Una de las ideas más peligrosas para un filósofo, afirma Wittgenstein, es
que pensamos en nuestras cabezas, en un espacio completamente cerrado,
oculto. Se trata de un error semejante a lo que Gilbert Ryle denominó error categorial. Pensemos en la historia del visitante que acude a la Universidad y,
después de haberle mostrado las aulas, laboratorios, bibliotecas, etc.,
pregunta dónde exactamente se encuentra "la" Universidad, como si se tratara
de una entidad independiente. El mismo visitante, al presentarle al equipo
de fútbol pregunta dónde está el esprit de corps o, si se quiere, la moral de victoria. "Mental" y "material" pertenecen a distintas categorías lógicas; el error categorial
consiste en buscar un espacio material donde se localice lo mental, la res cogitans
cartesiana, el piloto de la nave. Una vez que se le atribuye ese espacio ‑
la caja craneana en nuestra cultura, no así en otras ‑ se dota a lo mental
de características similares a lo material (fenoménico). Comentaba
Wittgenstein a sus alumnos en el curso 33‑34 que tal vez la razón por la que
nos inclinamos a hablar de la cabeza como del lugar de nuestros pensamientos
es por la existencia de palabras como "pensar" y "pensamiento" junto a las
palabras que denotan actividades (corporales), tales como escribir,
hablar, etc. Que nos inducen a buscar una actividad, diferente de éstas,
pero análoga a ellas, que corresponda a la palabra "pensar". Palabras que en
nuestro lenguaje ordinario tienen la misma gramática aparente tienden a ser
interpretadas de forma análoga.
Wittgenstein ataca al dualismo pero no niega que los términos mentales
tengan un uso, si bien intenta evitar la imagen de interioridad que se les
asocia. Este "rechazo" de la interioridad lleva a que a veces se
identifique a nuestro filósofo con el conductismo. Para Wittgenstein los criterios conductuales son los únicos posibles,
pero el acento debe hacerse recaer en "únicos" y no en "posibles". Es
cierto que el psicólogo observa los fenómenos de la vida mental y
que entiende por "fenómeno" algo que puede ser observado, luego el
psicólogo sólo observa la conducta. Aceptar esto no equivale a abrazar el
conductismo – como hace Ryle - pues Wittgenstein sólo acepta
definiciones de los términos psicológicos que sean articuladas, frente a
las definiciones operativas de los reduccionismos conductista y
fisiológico. La única posibilidad que reconoce a la psicología es la de
disolver el mundo interno, pero conservando lo que supuestamente ese mundo
contenía.
Un supuesto común a racionalismo y empirismo, a menudo no explicitado,
es que las palabras de nuestro lenguaje adquieren significado en virtud de
una definición ostensiva interna. Una definición ostensiva es la que establece una relación directa entre
el signo y el objeto ("esto es 'tal' cosa"); el positivismo, una forma
tardía del empirismo, la tomó como unidad básica del conocimiento humano.
Pero la definición ostensiva presupone la existencia innata de un lenguaje
interior, privado, al que pueda ser traducida. Un auténtico lenguaje
privado tendría ciertas características: "Las palabras de éste lenguaje deben referirse a lo que sólo puede ser
conocido por el hablante. A sus emociones inmediatas, privadas. Otro
no puede, por tanto, entender éste lenguaje" ¿Hasta qué punto son mis sensaciones privadas? Wittgenstein toma
expresiones de uso corriente como “yo puedo saber si realmente tengo
dolor; el otro sólo puede presumirlo”. Esto es al mismo tiempo falso y un
sinsentido, porque los demás saben muy frecuentemente cuándo tengo
dolor, en cambio de mi no puede decirse (salvo quizá en broma) que sé que
tengo dolor. Mi dolor no es un conocimiento sino una experiencia y, en
cuanto al de los otros, en principio no somos peores en nuestro
conocimiento de la experiencia de las otras personas que en cualquier
otra cosa. El defensor del lenguaje privado puede aducir la tesis de
la inalienabilidad: "Otro no puede tener mis dolores". Pero ¿Qué son mis dolores? ¿Qué
cuenta aquí como criterio de identidad? “¡Otro no puede tener ESTE
dolor!"‑ La respuesta del filósofo vienés es que no se define ningún
criterio de identidad mediante la acentuación enfática de la palabra
"éste".
Nuestro cuerpo no es el límite de nuestras sensaciones. Pone el ejemplo
del ciego, que es capaz de sentir los obstáculos en el extremo de su
bastón. Se me ocurre también el caso del miembro fantasma de los
amputados. Ambos cuestionan el principio de la inalienabilidad.
