miércoles, 8 de junio de 2011

PULSIÓN DE MUERTE, DESEO DE MUERTE, DESEO DE NADA

Vuelvo al asunto de la pulsión que ya traté de forma específica el 24 de noviembre de 2009.

Con la pulsión de muerte nos encontramos en psicoanálisis con una curiosa situación. Son innumerables las voces dentro y fuera que rechazan este postulado freudiano como excesivamente especulativo y carente de base empírica. Lo que no impide que haya sido aceptado y mantenido por dos de las corrientes principales – lacanianos y kleinianos – y solo lo rechazan los miembros de la orientación prioritaria en Estados Unidos, la psicología del yo a partir de Hartmann. Los partidarios del psicoanálisis relacional e intersubjetivo, así como Kohut, no es que rechacemos la pulsión de muerte sino que ponemos en cuestión todo el modelo energético y pulsional freudiano. La patología y el sufrimiento son consecuencia de las circunstancias vividas, no de condiciones pulsionales innatas. Opino, no obstante, que desde una perspectiva teórica no podemos despachar este concepto por el procedimiento de urgencia, aunque sólo sea por su importancia histórica, por lo que le voy a dedicar unas líneas a continuación.
Freud a partir de 1920 recurre al mecanismo de la compulsión a la repetición para explicar la adherencia neurótica a una experiencia dolorosa. La compulsión a la repetición es una tendencia básica del inconsciente que lleva al individuo a repetir acciones, a veces las más destructivas o dolorosas. Considera que inicialmente es un intento por integrar experiencias indeseables. Es por tanto una defensa, un mecanismo no incompatible con el principio del placer pero que va más allá: un atributo universal de la vida orgánica que se modifica de manera transitoria por efecto de los factores externos, para adaptarse a las condiciones vitales. Pero el objetivo último de toda forma de vida, proclama, es la muerte. Divide las pulsiones en dos tipos. Las pulsiones eróticas buscan combinar la sustancia viva para formar unidades mayores; las pulsiones de muerte van en contra de estas tendencias y buscan el retorno a un estado inorgánico primitivo. La compulsión a la repetición se convierte así en una expresión de las pulsiones destructivas, asociada con el masoquismo primario, en el que el sujeto dirige la destrucción hacia su interior y repite patrones dañinos.
Una teoría del sentido común es que el deseo es un suceso mental, concomitante a una incomodidad, que desencadena un ciclo de conductas dirigidas a un propósito: el cese de la incomodi­dad y el reposo. El primer modelo entrópico o económico de Freud, junto con el principio de constancia, no es ajeno a este planteamiento. Pero el deseo, o la expectativa, argumenta Wittgenstein, no se relacionan con su satisfacción de la misma manera que el hambre se relaciona con la suya. Si queremos comer una pera y nos dan una manzana habrán satisfecho nuestra hambre pero no nuestro deseo. La necesidad, el hambre, sabemos que se satisface con determinadas cosas, los alimentos, pero este saber es hipotético, es decir, empírico. Podemos considerar, por ejemplo, que una sustancia es nutritiva hasta que descubrimos, mediante análi­sis químico, que su poder alimenticio es nulo: no quita el hambre, aunque la entretenga. Intentemos, sin embargo, cuando alguien dice "quiero una manzana", contestarle ¿estás seguro de que es una manzana realmente lo que quieres? La expre­sión de una expectativa, deseo o intención parecen contener ya una descripción del evento futuro que les dará satisfacción y, para una proposición, lo que la hará verdadera.
Los símbolos parecen estar por naturaleza insatisfechos, pero su insatisfacción no se colma con algo real, equivalente a cómo los alimentos satisfacen el hambre. El empirista puede decir "un deseo está insatisfecho porque es un deseo de algo". Pero, en verdad, el deseo no es el deseo de algo real, el deseo es deseo de nada. Cuando alguien tiene una idea de lo que no es, dice Platón, entonces tiene una idea de nada. Si expresamos el deseo de que x sea el caso es porque x no es el caso y, por tanto, estamos hablando de algo en ese momento inexisten­te, e incluso el que busquemos o esperemos algo no quiere decir que exista. ¡Pero la inmensa mayoría de nuestras acciones están guiadas por nuestros deseos! Dicho en lenguaje lacaniano, el gozo se presenta no como la satisfacción de una necesidad sino como la satisfacción de una pulsión (nuestro gozo en un pozo). Estoy de acuerdo con Lacan en que la pulsión tiene una cualidad histórica, exige la memorización, pero una vez que entendemos la pulsión como la búsqueda del objeto, el apego, ya no necesitamos seguir hablando de pulsiones.
Ciertamente no es el objeto x lo que satisface la expectativa sino su llegada, su aparición. El error se encuentra profundamente arraigado en nuestro lenguaje, pues decimos indistintamente "lo espero" y "espero su llegada". Pues, ¿qué quiere decir haber realizado su deseo? Más que haberlo realizado al final. Al final. Aquí la muerte entra en escena de forma subrepticia. Lo enunciaré al modo de los cuentos de hadas: “Y se casaron, y vivieron felices muchos años... “¿y?, evidentemente se murieron.
