lunes, 18 de octubre de 2010

DEFINICIÓN DEL PSICOANÁLISIS RELACIONAL

En su momento comencé esté blog presentando una introducción sencilla al psicoanálisis relacional, con carácter distendido. Ahora me ha parecido necesario aportar una definición más formal pero que permita situarlo respecto a otras orientaciones clásicas o actuales y siga siendo relativamente fácil de entender.
El Psicoanálisis Relacional empieza a tomar su forma actual durante los años ochenta del pasado siglo, sobre todo en Estados Unidos, cuando un grupo de autores (Mitchell, Aron, Stolorow, Benjamin, Bromberg) intenta integrar la tradición relacional (Sullivan, Murray, Kohut) con la teoría británica de las relaciones objetales (Balint, Fairbairn, Winnicott). La mente no es algo que nazca con el individuo sino que se desarrolla en la interacción con el entorno humano. Es un psicoanálisis anticartesiano porque propone que el mundo, entendido sobre todo como constelación de relaciones interpersonales, es el que permite la construcción del ser humano individual. El niño no es producto solo del entorno, sino que interactúa con él, quizá con su propia espontaneidad e inclinaciones. La teoría freudiana plantea un ser humano motivado por pulsiones sexuales y agresivas, innatas y biológicamente determinadas. Para el nuevo enfoque, en cambio, la motivación primaria es la búsqueda de la relación con los otros. Las relaciones tempranas con los cuidadores primarios modelan nuestro comportamiento, la automimagen y los modos de satisfacer nuestros deseos y necesidades, que no pueden ser separados del contexto relacional. Los patrones de relación temprana tienden a ser recreados en las situaciones posteriores, en interacción con los nuevos compañeros relacionales.
Uno de los rasgos destacados del psicoanálisis relacional es que la interpretación no es el factor terapéutico fundamental. La presencia empática del terapeuta, el acompañamiento, el sostén según Winnicott (holding) son factores por lo menos tan importantes como lo que pueda decir en concreto. Otro factor de gran relieve es la reducción de la asimetría entre terapeuta y paciente, es decir, el terapeuta no se sitúa en una cumbre para emitir su oráculo que el paciente debe escuchar con humildad y sumisión: no siempre el paciente está equivocado cuando muestra su desacuerdo con algo que el terapeuta ha dicho o hecho. Finalmente, existe la posibilidad del “autodesvelamiento”, esto es, que el terapeuta comente al paciente cómo se ha podido sentir en determinado momento por algo que el paciente ha dicho o hecho (o cómo se habría sentido en el lugar de otra persona en una escena que relata) y esto puede ser muy orientativo y clarificador para él o ella sobre los efectos de su conducta puede producir en los demás.
En la medida en que el psicoanálisis relacional preconiza la superación de términos estáticos - como transferencia, contratransferencia, resistencia - y se prefiere hablar de la sesión analítica como un campo de interacción, un espacio transicional, de terceridad, algo “co-creado” por analista y analizando en un proceso de mutualidad, el concepto de verdad que mejor se le puede aplicar es el de descubrimiento: se descubre aquello nuevo que surge entre dos personas en relación. De hecho, la interpretación acertada no será sólo la que se corresponda con la realidad (Wirklichkeit) mental del paciente, sino la que permita el descubrimiento.
En 1914 (Historia del Movimiento Psicoanalítico) Freud planteó ciertos criterios de delimitación entre lo que es y lo que no es psicoanálisis. Dijo que el psicoanálisis es una tentativa por hacer comprensibles dos hechos: la transferencia y la resistencia. Toda investigación que reconozca estos dos hechos, añade, será psicoanálisis aunque alcance resultados diferentes a los suyos. Desde la perspectiva clásica, la “transferencia” es el fenómeno consistente en trasladar las imágenes o representaciones del pasado, y las emociones asociadas, a la relación actual. Dicho fenómeno ha sido tomado en la práctica, de forma más o menos explícita, como la producción por parte del paciente de una representación errónea de la realidad, más aún (véase el “Caso Dora”), como una equivocación de ‘la’ paciente en contraste con la representación correcta del analista varón. Analista y paciente, “entes flotantes” que se influyen sin entrar en relación. Cuando se sustituye el modelo cartesiano subyacente por la idea de que lo que la persona actúa en la práctica son esquemas de funcionamiento (externos) y no imágenes (internas), hay que proclamar que los esquemas se activan y no se trasfieren.
