lunes, 21 de julio de 2014

COMENTARIO AL LIBRO DE MICHAEL EIGEN: LOCURA, FE Y TRANSFORMACIÓN

Incluyo a continuación mi comentario al libro de Michael Eigen (2014), Locura, Fe y Transformación. Los Seminarios de EIgen en Seúl, 2007 y 2009. Madrid: Ágora Relacional.

Este comentario ha sido publicado en la Revista on-line, Clínica e Investigación Relacional (VOL.8 Nº 2 pp. 541-551 (2014) ). 



Todavía con la agradable resaca de las pasadas Jornadas Ibéricas en Cáceres, de mayo, dedicadas al diálogo con Michael Eigen, me permito presentar este comentario sobre su libro, traducido y prologado por nuestro colega Juan José Martínez Ibáñez, y que se publicó con ocasión de su visita a nuestro país. Con esta obra se continúa la labor de la editorial Ágora Relacional, y de su director, Alejandro Ávila, de poner al alcance de los profesionales cercanos, y del público especializado en general, las obras y autores principales del enfoque, en su colección “Pensamiento Relacional”.
Como nos informa Martínez Ibáñez, Eigen es un psicoanalista que trabaja en Nueva York y que ha publicado más de 22 libros. No se disponía hasta la fecha de ninguno de ellos en castellano, por lo que es una pequeña compensación que aparezca este volumen compendiando dos publicaciones. El origen son dos seminarios impartidos en la capital de Corea del Sur.
Michael Eigen es un clásico contemporáneo que hace gala de una profunda experiencia clínica con pacientes que sufren graves trastornos, y un bagaje teórico más que notable que se apoya en dos pilares centrales: Winnicott y Bion; manteniendo los ecos, quizá ya algo lejanos, de Lacan. Martínez Ibáñez está en lo cierto cuando sugiere que es alguien muy humano, sensible a la realidad y, sobre todo, a la realidad de los demás.
Menos que otras veces puede pretenderse un resumen de este libro que recoge las ocurrencias clínicas producidas por nuestro autor en una serie de días, bajo el estímulo de una audiencia diversa de terapeutas, y a partir de sus preguntas. Sí intentaré ofrecer no obstante, como es habitual, el comentario de algunas ideas que han llamado mi atención por diversas razones y que en mi opinión sintetizan aspectos esenciales de su pensamiento. De entrada, para aproximarnos al tipo de inspiración que sigue Eigen una buena muestra puede ser la frase que parece ser cambió su vida (p. 94), tomada de un libro de Thomas Merton, y que dice así:

“El secreto de nuestra identidad, está en la misericordia divina de Dios”



Este libro quizá se entienda – o se explique - mejor empezándolo casi al revés, por la primera sesión del capítulo tercero de su segunda parte, donde se lee:

Cuando yo quise ser un analista y entré en el mundo psicoanalítico, me di cuenta de que muchos analistas pretendían saber algo que ellos no sabían. Ellos sabían de esto y de eso. Ellos conocían el Edipo, tenían un gran conocimiento en sí mismo. Ellos sabían mucho de una manera real. Pero con los pacientes, ellos fingían saber lo que ellos no sabían. Ellos fingían saber Algo, pero se estaban reconciliando. Ellos se reconciliaban a medida que avanzaban y fingían saber. (p. 257)