Advertía Freud que nuestra propia muerte no nos es representable, no existe en el inconsciente o, dicho de otra forma, no posee representación (representación-cosa) inconsciente, no puede ser deseada en el período de la sexualidad infantil y tampoco puede ser reprimida; el temor a la muerte debe ser entendido según él como una elaboración del temor a la castración, a la pérdida de una parte apreciada de nosotros mismos. Considera en cambio que la pulsión de muerte sí existe, es la expresión de la tendencia de toda materia viva a volver a lo inorgánico. La pulsión de muerte es conservadora, como toda pulsión, tiende al retorno a un estado anterior, por tanto, la pulsión de muerte designaría, en principio, lo que hay en toda pulsión. La necesidad teórica de la pulsión de muerte se le impone por diferentes fenómenos presentes en la clínica y en la vida real: los fenómenos de transferencia, la compulsión a la repetición del neurótico, los sueños de repetición en las neurosis traumáticas, los juegos repetitivos del infante (el fort-da) y la tendencia a seguir un “destino” prefijado, de algunos sujetos. La compulsión a la repetición del neurótico se produce como una tendencia demoníaca, por encima del principio del placer.
Fairbairn proclama a pesar de todo que uno de los mayores logros de Freud fue el descubrimiento de que la conducta humana está gobernada esencialmente por dos factores dinámicos internos: 1) un factor libidinal, y 2) un factor antilibidinal. El valor de la obra de Freud no se pierde – añade - por abandonar la teoría instintivista. Fairbairn sugiere que consideremos los diferentes modos de la conducta instintiva, meramente como manifestaciones características de una estructura del Yo dinámica en relación con los objetos exteriores. "No obstante, añade, el concepto de "instintos de muerte" no carece de cierta justificación, pues está en completa conformidad con la observación de que hasta el paciente más cooperativo ofrece una resistencia pertinaz ante el proceso psicoterapéutico."
Opino que la pulsión de muerte es una de las intuiciones más geniales de Freud y conviene ser recuperada de alguna manera. Tal vez el error reside en pretender darle un fundamento biológico, necesidad teórica que le afectó con gran intensidad en toda su labor intelectual. Yo no rechazo la pulsión de muerte, como hacen muchos, por ir en contra de la evidencia biológica y neuropsicológica sino, bien al contrario, a pesar de (o gracias a) esta incompatibilidad. El creador del psicoanálisis se veía obligado a reivindicar la pulsión de muerte aunque se contradijera con alguna evidencia biológica, por ejemplo, como él mismo cita, la de que los protozoarios son potencialmente inmortales. Yo me siento impulsado a su aceptación precisamente por ello mismo, y porque las evidencias nos parecen abrumadoras. ¿Qué evidencias? Pienso, por ejemplo, en la capacidad del ser humano, desconocida entre los animales, de practicar una violencia intraespecífica sin ningún objetivo o beneficio, individual o de grupo, salvo el mero divertimento. La cualidad cultural de esta violencia es equiparada por Georges Bataille con el erotismo, como creación exclusivamente humana. La tendencia hacia la muerte también se asoma en las conductas autodestructivas como son los hábitos insalubres, la drogadicción, los deportes de riesgo, etc. Parecería que la persona para sentirse viva necesita poner su vida en juego.
La misma consideración de que la propia muerte no es representable en el inconsciente, nos lleva a concluir que su consideración consciente se logra con la adquisición plena de la simbolización. Parece contradictorio asegurar que la muerte no es representable cuando es la fuente principal de donde mana la angustia. La pulsión de muerte pertenece al proceso secundario. Por otra parte, la naturaleza repetitiva de las pautas comportamentales nos traen a la memoria la compulsión a la repetición y el parentesco evidente de las neurosis de carácter con las llamadas “neurosis de destino”. En éstas la repetición afecta a un ciclo aislable de acontecimientos en el ambiente cercano a la persona. Se trata de un deseo inconsciente que vuelve al sujeto desde el exterior, mientras que, en la neurosis de carácter, lo que subyace es la repetición compulsiva de los mismos mecanismos de defensa y pautas de actuación. Estas pautas básicas no están en principio verbalizadas ni son verbalizables, sino que pertenecen a la memoria procedimental, tomando el ejemplo de la psicología cognitiva actual. Asimismo, la neurosis de destino supone una elaboración verbal del deseo, mientras que en la de carácter intervienen estructuras más primitivas. Fuera de eso no descubro una diferencia esencial entre una y otra: los cambios en el ambiente son provocados, inconscientemente, por el propio sujeto, sutilmente causados por sus mecanismos defensivos y pautas de actuación.
Lo que nos diferencia de los animales, aparte del lenguaje – y sin duda relacionado con él – es nuestro conocimiento de la muerte y el sentido de temporalidad; el animal vive al día y es, en cierto sentido, inmortal. Para Heidegger todo nuevo ser humano se convierte, en un ser-para-la-muerte, lo que le dota su sentido temporal y también moral, dos cuestiones sin duda acogidas en el proceso secundario. El “ante que” de la angustia, dice, es el ser en el mundo en cuanto tal, no ningún ente intramundano, como ocurre con el miedo. Visto lo anterior, la posición que sugiero, y que a alguno tal vez le suene paradójica, es, usando el vocabulario freudiano, que: la pulsión de muerte es una pulsión del yo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Carlos,
Interesantes reflexiones en torno a la pulsión de muerte. Yo diría, que al concepto de pulsión de muerte le vendría bien, la idea de Protágoras sobre la Existencia de los Dioses: "Sobre los dioses no sabré decir si los hay o no los hay, pues son muchas las cosas que prohíben el saberlo, ya la oscuridad del asunto, ya la brevedad de la vida humana";


