viernes, 29 de enero de 2016

WITTGENSTEIN, MENTE Y REPRESENTACIÓN


Una de las ideas más peligrosas para un filósofo, afirma Wittgenstein, es que pensamos en nuestras cabezas, en un espacio completamen­te cerrado, oculto. Se trata de un error semejante a lo que Gilbert Ryle denominó error categorial. Pensemos en la historia del visitante que acude a la Universidad y, después de haberle mostrado las aulas, laboratorios, bibliotecas, etc., pregunta dónde exactamente se encuentra "la" Universidad, como si se tratara de una entidad independiente. El mismo visitante, al presentarle al equipo de fútbol pregunta dónde está el esprit de corps o, si se quiere, la moral de victoria.  "Mental" y "material" pertenecen a distintas categorías lógicas; el error categorial consiste en buscar un espacio material donde se localice lo mental, la res cogitans cartesiana, el piloto de la nave. Una vez que se le atribuye ese espacio ‑ la caja craneana en nuestra cultura, no así en otras ‑ se dota a lo mental de características similares a lo material (fenoménico). Comentaba Wittgenstein a sus alumnos en el curso 33‑34 que tal vez la razón por la que nos inclinamos a hablar de la cabeza como del lugar de nuestros pensamientos es por la existencia de palabras como "pensar" y "pensamiento" junto a las palabras que denotan  actividades (corporales), tales como escribir, hablar, etc. Que nos inducen a buscar una actividad, diferente de éstas, pero análoga a ellas, que corresponda a la palabra "pensar". Palabras que en nuestro lenguaje ordinario tienen la misma gramática aparente tienden a ser interpretadas de forma análoga.

Wittgenstein ataca al dualismo pero no niega que los términos mentales tengan un uso, si bien intenta evitar la imagen de interioridad que se les asocia. Este "recha­zo" de la interioridad lleva a que a veces se identifique a nuestro filósofo con el conduc­tismo. Para Wittg­ens­tein los criterios conductuales son los únicos posibles, pero el acento debe hacerse recaer en "únicos" y no en "posibles". Es cierto que el psicólogo observa los fenómenos de la vida mental  y que entiende por "fenómeno" algo que puede ser observado, luego el psicó­logo sólo observa la conducta. Aceptar esto no equivale a abrazar el conductismo – como hace Ryle -  pues Wittgenstein sólo acepta definicio­nes de los términos psicológicos que sean articuladas, frente a las definiciones operativas de los reduccionis­mos conductista y fisiológico. La única posibilidad que reconoce a la psicología es la de disolver el mundo interno, pero conservando lo que supuestamente ese mundo contenía.

Un supuesto común a racionalismo y empirismo, a menudo no explici­tado, es que las palabras de nuestro lenguaje adquieren significado en virtud de una definición ostensiva inter­na. Una definición ostensiva es la que establece una relación directa entre el signo y el objeto ("esto es 'tal' cosa"); el positivismo, una forma tardía del empirismo, la tomó como unidad básica del conoci­miento humano. Pero la definición ostensiva presupone la existencia innata de un lenguaje interior, privado, al que pueda ser traducida. Un auténtico lenguaje privado tendría ciertas caracte­rísti­cas: "Las palabras de éste lenguaje deben referirse a lo que sólo puede ser conoci­do por el hablan­te. A sus emociones inmedia­tas, privadas. Otro no puede, por tanto, entender éste lenguaje"  ¿Hasta qué punto son mis sensaciones privadas? Wittgenstein toma expresiones de uso corriente como “yo puedo saber si realmente tengo dolor; el otro sólo puede presumirlo”. Esto es al mismo tiempo falso y un sinsen­tido, porque los demás  saben muy frecuentemente cuándo tengo dolor, en cambio de mi no puede decirse (salvo quizá en broma) que sé que tengo dolor. Mi dolor no es un conocimiento sino una experiencia y, en cuanto al de los otros, en principio no somos peores en nuestro conocimiento de la expe­riencia de las otras personas que en cualquier otra cosa.  El defensor del lenguaje privado puede aducir la tesis de la inalienabilidad: "Otro no puede tener mis dolores". Pero ¿Qué son mis dolo­res? ¿Qué cuenta aquí como criterio de identidad? “¡Otro no puede tener ESTE dolor!"‑ La respuesta del filósofo vienés es que no se define ningún criterio de identidad mediante la acen­tua­ció­n enfáti­ca de la palabra "éste".     

Nuestro cuerpo no es el límite de nuestras sensacio­nes. Pone el ejemplo del ciego, que es capaz de sentir los obstáculos en el extremo de su bastón. Se me ocurre también el caso del miembro fantasma de los amputados. Ambos cuestionan el princi­pio de la inalienabilidad.