Theodore Reik llegó a los Estados Unidos y fue rechazado, a comienzos de los años cuarenta, como miembro de la sociedad psicoanalítica por no ser médico. Freud había escrito en 1926 su famoso artículo sobre el análisis profano en defensa de Reik y de aquellos analistas que no tenían una formación médica, argumentando que los estudios sobre humanidades, literatura, mitología, están más cerca del psiquismo humano que la propia medicina. Este sesgo médico del psicoanálisis norteamericano condicionó una concepción del psicoanálisis como una práctica de un analista que conoce, que sabe frente a un paciente ignorante de su propio padecimiento. Concepción poco propicia al modo de sentir relacional, y del propio Eigen, de que la terapia es una búsqueda y una experiencia común. Dicho sea de paso, ignoro si Eigen se considera a sí mismo como integrante del movimiento relacional, e incluso si esto tiene alguna importancia.
En la parte primera del libro comienza revisando algunos conceptos tradicionales básicos. El yo en Freud es un agente doble, tiene un origen alucinatorio pero se ocupa de percibir la realidad. Esta es una paradoja que nadie ha resuelto. El superyó en cambio es considerado por muchos psicoanalistas como una instancia que con facilidad se vuelve loca y se enfrenta o persigue al resto de la personalidad. Ahora bien, en realidad, las tres instancias están locas, cada una a su manera. La psicología que describe Freud es una psicología de guerra, bajo la presión abrumadora de la pulsión de muerte. Si el misticismo judío habla de una buena y de una mala inclinación, el psicoanálisis parece ocuparse de la mala inclinación, sobre todo a partir de Melanie Klein. La posición depresiva de Klein es una forma de defenderse de la ansiedad persecutoria y de la ansiedad de aniquilación; para ella y para Freud la depresión parece un modo autopersecutorio de defensa.

Eigen observa el yo como una realidad que tiende de forma permanente a dispersarse:

“Cuanto más trato de pelear para preservar mi pequeño yo, lo poco que puedo sentir, a mi pequeña isla de sentimientos, a mi pequeña vitalidad, la psique consigue más y más dispersarla hasta un punto donde comienzo a sentir la falta de vida alrededor y dentro de mí y ahora tengo que pelear para sacarla también” (pp. 37-38)

A propósito de esto, sabemos que aparte de Freud, Melanie Klein y algunos de sus seguidores, y de Fairbairn, la mayoría de los autores no se inclinan por la existencia de un yo definido y unitario desde los orígenes del psiquismo. A favor de un estado inicial indiferenciado o disociado parecen agruparse autores tan dispares como Winnicott, Kohut Jacobson, Kernberg, posiblemente los psicoanalistas relacionales en general y, podemos comprobar, el propio Eigen: “Yo podría decir que el yo comienza con la disociación, si uno pudiera hablar acerca del yo en ese momento. Uno puede decir que el yo tiene mucha más fluidez antes de que se organice una defensa paranoide firme” (p. 39). Argumento a mi entender totalmente justificado, pues para que haya un temor al daño exterior o a la fragmentación esquizoide, debe existir ya una noción de unidad por muy frágil que sea.
En cuanto a la pregunta típica, expresada en términos kleinianos, de si la buena evolución terapéutica consiste en pasar del funcionamiento de la posición esquizoparanoide al de la posición depresiva, la respuesta que Eigen suministra es tajante: “... usted no puede y no debe tratar de convertir a alguien en alguien que no es” (p.41). Siente que a lo largo de su vida él se ha convertido en un niño mejor, en un niño más completo, pero no en un niño maduro. Sin embargo, dirá unas páginas después, el grito del bebé no desaparece de nuestro interior, nos acompaña toda la vida seamos quienes seamos.
En el capítulo 2 de la primera parte se comienza anunciando a Winnicott y a Bion, los dos autores, hemos advertido, de permanente referencia en los textos y comunicaciones de Eigen. No es que sean los únicos citados, pues la cultura psicoanalítica - y filosófica y religiosa - de nuestro autor es amplísima, pero sí es a ellos a los que se remite, de forma crítica, salvo raras excepciones, cuando de un aspecto clínico se trata.  Son autores que le hablan. También parecen hablarle algunos filósofos de cierta inspiración mística, como Buber, Levinas y, también, Wittgenstein. No vale la pena, añade, perder el tiempo con algo que no te habla. Lee lo que es bueno para ti y olvida el resto (cf. p.73). Y, habría que añadir, lee de forma razonada. En lugar de cursos de lectura rápida, el poeta Robert Frost pretendía dar un curso de cómo leer lentamente (cf. p. 94).

