lunes, 22 de febrero de 2010

FERENCZI Y FAIRBAIRN EN LOS ORÍGENES DE LA TÉCNICA RELACIONAL

La psicoterapia siempre será un proceso de influencia mutua e, inevitablemente, asimétrica, por la especial responsabilidad y autoridad del terapeuta. El concepto de mutualidad, según Lewis Aron, no incluye simetría o igualdad. Esto libra, en mi opinión, a los seguidores del enfoque relacional de las tentaciones de análisis mutuo que durante cierto tiempo confundieron a Ferenczi, con resultados poco favorables. Precisamente Sándor Ferenczi, en tiempos supuesto delfín de Freud pero luego durante tantos años ignorado, debe identificarse como el antecedente directo de la técnica relacional. Fue él quien se atrevió a plantear cuestiones incómodas como la del traumatismo intra-analítico, y la relación de esclavitud analítica en la que la terapia analítica se puede convertir. Para estos y otros asuntos relacionados con el psicoanalista húngaro recomiendo los trabajos publicados en castellano por José Jiménez Avello, aunque siempre es más recomendable asistir también a sus exposiciones orales.

En la época de la “terapia activa”, a comienzos de los años veinte, Ferenczi había reconocido que, a veces, es preciso ayudar al paciente a tomar una decisión cuando es urgente y todavía no se halla preparado. Pero el terapeuta debe percatarse de que no está actuando como psicoanalista en un sentido estricto y que se pueden derivar modificaciones de la transferencia, a veces un reforzamiento de la misma. Habrá que incitar a un paciente a superar su incapacidad casi fóbica a tomar una decisión, lo que puede ayudar a resolver los bloqueos afectivos y facilitar el acceso a un material inconsciente, inaccesible hasta entonces. Es muy prudente en sus consejos técnicos, por ejemplo, no se le debe decir al paciente que esta experiencia le curará de inmediato. Cuanto se supera el estancamiento, el terapeuta debe volver rápidamente a la receptividad pasiva, pero, opina, es exagerado decir que nunca se deben dar consejos. Y sugiere que la técnica activa ha sido utilizada siempre de facto, aunque sin nombrarla. Una forma de intervención activa habitual es fijar un término al análisis. Hace no mucho se ha comentado (Summers) que la acción es un elemento crucial en la terapia, no una desviación, pues formular proposiciones ya es una manera de “hacer” – parece que estuviera citando los “enunciados realizativos”.

Años después, Ferenczi introducirá conceptos que anticipan aspectos técnicos del enfoque relacional, como son “elasticidad”, “tacto” y “empatía”.

Quizá fue Ronald Fairbairn, en los años cincuenta, el primero en manifestar su descontento con el distanciamiento (detachment) como actitud técnica, principio aceptado y preconizado entonces y después por los institutos psicoanalíticos. Hay que tener cuidado de no confundir el distanciamiento con la objetividad de las interpretaciones, pues el distanciamiento sólo tiene un alto valor defensivo para el analista. Igualmente desconfía de que se instituya una duración fija de las sesiones, pero entiendo que debe ser un consejo de flexibilidad y no de arbitrariedad, en otras palabras, la sesión debe tener una duración más o menos fija, pero no interrumpiendo al paciente a mitad de una frase, o del desarrollo de un contenido emocionalmente relevante. Asunto diferente es que esa flexibilidad en algún momento lleve al abuso o favorezca las resistencias, lo que deberá ser evitado y/o interpretado. El uso del diván tiene que ver también con una concepción teórica del tratamiento que impone en el paciente, de forma totalmente arbitraria, una situación traumática. Dicha situación reproduce el trauma infantil en el que el bebé es abandonado sólo y aislado. El requisito de la asociación libre, combinado con la postura recostada, parece un tabú contra cualquier forma de actividad, excepto la expresión verbal. Puesto que las inhibiciones de la actividad constituyen un factor tan importante en la génesis de los síntomas y de las dificultades internas, se plantea la cuestión de si el reforzamiento artificial de dichas inhibiciones, por las condiciones de la sesión analítica, no constituye en muchos casos un serio trauma emocional para el paciente, aumenta su resistencia e, incluso, favorece las reacciones terapéuticas negativas.

Estoy de acuerdo con Fairbairn en que, desde luego, hay pacientes pasivos a los que la posición recostada les proporciona un adecuado escape de la ansiedad que implica para ellos la actividad, y que están dispuestos a explotar la situación analítica en una manera masoquista. Sin embargo, no creo que el rechazo del diván deba tomarse como un requisito del psicoanálisis relacional. Según mi propia experiencia, dependiendo como se use, el diván puede ser un recurso que facilite el proceso de indagación y permita una mayor comodidad a terapeuta y paciente. Pero en mi práctica de psicoterapia psicoanalítica, de una o dos sesiones semanales, cada vez lo utilizo menos. Por el relato de Guntrip sabemos que Fairbairn disponía de un diván en su consulta y que era a veces el paciente el que decidía recostarse en él o sentarse en una silla.

Finalmente, Fairbairn comenta algo en lo que es difícil no coincidir, y es que el paciente, en tanto paciente, debe haber sufrido deprivaciones importantes en su infancia. Es lógico que acuda a la terapia necesitado de aquellas relaciones personales de las que careció. El distanciamiento y neutralidad suponen el sometimiento a una nueva e importante deprivación, que reactualiza la anterior. En muchos momentos, por tanto, la terapia analítica produce una retraumatización.

Frente a los psicoanalistas estrictos que desaconsejan toda actitud interventora ante el paciente, fuera de la interpretación y operaciones semejantes, yo pienso en el caso de un paciente que está a punto de invertir dinero en una operación que tiene todo el aspecto de ser una estafa piramidal, u otros similares. Se necesita adoptar una actitud fría, ya sea por propia convicción o por recomendaciones técnicas, para permanecer callado como terapeuta en esas situaciones.