No se niega la posibilidad del disimulo, de que, con algunas restricciones, seamos capaces de engañar sobre nues­tras sensacio­nes. Bien al contrario, la mentira existe, pero mentir es un juego de lenguaje que requiere ser aprendido como cual­quier otro. El engaño no es algo ya dado desde el comienzo de la comunicación.  De la misma forma que sólo es posible la duda cuando ya existe la certeza, podemos decir que sólo es posible la mentira cuando ya existe la verdad. En lenguaje psicoanalítico se diría que sólo hay denegación cuando ya ha habido afirmación.

Las palabras se conectan con la expresión primitiva de las sensaciones y ocupan su lugar; la expresión verbal del dolor reemplaza al grito, sin ser una descripción del dolor como sensación interna. Si los seres humanos no manifestaran su dolor – algo factible si las sensaciones fueran objetos internos - no se le podría enseñar a un niño la expresión 'dolor de muelas', pero cuando damos un nombre al dolor presupo­nemos la gramática completa de la palabra "dolor".  Desde luego, los términos de un juego de lenguaje no se aprenden aislados sino en el seno de una gramática. Y una gramática se define por el seguimiento de ciertas reglas, cuyo origen, según la teoría del lenguaje privado, debería ser privado, inte­rior antes que exterior, algo lógicamente imposible para Wittgenstein. Vygotsky ha mostrado que sólo hay lenguaje interno cuando el lenguaje externo, social, se interioriza, igual que ocurre con todas las “funciones superiores”: son externas y sociales antes de ser internas e individuales.

Para memorizar las supuestas sensaciones internas y sus definiciones ostensivas privadas, el defensor del lenguaje privado podría plantear la existencia de una tabla interior, imaginaria, donde yo consultaría, por ejemplo, si la sensación que estoy experimentando ahora es la misma de ayer, o si la hora de salida de un tren es exactamente la que yo recuerdo. Pero esa tabla sólo sería de utilidad si existe un criterio externo de corrección; si no, es como alguien que comprara varios ejempla­res del periódico de hoy para cerciorarse de que las noticias son verdade­ras. Ni el concepto de “sensación”, ni ningún otro, tiene su origen en nuestro interior. De ser otro el caso ocurriría que, para asegurar­nos de que lo que una persona está experimentando ahora mismo es dolor, tuviéra­mos que pincharnos con un alfiler para evocar el recuer­do correcto Para dudar de si alguien tiene dolor lo que necesi­tamos no es dolor, sino el concepto de "dolor". Para hacer un uso correcto de la citada tabla debemos despertar el recuerdo que pertenece a "S" (la sensación concreta), pero como la tabla es imaginaria no puede haber ninguna consulta real, lo más que puede suceder es que recuerde el ejemplar que acompa­ña a "S", es decir, lo que "S" signifi­ca: pero esto es precisamente lo que se supone que confirma la tabla. Por lo demás, afirmar que un lenguaje sobre las sensaciones es imposible a menos que sea compartido por una comunidad no difiere de afirmar que un lenguaje sobre los objetos físicos es imposible salvo que sea compartido por una comuni­dad. Yo no puedo denominar a este animal 'perro' si no recibo esa palabra dentro del lenguaje de la comunidad, en contextos concretos. El problema de la definición ostensi­va interna sirve para desenmascarar el esquema dualista, esquema que se halla igualmente en las definiciones ostensivas externas.

Wittgenstein en ningún lugar afirma que exista el objeto 'dolor' separado de sus manifestaciones y, desde luego, no sugiere que desconozcamos el significado de la palabra "dolor". Hemos dicho que el niño sustituye, en parte, la expresión natural del dolor por la expresión lingüística, pero no hay ningún objeto interno 'dolor' que pueda expresarse de ambas maneras. No existen las sensaciones como objetos internos, otra cosa es que yo aprenda a manifestar mis impresiones subjetivas, pero no tenemos motivo para creer que esas impresiones existían antes de aprender las palabras que supuestamente las designan. La estructura gramatical objeto/designación  es equívoca a la hora de conceptualizar las sensa­ciones. Pues la expresión de las sensaciones no debe confundirse con la observa­ción del estado interior ni con la descripción del mismo. Una imagen  puede ser irreal, no tiene por qué corres­ponderse con un estado de cosas. El error de la filoso­fía de las sensacio­nes - de los sense-data - radica en la creencia de que nuestras decla­raciones sobre supuestos estados internos son "descripcio­nes". La palabra "descri­bir" nos toma el pelo. Es preciso que nos percatemos de que cuando decimos "describo mi estado mental" y "des­cribo mi habitación" estamos utilizando juegos de lenguaje diferente. La confusión de ambos juegos es la que conduce a numero­sos errores filosóficos: toda una nube de filosofía se condensa en una gotita de gramática. Las descripciones son instrumentos para empleos especiales, no toda imagen verbal es una descripción, como los cuadros que cuelgan de nuestras paredes son pinturas en cierto modo ociosas. Ociosas porque las auténticas descrip­ciones son las que están dotadas de alguna operati­vidad, como los croquis o las instrucciones verbales.