Entre las precisiones que esgrime sobre Winnicott, está que el falso self y el self verdadero no deben entenderse en realidad como conceptos dicotómicos sino que son un continuo o, por mejor decir, que en realidad está todo mezclado. Son muchas las observaciones penetrantes entresacadas del gran pediatra y psicoanalista inglés con las que nos topamos en estos seminarios. Ahora me detendré en la magnífica y sugerente descripción de la madre suficientemente buena, como aquella que se protege de la agresividad del bebé, pero no le hace sentir mal por estar vivo (cf. p. 100). Es aquella que siente placer porque su bebé esté bien, “vivo y golpeando”, sin transmitirle la imagen moralista de que pegar es malo. Posiblemente de triunfar esta filosofía positiva, antimoralista, pienso que se produciría una drástica reducción de las prescripciones farmacológicas contra el TDAH, tan de moda. Esto no significa que el niño crezca sin límites. Decir “no” es una función autoprotectora muy importante, un buen “no” es mejor que un mal “sí” (cf. p. 103).
El diálogo con la audiencia recorre aspectos que desbordan ampliamente el estrecho margen de la consulta analítica, si no fuera porque todos ellos impregnan nuestra vivencia cotidiana. Pondré un ejemplo que me ha resultado llamativo, y que está en la respuesta a una pregunta de los asistentes (p. 52 y ss.). Se trata del interesante asunto de que la época que vivimos - y opino que esto no es endémico de los Estados Unidos -, es una época psicopática. No importa lo que le ocurra a los otros siempre que yo sea el ganador y alcance el mayor poderío económico. Pone como ejemplo la forma más que oscura en la que el presidente Bush logró su primer mandato, apoyado por los medios de comunicación y en cuestionables decisiones judiciales, en medio de una atmósfera psicopática:

Uno de los mecanismos que ellos usan para mantener a la población bajo sus manipulaciones psicopáticas, es la manipulación psicopática de las ansiedades psicóticas. Ellos se mantienen agitando miedos catastróficos, ansiedades psicóticas, ansiedades de aniquilación, y manipulan estas ansiedades con el fin de mantener el poder. Esto funciona para el 40 % de la población, y el otro 60 % de la población son como liliputienses golpeando a un gigante muy grande. Es como estar en una habitación insonorizada donde uno no puede oír su propia voz o tener un efecto sobre el sistema, porque el sistema está actualmente en ascenso. (p. 55)


