepto que supone un gran logro teórico-práctico es el de “frustración óptima” de Kohut.
Por lo demás, el narcisista de piel dura es un sujeto con estructura de personalidad narcisista, mientras que el narcisismo de piel blanda es un patrón de comportamiento que puede aparecer de forma más ostensible en los trastornos graves y no tan graves de la personalidad.
La experiencia afectiva que representa al narcisismo, y que en algún grado está presente en todos nosotros, es un deseo de ser especial. Especial para otro concreto, significativo, alguien a quien hemos dotado de significatividad y poder. En su versión más patológica, ese deseo de ser especial a los ojos del otro idealizado lleva al anhelo por ser absolutamente único y, en definitiva, por ser el único objeto de importancia para él o ella.
Los partidarios del psicoanálisis relacional negamos toda validez al concepto freudiano de “narcisismo primario”, así como a las explicaciones energetistas clásicas. El “narcisismo” como concepto hace mutis de los textos de Freud a partir de los años veinte, a favor de la teoría estructural y del conflicto edípico, lo que ha condicionado la investigación psicoanalítica posterior a centrarse en la culpa y desatender otras emociones más “primitivas”, como es la vergüenza. Entendemos, desde luego, que el narcisismo, ya sea primitivo o posterior, es una retracción del afecto hacia sí mismo, una vez que existe un “sí mismo”, un yo, mínimamente constituido. El narcisismo cumple una función, que es la de mantener y reparar los vínculos afectivos entre el self y el otro y sirve, principalmente para enfrentarse a la vergüenza (Morrison), y está relacionado con la formación de la propia identidad (Erikson). El narcisismo y el sentimiento de vergüenza guardan una íntima relación. Cuanto mayor es la discrepancia entre el yo ideal (aquello que yo debería alcanzar) y el yo real (aquello que siento que realmente soy), mayor es la vulnerabilidad ante la herida narcisista y, también, el riesgo de vergüenza.
El paciente con rasgos narcisistas nos plantea unas dificultades terapéuticas propias. Debemos entonces tener presente que la psicoterapia depende de la capacidad del terapeuta para empalizar con los sentimientos y necesidades del paciente, más que de la confrontación o interpretación a partir de una posición teórica.