Más allá de que se esté de acuerdo o no con el concepto de pulsión de muerte, y yo, por ahora, no lo estoy por varios motivos, entre los cuales, está el que parecería entrar en franca contradicción un principio evolucionista fundamental: el instinto de vida propia de cualquier especie. Y claro, cuando una teoría entra en, al menos aparente, franca contradicción con otra teoría, aunque sea de otra disciplina, alguna posiblemente esté equivocada.
Lo que sí es cierto es que hay una ansiedad a la muerte, ya señalada por Robert Langs, quizá como señalas, por la capacidad de percibir nuestra propia finitud, y las defensas ante esta propia angustia pueden conducir a múltiples formas de violencia: mejor muere y sufre tú, que yo.
Lo que a su vez, Lex Talionis, puede estar al servicio del Gen Egoista (Dawkins) que todos llevamos dentro.
Pero en fin.. ya seguiremos en otros momentos,
Saludos, frank

Dr. Carlos Rodríguez Sutil dijo...

Gracias por tus comentarios Frank. Ya sabemos que en general estamos de acuerdo sobre este punto. Sin embargo, un asunto de indagación que nunca dejará de atraerme es la pregunta de por qué Freud se sintió impulsado a postular este principio. Volveremos a ello.

Frank García-Castrillón dijo...

El otro día en un seminario de psicoanálisis en Sevilla, estuvimos debatiendo sobre la idea de la pulsión de muerte. Se dijo algo interesante por un colega psiquiatra y psicoanalista. Señalaba que en muchos procesos terapéuticos, por mucha empatía, devoción, interés (Meltzer una vez me dijo que uno de los grandes factores terapéuticos era el interés o genuina preocupación, -concern- que sintiera el terapeuta por el paciente) que el terapeuta mostrara, parece que hay personas que no quieren o no pueden salir del dolor profundo y desgracia psicológica por la que atraviesan. El amor parecía no ser suficiente. Estábamos en el seminario que quizá no tanto se podría demostrar la existencia de una pulsión de muerte pero sí una tenaz ausencia de pulsión de vida.
Estoy de acuerdo contigo : sería interesante saber qué le llevó a Freud pensar en una pulsión de muerte; paradójicamente pensó lo mismo que nosotros, o para ser más objetivos, nosotros pensamos lo mismo que él: la gran cantidad de fracasos terapéuticos. Quizá con el modelo relacional la tendencia cambie.. esperémoslo.
Hasta pronto y gracias por tu sapienzia.
Frank

Dr. Carlos Rodríguez Sutil dijo...