Describe un mundo en muchos puntos semejante al 1984 de Orwell, y ante esto el budismo zen y el psicoanálisis, y quizá todos los sistemas de pensamiento no suelen tener una respuesta. Una opción es gritar. Gritar y Gritar. La terapia del “grito primal” le vino bien, al principio. Pero después se adhirió a la idea de Winnicott. No basta con gritar, hay que entrar en contacto con el grito que se tiene dentro. Otra estrategia probada de tratamiento fue la inducción del sueño: “Una forma paradójica de pensar: soñar hace que la vida sea real, hace una realidad real” (p. 59). Pero un grito, del bebé, puede ser similar a un sueño. Los gritos continúan en el sueño. Nosotros digerimos la realidad mediante el sueño, las cosas se vuelven reales al soñarlas. A  través del sueño el grito puede encontrar su expresión. El grito fallido es el que nos tiene postrados. Ese grito se convierte en fallido cuando ya no ha encontrado la respuesta de la madre, deja de ser audible: “Algunas personas se sienten invisibles, se sienten inaudibles, no pueden ser oídas y no pueden oírse a sí mismas. En la terapia, el grito perdido tiene una oportunidad de emerger” (p. 62).
Contiene una crítica perspicaz es a la sobrevaloración de la actividad en psicoanálisis (p. 65 y ss.). La libido es activa, como la razón activa, el Dios de Aristóteles. Lo pasivo en psicoanálisis ha estado durante mucho tiempo asociado con lo inferior, con el miedo. Eigen no lo dice aquí pero supongo que no está lejos de la idea de que la libido es masculina porque es activa, aunque esté presente en la mujer. El budismo - cita las enseñanzas de Suzuki - descubre a la mente occidental que lo pasivo no está inerte, sino vivo y alerta. Pero la pasividad está devaluada en nuestra sociedad por la actividad. El psicoanálisis, por su parte, es una teoría hiperactiva; aún si es pasivo es activo (cf. p. 175).
El trabajo del psicoanálisis, según Freud, era hacer consciente lo inconsciente. Para Bion lo realmente importante es cómo convertir en inconsciente lo consciente, contactar con el mundo. Esto me ayuda a concretar una idea surgida de mi experiencia clínica reciente. Muchas veces lo que el paciente debe lograr no es aprender una habilidad nueva, puesto que la capacidad está ahí, en el fondo, oculta. Lo que tenemos que lograr a veces es “desaprender”, olvidar o dejar de usar algo que tenemos muy presente y no obligatoriamente recordando algo que se halla en lo inconsciente.
Al hilo de eso, y tomando de nuevo una idea de Winnicott que se desarrolla poco después, es preciso evitar que el paciente sienta vergüenza o culpa por su dependencia. Es evidente que la terapia constituye una situación de cierta dependencia en la que el paciente tiene que aprender a crecer, y en la que la dependencia también crece con el tiempo, pero para ser usada. Uno proporciona la atmósfera de acogida y dependencia en la que las interpretaciones no son realmente lo más importante, parecen ser algo más para el analista que para el paciente. Gradualmente algo ocurre y el paciente crece, y nosotros con él.
Eigen es terapeuta de psicóticos. Esto que puede parecer una afirmación simple entraña una multitud de implicaciones, muchas positivas, todas enigmáticas. Quizá, sugiero, la mente que se dispone a ayudar al psicótico en su extremo sufrimiento debe ella misma buscar las raíces de la locura en sí misma. En nuestro autor parece que esto se resuelve recurriendo a la mística, a la que no dejaremos de volver en lo sucesivo. Para entender la lógica psicótica permítaseme citar en extenso el siguiente párrafo:

En la lógica psíquica en el modo psicótico, algo medio vacío significa más que totalmente vacío.
No del todo lleno, es equivalente a completamente vacío, nada de nada es menos que nada. Pues no es solamente nada, nada está bien, nada es fácil. Sino una nada hostil, furiosa, malévola, una nada insultantemente devastadora. El paciente se siente insultado. Y el insulto, inmediatamente, se transforma en algo devastador. En lugar de ser insultado, él es devastado.(...) En el registro psicótico, tales golpes e insultos, reales o imaginados, precipitan la devastación total, el invierno negro para siempre. El insulto percibido es igual a la agresión, es igual a la devastación. La experiencia le da una negatividad infinita. Menos que todo es igual a menos que nada. Y menos que nada es infinitamente peor que nada. (p. 81)

Siguiendo a Bion comenta que, cuando se logra atribuir un significado al discurso psicótico (“mítico, cósmico, transpersonal”) ese significado está siempre ensombrecido por la catástrofe. Algo que no se simboliza sino que se señala. El psicótico no se puede comunicar - por “símbolos” convencionales me gustaría decir - sino que manifiesta su catástrofe: “El lenguaje del psicótico es como un SOS en marcha” (p.84).
Un asunto importante en Bion  es el de la supervivencia a nuestros propios asesinatos (véase pp. 114 y ss.). No es que los asesinatos sean una cosa buena, pero forman parte de lo que somos. Matamos psíquicamente al otro, advierte Eigen; somos asesinos. Si vas a tener una relación con alguien te tienes que preparar a que te asesinen y el truco es estar bien después de que te hayan asesinado (Winnicott habría dicho “sobrevivir a la destrucción”). Este es un regreso a la madre suficientemente buena. Aquella que se recupera de la destrucción de su bebé. Para Bion el asesinato es parte del nacimiento psíquico y del crecimiento. Y, a propósito de Bion, la anécdota siguiente brilla de forma casi cegadora:

Él no era un conferenciante habitual. No usaba notas, no leía los artículos. Sólo se sentaba y hablaba acerca de veinte o treinta minutos y luego respondía a las preguntas. Una noche alguien le preguntó ¿Nunca usa la teoría psicoanalítica?¿Nunca usa la teoría freudiana?¿Nunca usa la interpretación psicoanalítica? Y él dijo, “Gracias a Dios por Freud, él es genial cuando usted está cansado”.