Se considera que la transferencia es una forma de organizar el presente según la experiencia del pasado, en el campo de interacción entre, básicamente, terapeuta y paciente, sin olvidar las relaciones externas a la sesión analítica. Igualmente creo que seguiremos empleando el término “transferencia” cuando más rígido sea el estilo relacional del paciente: el objeto externo es tratado como un objeto interno o, mejor dicho, la persona con la que nos relacionamos ahora es tratada siguiendo los patrones que utilizábamos en el pasado con otras, sin atender a las variaciones ostensibles.
Por tanto, la interpretación de la transferencia, en la situación analítica, no es suficiente para producir un cambio, es necesario que la relación con el terapeuta se desarrolle hasta convertirse en una relación real entre dos personas (Fairbairn). La tarea del analista es paradójica, no consiste en aceptar o en rechazar el ser un objeto, sino en aprender del paciente cómo convertirse en un objeto utilizable por él (Winnicott). En todo intento de entender nos incluimos ya a nosotros mismos, pero el entender es siempre la continuación de un diálogo que ya había comenzado antes de que llegáramos nosotros.
El espacio analítico es un área intermedia entre la realidad de quien es el terapeuta y las proyecciones y fantasías del paciente, pero que también es un campo co-creado por ambos. Este campo puede ser usado como espacio de juego y creación de una nueva relación. Seguramente un paso decisivo para llegar a esta concepción relacional fue la recuperación del concepto de “contratransferencia”, a partir de los años cincuenta, gracias a un importante artículo de Paula Heimann, reconociendo que la contratransferencia del analista es parte esencial de la relación analítica.
El término “resistencia”, si se piensa sólo en la resistencia del paciente, es una justificación del punto de vista del analista. La resistencia es una evitación o la interferencia en el aquí y ahora del allí y entonces. Este punto de vista, incorporando la necesidad de comprender tanto el pasado como el presente, ha llevado a algunos pensadores contemporáneos a proponer que es la resistencia, y no la transferencia, la que es co-construida. La mejor forma de evitar una influencia coercitiva no es eliminar los propios valores y visión de la realidad, sino hacerlos lo más explícitos posible. El objetivo del tratamiento analítico es, dice Renik, proporcionar un beneficio terapéutico aumentando la autoconciencia del paciente. Por lo tanto, resistencia será todo aquello que interfiera con este incremento de la autoconciencia. Una de las resistencias más formidables es la de un análisis sin dirección: el paciente dice lo que le viene a la mente y el analista le ofrece sus reflexiones, pero sin que ninguno de los dos se plantee hacia donde va el proceso. El análisis es una tarea dirigida a fines (el aumento de la autoconciencia).
Cuando la resistencia está asentada de forma predominante en el paciente conviene, no obstante, valorarla desde una respectiva relacional. Bromberg, traduce la resistencia del paciente de esta manera:
“Estoy aquí porque tengo problemas, pero no necesito que se me salves de estos problemas, aunque lo parezca. Sin embargo, tengo toda la esperanza de que intentes “curarme” y haré todo lo posible por que fracases. No tengo una enfermedad, soy mi enfermedad y no te permitiré que me cures de ser quien soy”.
Al analizar la resistencia, añade Bromberg, no nos dirigimos a “contenidos” de la mente sino de la estructura disociativa de la mente como tal (“yo” y “no yo”), a esto es a lo que se dirige fundamentalmente la resistencia la mayor parte del tiempo de tratamiento. Esta idea me hace pensar que la resistencia tiene más que ver con la patología del carácter, y así entendemos el consejo de Wilhelm Reich de que el análisis de las resistencias debe preceder al de los “significados”. La resistencia de carácter es indirecta: cortesía, sumisión, etc.; no se expresa en el contenido del material sino formalmente, en la afectación general típica, en la forma de hablar, de andar, en la mímica y en las maneras y hábitos peculiares.
Conservemos o desechemos los términos tradicionales del psicoanálisis, como transferencia y contratransferencia, desde el psicoanálisis relacional se están acuñando conceptos nuevos que, como herramientas teóricas, permitirán acceder y desarrollar la relación terapeuta-paciente. Conceptos como “enactment”, “momentos ahora”, “responsividad”, “mutualidad”, “terceridad” forman parte de esta nueva panoplia técnica que ahora me limito a nombrar.

2 comentarios:

Claude Lacombe. dijo...

hola Jefe!!

No sé si le he dicho ya que me gusta su columna de la derecha, con mezclas tan imposibles como imprescindibles; muerte entre las flores + Foucault. Grupo Salvaje + Audrey.

Saludos.

Dr. Carlos Rodríguez Sutil dijo...

Pues algo hemos hablado, pero sin entrar en detalles. En cualquier caso, me alegro de que le complazca mi desordenado gusto cinematográfico. Para mí es imposible separar en el imaginario a Kim Novak de Ernest Borgnine.¡Qué se le va a hacer! Eastwood también hizo "Sin Perdón" y "Los puentes de Madison". Un saludo.