No se niega la posibilidad del disimulo, de que, con algunas
restricciones, seamos capaces de engañar sobre nuestras sensaciones.
Bien al contrario, la mentira existe, pero mentir es un juego de lenguaje que requiere ser aprendido como cualquier otro. El engaño no es algo ya
dado desde el comienzo de la comunicación. De la misma forma que
sólo es posible la duda cuando ya existe la certeza, podemos decir que
sólo es posible la mentira cuando ya existe la verdad. En lenguaje
psicoanalítico se diría que sólo hay denegación cuando ya ha habido afirmación.
Las palabras se conectan con la expresión primitiva de las sensaciones y
ocupan su lugar; la expresión verbal del dolor reemplaza al grito, sin ser
una descripción del dolor como sensación interna. Si los seres humanos no
manifestaran su dolor – algo factible si las sensaciones fueran objetos
internos - no se le podría enseñar a un niño la expresión 'dolor de
muelas', pero cuando damos un nombre al dolor presuponemos la gramática
completa de la palabra "dolor". Desde luego, los términos de un
juego de lenguaje no se aprenden aislados sino en el seno de una
gramática. Y una gramática se define por el seguimiento de ciertas reglas,
cuyo origen, según la teoría del lenguaje privado, debería ser privado,
interior antes que exterior, algo lógicamente imposible para
Wittgenstein. Vygotsky ha mostrado que sólo hay lenguaje interno cuando el
lenguaje externo, social, se interioriza, igual que ocurre con todas las
“funciones superiores”: son externas y sociales antes de ser internas e
individuales.
Para memorizar las supuestas sensaciones internas y sus definiciones
ostensivas privadas, el defensor del lenguaje privado podría plantear la
existencia de una tabla interior, imaginaria, donde yo consultaría, por
ejemplo, si la sensación que estoy experimentando ahora es la misma de
ayer, o si la hora de salida de un tren es exactamente la que yo recuerdo.
Pero esa tabla sólo sería de utilidad si existe un criterio externo de
corrección; si no, es como alguien que comprara varios ejemplares del
periódico de hoy para cerciorarse de que las noticias son verdaderas. Ni
el concepto de “sensación”, ni ningún otro, tiene su origen en nuestro
interior. De ser otro el caso ocurriría que, para asegurarnos de que lo
que una persona está experimentando ahora mismo es dolor, tuviéramos que
pincharnos con un alfiler para evocar el recuerdo correcto Para dudar de
si alguien tiene dolor lo que necesitamos no es dolor, sino el concepto
de "dolor". Para hacer un uso correcto de la citada tabla debemos
despertar el recuerdo que pertenece a "S" (la sensación concreta), pero
como la tabla es imaginaria no puede haber ninguna consulta real, lo más
que puede suceder es que recuerde
el ejemplar que acompaña a "S", es decir, lo que "S" significa: pero
esto es precisamente lo que se supone que confirma la tabla. Por lo demás,
afirmar que un lenguaje sobre las sensaciones es imposible a menos que sea
compartido por una comunidad no difiere de afirmar que un lenguaje sobre
los objetos físicos es imposible salvo que sea compartido por una
comunidad.
Yo no puedo denominar a este animal 'perro' si no recibo esa palabra
dentro del lenguaje de la comunidad, en contextos concretos. El problema
de la definición ostensiva interna sirve para desenmascarar el esquema
dualista, esquema que se halla igualmente en las definiciones ostensivas
externas.
Wittgenstein en ningún lugar afirma que exista el objeto 'dolor' separado
de sus manifestaciones y, desde luego, no sugiere que desconozcamos el
significado de la palabra "dolor". Hemos dicho que el niño sustituye, en
parte, la expresión natural del dolor por la expresión lingüística, pero
no hay ningún objeto interno
'dolor' que pueda expresarse de ambas maneras. No existen las sensaciones
como objetos internos, otra cosa es que yo aprenda a manifestar mis
impresiones subjetivas, pero no tenemos motivo para creer que esas
impresiones existían antes de aprender las palabras que supuestamente las
designan. La estructura gramatical objeto/designación es equívoca a la hora de conceptualizar las sensaciones. Pues la
expresión de las sensaciones no debe confundirse con la observación del
estado interior ni con la descripción
del mismo. Una imagen puede ser irreal, no tiene por qué
corresponderse con un estado de cosas. El error de la filosofía de las
sensaciones - de los sense-data
- radica en la creencia de que nuestras declaraciones sobre supuestos
estados internos son "descripciones". La palabra "describir" nos toma el
pelo. Es preciso que nos percatemos de que cuando decimos "describo mi
estado mental" y "describo mi habitación" estamos utilizando juegos de
lenguaje diferente. La confusión de ambos juegos es la que conduce a
numerosos errores filosóficos: toda una nube de filosofía se condensa en una gotita de gramática. Las descripciones son instrumentos para empleos especiales, no toda
imagen verbal es una descripción, como los cuadros que cuelgan de nuestras
paredes son pinturas en cierto modo ociosas. Ociosas porque las auténticas
descripciones son las que están dotadas de alguna operatividad, como los
croquis o las instrucciones verbales.