Me apetece aportar a modo de moraleja: Que las teorías que estudiamos y amamos nunca nos impidan pensar.
La teoría también puede ser un instrumento con el que nos deshacemos de los pacientes molestos. Creamos situaciones en las que no se pueden quedar  (p. 130 y ss.).  Creamos dependencia en el paciente y luego no le dejamos crecer, porque no podemos apoyar ese crecimiento o porque nos faltan recursos. Eigen aconseja que nunca hagamos promesas ni nos atemos demasiado a ningún punto de vista, pues todo punto de vista es una imagen parcial, como veremos al volver a la psicosis. Es preciso estar atento a lo que se va desplegando en cada persona así como en uno mismo.
Al final del seminario de 2007 se relata el caso de una paciente que estaba comentando en sesión cosas para ella muy importantes mientras que Eigen estaba distraído pensando, precisamente, en su viaje a Seúl. De pronto ella le pregunta en qué está pensando y él le responde, con toda sinceridad, la verdad, lo que provoca un estallido de ira. Sobre la forma en que se resolvió el conflicto - que algunos denominarán enactment, otros momento ahora, y de muchas otras formas, y que ciertamente se resolvió de forma muy positiva - no voy a entrar aquí sino que dejo al lector la oportunidad de disfrutar por sí mismo de esta viñeta.
La segunda parte comienza con unas meditaciones muy sustanciosas sobre el sueño y su utilidad en psicoanálisis. El núcleo del sueño, según Bion, es la emoción. Después añadirá, ante las preguntas de la audiencia, la idea enigmática de que la sesión entera es como un sueño (p. 167). Pero esa emoción, comenta nuestro autor, ese ombligo del sueño, no es fácil de alcanzar, es escurridiza; se transforma lo mismo que se transforma el soñante:

El Talmud dice que cada sueño es una carta de Dios sin abrir. Nosotros no abrimos o somos incapaces de abrir muchas de estas cartas. Pero algunas veces una carta nos atormenta. (p. 145)

La forma narrativa del sueño le dota de una apariencia de coherencia, que deforma la emoción al mostrárnosla a través de una lente oscura. Algo se escapa, no obstante, aunque la forma narrativa deforme la emoción, permite funcionar con el sueño de alguna manera, que se pueda analizar. En el sueño y en la vida aparecen asociadas ideas y acontecimientos contradictorios, una calamidad después de un éxito, un sentimiento malo después de un sentimiento bueno.
Un ejemplo que le gusta a Bion, cuenta Eigen, es el de la Torre de Babel. Un grupo grande de seres humanos cooperando, pero a Dios no le gusta esta actividad cooperativa, ataca al vínculo, pero “como gente de psicoanálisis” sabemos que esta rabia de Dios es, en realidad, nuestra. En el judaísmo, Dios es un dios desconocido. Para llevarnos bien no podemos estar siempre juntos. Incluso en nuestro interior: “Algo de nosotros que es incapaz de estar todo el tiempo con nosotros mismos. Nuestro propio Self no puede estar consigo mismo y se ataca a sí mismo.” (p. 149).  Por eso las crisis no se detienen y pasamos por muertes y renacimientos.
De forma casual, si es que existe tal cosa, Eigen me recuerda un pasaje de la Biblia, y bien puedo asegurar que por el momento no soy un lector asiduo de la Biblia. Isaías 55:8: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Biblia de Jerusalén). La rabia de Dios es la rabia nuestra y nuestro desconocimiento de Él es nuestro desconocimiento propio. A este surco puede traerse - se podrían traer multitud cosas, desde luego - la función alfa de Bion. Eigen toma de él una alusión a los signos del tigre que sin duda haría feliz a Borges:

