miércoles, 11 de septiembre de 2013

CINE DE ZOMBIS

El cine de zombis nos brinda la oportunidad de ejercer imaginariamente toda nuestra destructividad hacia las personas sin el riesgo de sentir que hacemos algo malo, sin sentir culpa – “imaginaria” pero toda culpa lo es – ya que lo que se destruye son figuras que recuerdan la apariencia de lo humano pero ya no conservan su esencia de humanidad. Tienen vísceras y desparraman sangre estancada, pero se han deshumanizado, como paso previo necesario a la destrucción de todo enemigo, no puede ser como nosotros. La esencia humana que ha perdido el zombi es el razonamiento y el afecto. No piensa, sólo busca torpemente ingerir a sus semejantes todavía vivos, ya que por lo visto “zombi no come zombi”. Cuando vence es por masificación o por accidente. Con el vampiro la relación es más compleja y, a mi entender, más interesante, porque con él (o con ella) si se pueden entablar relaciones afectivas y eróticas - el mordisco es un equivalente del coito y no cumple una función puramente alimenticia– por no hablar de su aguda inteligencia. La Novia Cadáver de Tim Burton, es una escepción o lo más seguro es que no se trate propiamente de un zombi pues no pretende comerse a nadie. He puesto su imagen porque los zombis no me gustan.

El zombi en su funcionamiento mecánico es más próximo del autómata que Freud tomaba como objeto provocador de nuestro malestar ante lo siniestro (das Unheimliche). Lo más siniestro es aquello que se me parece, que me parece humano pero termino descubriendo que no lo es: un autómata mecánico, un gólem, un no-muerto. Un monstruo o artilugio que carece de alma que intenta destruirme porque yo tengo el defecto complementario al suyo, tengo alma. Este juego literario que autoriza tan brillantes pesadillas ya se practicaba con la distinción alma-cuerpo pero sólo es realmente efectivo tras la separación de las dos sustancias, mente-cuerpo, con el matiz de cientificidad que añade. Dentro de esa visión del mundo, yo le atribuyo alma o mente al otro por analogía, porque le veo moverse como yo, actuar como yo y realizar los mismos o parecidos gestos… pero siempre queda la duda.

Lo más familiar es lo que de forma más terrible se convierte en ominoso. El padre, madre, hermano o hermana, con el que el protagonista se topa en su cruzada contra los monstruos, moviendo por el mundo su carne putrefacta e inerte. El zombi tiende un puente entre la vida y la muerte que rápidamente salta en pedazos pues la vida más allá de la vida no es vida. Por eso es una solución “científica”, laica, ante el ansia de eternidad. Ya no creemos en la vida de los bienaventurados, no existe Dios, pero los seres diabólicos siguen fieles a nosotros, no nos abandonan. La lucha contra el no-muerto permite crear la ilusión de la vida eterna desde este lado, si somos diligentes contra el enemigo o no caemos por accidente, mantenemos una vida sana, no fumamos y prácticamos deporte.