Desde el primer parágrafo de las Investigaciones Filosóficas, con el ejemplo de un tendero que consulta etiquetas y muestras para cumplir el pedi­do "cinco manzanas rojas", Wittgenstein está cuestionando la noción de "imagen inter­na". Según la concepción ordinaria, compartida con ciertas modifica­ciones por la psicología cognitiva, la imagen se lleva encima, igual que podemos utilizar un retal de tela para confrontar. Si el proceso fuera así de simple sería, en realidad, algo muy complicado. Para comprobar que la imagen que nuestra memoria nos propor­ciona de 'rojo' es la correc­ta deberíamos disponer de un tercer término de comparación, y así indefi­ni­damente. Antes o después llegamos al momento en que hacemos las cosas y las hacemos bien. Bien entendido, este debate entronca en la discusión medieval sobre los universales y más atrás, con la doctrina platónica de las ideas. Recordemos el argumento clásico del tercer hombre contra la doctrina de las ideas, o de las “formas”, de Platón, que aparece en el famoso diálogo – o más bien monólogo” – que lleva por título Parménides. La cuestión tiene que ver con la manera en que una idea se relaciona con los particulares que participan de ella. El hombre particular es, en consecuencia, humano, porque participa de la forma “hombre”, pero esta comparación requeriría del recurso a un “tercer hombre” que asegurara lo que los dos primeros poseen en común, y así en una regresión al infinito. (Resulta sorprendente que el propio Platón recogiera este argumento supuestamente demoledor de su doctrina más destacada sin, al parecer, refutarla. Luego será retomado por Aristóteles en la Metafísica (libro I, cap. 9), en un contexto menos sorprendente). Esto nos descubre la filiación idealista de las concepciones corrientes sobre la memoria y la imagen interna. En una publicación de Eric Dietrich, se menciona el problema fundamental de representación que afecta a la psicología cognitiva: por muchas investigaciones que se están realizando, ningún científico sabe cómo representa la representación. A pesar de ello se sigue identificando el concepto de “mente” con la mente individual, que es la que se estudia normalmente desde el aislamiento como aparato representacional, seguramente, añade el texto, el hecho científico más importante.

No es que se niegue la existencia de representaciones internas, ni que las investigaciones de la ciencia cognitiva carezcan de interés. De hecho, considero relevantes los trabajos de Pylyshyn, conocido psicólogo cognitivo, cuando descubre que una imagen se mantiene en la memoria merced a su estructura significativa y no tanto como representación pictórica. Pero la representación interna es algo tan evidente que, a menudo, nos lleva a confusión, pues la tomamos como algo originario. Esas imágenes son dependientes de lo que ocurre en el exterior. Dice Wittgenstein: Lo que ocurre en el interior sólo tiene sentido en el flujo de la vida Los errores se originan en nuestra tendencia a darles un valor per se a estas imágenes internas, cuando en realidad la imagen interna sólo posee estabilidad si se la contrasta con el uso.  Para Wittgenstein el postulado esencial no son los sistemas repre­sentacionales, sino la comunicación interpersonal en la práctica. La imagen interna es subsidiaria de la imagen externa, la auténtica, y, en último extremo, del lenguaje  Deberíamos sustituir el concepto de representación interna por un concepto pragmático que describiera cómo se utilizan las representaciones en las situaciones concretas.

Terminaré recogiendo una buena síntesis del proceso seguido por Wittgenstein en su argumento del lenguaje privado tomada de Pablo Quintanilla:



1.       Sólo tiene sentido llamar intencional, dotado de mente o pasible de estados mentales, a aquel tipo de comportamiento que involucra conceptos.

2.       Tener un concepto es conocer una regla de uso, es decir, saber en qué circunstancias es apropiado aplicarlo y en qué circunstancias no, qué objetos caen bajo la extensión del concepto y cuáles no. Esto equivale a saber distinguir entre un uso correcto y uno incorrecto del concepto.

3.       No es posible usar una regla de manera privada. Toda regla es pública y aprendida socialmente.

4.       Conclusión: Sólo es posible tener estados mentales si se es miembro de una comunidad social, una forma de vida, donde tales estados mentales pueden ser constituidos.