Tenemos estudios cognitivos sobre el cerebro, sabemos esto y conocemos eso. Pero a Bion le gusta recordarnos que lo que sabemos no es más que una raya sobre el tigre, por no hablar de todas las rayas o del propio tigre. Él acuña el término función alfa para los procesos desconocidos de la digestión psico-emocional, la digestión psíquica.
¿Cómo se digieren los impactos emocionales? Nos dice que hay tres clases de procesos. Uno es a través de las narraciones. Las narraciones en los sueños, narraciones en las historias, historias que contamos a los demás sobre nosotros mismos y nuestras vidas, historias que nos gustaría creérnoslas o que querríamos creer. Algunas historias especialmente nos movilizan, porque ellas llegan hasta una verdad muy profunda. (p. 153)

Una segunda forma de procesar es el análisis lógico, como el de la geometría euclidiana, un enfoque del espacio emocional. Pero la que más interesa a nuestro autor es la tercera, a la que llama pensar en encendido y apagado (on-off). Un sueño que viene y se va, aparece y desaparece. Algo semejante a lo que ocurre con la figura ambigua que se puede ver como una bella joven o como una horrible bruja, que recogen los manuales introductorios a la psicología. Esto es un problema para nosotros: no podemos pensar en una sola cosa. Pero también es nuestra fuerza. Pensamos en X y en no-X, en Y y en Z. Tenemos muchos lenguajes que nos ayudan a ver las cosas, el lenguaje psicoanalítico, el lenguaje de la fe, el científico, el del sentido común. Todos pueden tener un uso para descubrir los llantos del corazón que son sofocados: “Es como si la persona que está llorando no pudiera llorar” (p. 156). O, como leemos páginas después: “... el paciente vive en un estado de semi-asesinado, una clase de asesinato congelado, semi-vivo y capaz de movimiento, y aún, a veces, de palabras y acciones violentas” (p. 161). Ese llanto a veces es rescatado por el analista mediante un mito, relacionado con el problema emocional o con la sesión, un mito que funciona como una especie de “cálculo algebraico”, con el que desarrollar las emociones y sus realidades relacionadas.
Saltémonos ahora unas páginas para llegar al pasaje donde recoge los pensamientos de Winnicott sobre la soledad esencial. Estamos enteramente solos. Esta soledad esencial al principio solo se puede sustentar en un estado máximo de dependencia:

Una soledad primaria, apoyada por otro ilimitado desconocido. Si usted penetra hasta el núcleo de su soledad, usted no sólo se encontrará con usted mismo, allí también estará esa presencia ilimitada desconocida. ¿Es de usted? ¿Es de otro? ¿Qué es? Un desconocido, una presencia ilimitada en el núcleo mismo de su soledad. No importa la profundidad a la que usted llegue, usted la encontrará allí. (pp. 169-170)