Desde el primer parágrafo de las Investigaciones Filosóficas, con el ejemplo de un tendero que consulta etiquetas y muestras para
cumplir el pedido "cinco manzanas rojas", Wittgenstein está cuestionando
la noción de "imagen interna". Según la concepción ordinaria, compartida
con ciertas modificaciones por la psicología cognitiva, la imagen se
lleva encima, igual que podemos utilizar un retal de tela para confrontar.
Si el proceso fuera así de simple sería, en realidad, algo muy complicado.
Para comprobar que la imagen que nuestra memoria nos proporciona de
'rojo' es la correcta deberíamos disponer de un tercer término de
comparación, y así indefinidamente. Antes o después llegamos al momento
en que hacemos las cosas y las hacemos bien. Bien entendido, este debate
entronca en la discusión medieval sobre los universales y más atrás, con
la doctrina platónica de las ideas.
Recordemos el argumento clásico del tercer hombre
contra la doctrina de las ideas, o de las “formas”, de Platón, que aparece
en el famoso diálogo – o más bien monólogo” – que lleva por título Parménides. La cuestión tiene que ver con la manera en que una idea se relaciona con
los particulares que participan de ella. El hombre particular es, en
consecuencia, humano, porque participa de la forma “hombre”, pero esta
comparación requeriría del recurso a un “tercer hombre” que asegurara lo que
los dos primeros poseen en común, y así en una regresión al infinito.
(Resulta sorprendente que el propio Platón recogiera este argumento
supuestamente demoledor de su doctrina más destacada sin, al parecer,
refutarla. Luego será retomado por Aristóteles en la Metafísica
(libro I, cap. 9), en un contexto menos sorprendente). Esto nos descubre la
filiación idealista de las concepciones corrientes sobre la memoria y la
imagen interna. En una publicación de Eric Dietrich, se menciona el problema fundamental de representación
que afecta a la psicología cognitiva: por muchas investigaciones que se
están realizando, ningún científico sabe cómo representa la representación. A pesar de ello se sigue identificando el concepto de “mente” con la
mente individual, que es la que se estudia normalmente desde el aislamiento
como aparato representacional, seguramente, añade el texto, el hecho
científico más importante.
No es que se niegue la existencia de representaciones internas, ni que las
investigaciones de la ciencia cognitiva carezcan de interés. De hecho,
considero relevantes los trabajos de Pylyshyn, conocido psicólogo cognitivo,
cuando descubre que una imagen se mantiene en la memoria merced a su
estructura significativa y no tanto como representación pictórica. Pero la
representación interna es algo tan evidente que, a menudo, nos lleva a
confusión, pues la tomamos como algo originario. Esas imágenes son
dependientes de lo que ocurre en el exterior. Dice Wittgenstein: Lo que
ocurre en el interior sólo tiene sentido en el flujo de la vida Los errores se originan en nuestra tendencia a darles un valor per se
a estas imágenes internas, cuando en realidad la imagen interna sólo posee
estabilidad si se la contrasta con el uso. Para Wittgenstein el
postulado esencial no son los sistemas representacionales, sino la
comunicación interpersonal en la práctica. La imagen interna es
subsidiaria de la imagen externa, la auténtica, y, en último extremo, del
lenguaje Deberíamos sustituir el concepto de representación interna
por un concepto pragmático que describiera cómo se utilizan las
representaciones en las situaciones concretas.
Terminaré recogiendo una buena síntesis del proceso seguido por
Wittgenstein en su argumento del lenguaje privado tomada de Pablo
Quintanilla:
1.
Sólo tiene sentido llamar intencional, dotado de mente o pasible de
estados mentales, a aquel tipo de comportamiento que involucra
conceptos.
2.
Tener un concepto es conocer una regla de uso, es decir, saber en qué
circunstancias es apropiado aplicarlo y en qué circunstancias no, qué
objetos caen bajo la extensión del concepto y cuáles no. Esto equivale a
saber distinguir entre un uso correcto y uno incorrecto del
concepto.
3.
No es posible usar una regla de manera privada. Toda regla es pública y
aprendida socialmente.
4.
Conclusión: Sólo es posible tener estados mentales si se es miembro de
una comunidad social, una forma de vida, donde tales estados mentales
pueden ser constituidos.
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