Estimado Frank. Creo que con el modelo relacional la tendencia ha cambiado. Cuando nos encontramos con la reacción terapéutica negativa lo más "fácil" es postular que existe una tendencia autodestructiva innata, pero en realidad eso es como no explicar nada, como decir que el opio produce sueño porque tiene una capacidad dormitiva. El fracaso en la terapia pasa por que no hemos sabido entender al paciente o, relativizando toda omnipotencia, porque no hemos tenido los medios para ayudarle. El masoquista busca el contacto por el único camino que ha aprendido y la autodestrucción es otra forma de sentirse vivo. El mayor dolor es la soledad prolongada. La peor representación que nos podemos hacer de la muerte es quedarnos solos y abandonados. Desde luego hay cosas peores, como la fragmentación esquizoide.
Muchas gracias por tus comentarios.

Frank García-Castrillón dijo...

Quizá Carlos, un día tengamos que rescatar el término PULSIÓN, de la tienda de antigüedades..¨
Desde hace tiempo leo sobre psicología evolucionista y neurociencias, y veo la tendencia a hablar de "drives", la tendencia del ser humano a.... tendencias, sexuales, agresivas, altruistas, egoistas, cooperativas, etc. diseñadas a lo largo de la evolución de nuestra especie; más allá de nuestro desarrollo epigenético; unas predisposiciones, unas presiones filogenéticas a actuar de determinado modo cuando las circunstancias actuales activan tales predisposiciones innatas. En este sentido es donde cabe la idea de pulsión, no tanto como concepto bisagra entre lo somático y psíquico sino como concepto bisagra entre lo filogenético y ontogenético. Algo debe haber, más allá, de nuestro desarrollo a partir del útero materno, que "pulse" en nosotros para actuar de una determinada manera y no de otras. La filogenia predispone.
Por otra parte, leía el otro día una idea de Fromm que me pareció, por simple, genial:
"La cooperación solo requiere de hombres felices"

Dr. Carlos Rodríguez Sutil dijo...

Estimado Frank, es difícil no estar de acuerdo con opiniones tan matizadas y razonables como las que presentas. Coincido con la idea de que, en definitiva, hay algo que nos impulsa a actuar o a hacer esto en lugar de aquello. Sin embargo, pienso que de momento debemos desestimar el término "pulsión" por la connotación biologicista que lleva adherida en la teoría psicoanalítica clásica.

Frank García-Castrillón dijo...

Hola Carlos. Estoy de acuerdo contigo, en desestimar el concepto de pulsión de la teoría psicoanalítica actual, ya que el término se encuadra en un contexto histórico y teórico "des-fasado" (esto es, que su fase ya ha pasado); si bien, quizá, el término no pueda ser excluido, y de hecho no lo es, desde otras aproximaciones científicas que estudian la naturaleza del funcionamiento mental, como la etología, con el uso de términos análogos como "instinto", "fuerzas instintivas", etc.

El error al que estamos sometidos los psicoanalistas, posiblemente por nuestra dimensión narcisista , es considerar que la explicación psicoanalítica sobre el funcionamiento psíquico es la única que existe.

Por ejemplo, sólo he hallado un texto psicoanalítico donde se da una explicación filogenética al origen del sentimiento de culpa; para la cual ya, estamos preprogramados filogenéticamente.

Gracias a La culpa, que pone límite a nuestras acciones sociales y demás interacciones, que frena nuestros deseos de venganza o de cualquier otro tipo, que genera un sentimiento y una posibilidad de reparación de nuestros actos, es que el homo sapiens ha podido gestar una vida social y cooperativa, sin la cual posiblemente no hubiésemos sobrevivido como especie o quizá hubiese sido imposible el desarrollo de las civilizaciones y culturas.

Es decir, poder estudiar el concepto de culpa desde una perspectiva más allá del psicoanálisis, por ejemplo la culpa en primates, como el chimpancé o el más solitario orangután, o bien la culpa en el homo neandertalis (algo más complicado..) podría arrojar "más luz" sobre cómo funciona la culpa en nosotros.

En fin.. tengo que preparar maletas... Es todo un privilegio que nos brindes "mesa y mantel" para compartir, si bien no un cocido madrileño, sí ideas.