En el contacto más íntimo, hay una falta de contacto. Estamos totalmente imbricados y, al mismo tiempo, totalmente separados y distintos. Esa soledad básica se mantiene, paradójicamente, gracias a la compañía. Cuando ese apoyo falta nos encaminamos hacia el desastre; si nuestros padres, cuando somos pequeños, se hallan en guerra permanente, nos falta el apoyo y nos volvemos rígidos. Esa es la razón (o al menos una de las razones) de por qué decía Freud que el carácter es el destino, porque nuestra historia de traumas se incorpora a nuestro carácter.
Para Winnicott la salud es más penosa que la enfermedad. “Re-citamos” a través de Eigen: “Probablemente el sufrimiento más grande en el mundo humano es el sufrimiento de la persona madura, normal, saludable” (p. 176). El terapeuta también sufre este daño, tiene baches en su personalidad que inevitablemente afectarán al paciente. Con ese daño de fondo nos aprestamos a abrir en el paciente las heridas de la dependencia: “Todas las maneras que hemos organizado para escapar del dolor, comienzan a sacudirse un poco” (p. 179). Y porque somos terapeutas, infligimos traumas; es inevitable en toda relación humana herir la confianza. Además, hay que contar con las rigideces de la adultez, pues hemos perdido la capacidad de ser flexibles. Este riesgo de dañar a veces nos lleva a “cortocircuitar” el sufrimiento, impedir que se desarrolle por nuestro temor y falta de fe sobre el apoyo de fondo que le estamos dando al paciente. Eigen no lo dice, pero este riesgo es el que debemos tener en cuenta con ciertas formas de saltarnos el principio de abstinencia. Como se lee en el texto, es una cuestión de “percepción terapéutica” (182). Yo diría: convendría saber, cosa complicada, hasta dónde podemos “beneficiar” al paciente y hasta dónde hay que dejarle que sufra el desmoronamiento para poder colaborar en la reconstrucción. Son daños que ejercemos con nuestra actitud y nuestras palabras.
A propósito de Harry, caso con el que comienza el capítulo 2 de la segunda parte, se afirma que las palabras hieren. En el folklore judío las palabras pueden ser ángeles o diablos. Sin embargo Harry no era capaz de herir con sus palabras, de devolver parte del daño que había sufrido. No podía entrar en el proceso (¿dialéctico?) de matar y morir y, a pesar de todo, sobrevivir. Eigen cita sus obras continuamente; en una de ellas - Coming through the Whirlwind, algo así como “Traído por el Torbellino”, de 1992 -   recordó a un terapeuta que era un asesino con su hacha psicológica, que no era otra que decir la verdad, la verdad sobre los defectos psicológicos del otro. Pensaba, como muchos grandes destructores, que estaba haciendo el bien.
La terapia ayuda a poner los sentimientos en palabras, pero las palabras también crean los sentimientos. La madre toma los sentimientos del bebé, que podrían destruir su psiquismo, y los modifica y devuelve, modulados de forma inconsciente mediante la reverie, transformados en sentimientos mejores. Si la madre – o el terapeuta -  no sabe qué hacer con esos sentimientos, el bebé-paciente queda sin alivio. Jean Genet cogió una cosa de la mesa y su padrastro lo llamó “ladrón”. Eso le permitió una forma, precaria, problemática, de identidad, y a partir de ese momento, el que luego sería gran escritor, se convirtió en ladrón: “Nosotros somos enigmáticos, misteriosos con nosotros mismos” (p. 208). Definimos nuestro enigma con el “soy esto” o “soy aquello”. Nuestro Dios es también enigmático, me permitía decir hace un momento, sus caminos no son nuestros caminos, pero tampoco tenemos muy claro cuáles son nuestros caminos.
Winnicott recoge la pregunta de si el bebé siente que él crea el sentimiento o lo descubre (cf. p. 219 y ss.). Pero esta es una pregunta sin respuesta. Si somos capaces de vivir en la paradoja, una nueva sensibilidad empieza a evolucionar. El poeta crea también una nueva sensibilidad para digerir los sentimientos. Harold Bloom, crítico literario de fama, provocó el escándalo al afirmar que Shakespeare había creado la personalidad humana. El dramaturgo inglés, como muchos grandes artistas, fue capaz de ver (crear) algo que estaba allí pero que nadie había visto antes. Eigen resuelve así uno de los dilemas filosóficos que más tinta han derramado:

¿Qué viene primero, las palabras o la experiencia? Las diferencias se disuelven. Se desvanecen, se fusionan entre sí. Algunas veces la experiencia viene primero. Algunas veces las palabras vienen primero. Algunas veces las palabras crean la experiencia. (p. 221)

Existe la realidad más allá de lo que describen las palabras, añado. Eso es lo innominado, lo inefable, más allá del lenguaje convencional, aquello a lo que el primer Wittgenstein llamaba “lo místico”. Eigen, más en su terreno, habla del funcionamiento psicótico (pp. 225-226). Los psicóticos se encuentran en una encrucijada, por debajo de sus alucinaciones y delirios, con dudas sobre sí mismos que no pueden aliviar. Sabe algo, o cree saber algo, lo inaccesible, o lo real más allá de lo que se puede nombrar, y que Bion etiqueta con la letra ‘O’, algo que ninguna comunidad de personas conoce: “Si usted tiene dos personas psicóticas juntas, usted tendrá dos versiones distintas de O. Ellos no pueden hablar entre sí” (p. 226). También recupera la expresión de Freud “el ombligo del sueño” (cf. p. 247), algo que nunca pude ser encontrado, algo que se escapa y que, cuando pescamos algo, es una verdad parcial. Pero no desesperemos, viene a decirnos Eigen, las verdades parciales pueden ser muy útiles.
Sea cual sea nuestra perspectiva, siempre es parcial, nunca tendremos una visión de la totalidad, de lo absoluto o lo místico. Esto no depende de ninguna creencia concreta en Dios, simplemente lo que ocurre es que pensemos o sintamos lo que sea, siempre será una parte de un conjunto más amplio. El psicoanálisis sólo es una raya en la piel del tigre. Pero para llegar a esa raya se necesita tener fe en O. La misma fe que Job demostraba en Dios a pesar de sus múltiples padecimientos: “Un estado de apertura radical. Aferrarse a la nada. Nada a qué aferrarse. Desnudo “(p. 229). Aunque nadie llegue a este estado de apertura total. El psicoanálisis es un camino y no un saber establecido. Ni Winnicott ni Bion, se apresura Eigen a advertirnos, son unos sabelotodo. El eco del pensamiento taoísta resuena de fondo.
El ideal de la interpretación correcta, tan de moda durante muchos años y aún hoy, pierde su vigencia en este sistema de pensamiento, cercano al sentimiento religioso. Entiéndase bien, si no me equivoco el terapeuta de Eigen – y Donna Orange parece mantener posturas semejantes respecto a la mística con sus lecturas sobre Buber o Levinas – no ofrece un credo religioso nuevo ni antiguo a su paciente pero reconoce el lugar que la fe ocupa en la vivencia cotidiana del ser humano y ofrece su compañía y soporte:

La importancia de la psicoterapia para la sociedad es el apoyar a los demás, de cara al difícil proceso en el cual estamos comprometidos, un proceso en el cual necesariamente está implicada una crisis de fe. (p. 233)

Pero para esto, tenemos que volver al principio de este comentario, es preciso superar el mito del conocimiento, la vergüenza que va unida al no saber: “Todos los grupos están construidos sobre el hacer creer que se sabe” (p. 259). Cuando era joven, Eigen temía decir a los pacientes que no sabía. Muchos pacientes preguntarían entonces por qué están pagando. Él aprendió a decir:

“No, usted no me paga por saber. Usted me está pagando para tratar de estar con usted de una manera más útil”. Con el tiempo los pacientes se acostumbraron a mi no saber. Eso fue un alivio para ellos también, porque entonces ellos no tenían por qué saber. (p. 261)

Sí, en cambio, ocupamos el lugar del sabelotodo entraremos en lucha con el paciente, porque él también lo sabe todo. Ve cosas que nosotros no vemos. Nuestros defectos, por ejemplo, y eso puede ser insoportable.
He pensado detenidamente en el parentesco posible entre el mensaje del último fragmento citado y los argumentos lacanianos sobre el analista como lugar del supuesto saber y cuestiones semejantes. Parece que se refieren a lo mismo. Ahora bien, nunca lograré imaginarme a Lacan dirigiendo un comentario tan explícito a su paciente.

Sirva lo anterior como aperitivo a la lectura de estos seminarios de Seúl y hasta otra.