lunes, 25 de mayo de 2015

PRESENTACIÓN DE "PSICOPATOLOGÍA PSICOANALÍTICA RELACIONAL"



A continuación se presenta el texto de la conferencia que impartí en la Asociación Psicoanalítica de Madrid (IPA), el pasado 22 de mayo.
 
Quiero dar las gracias a mis dos buenos amigos Alejandro Ávila y Ariel Liberman por su apoyo y compañía en este momento, así como al público asistente. Pero en especial deseo expresar mi gratitud a la Asociación Psicoanalítica de Madrid por brindarme la oportunidad de presentar en esta sede mi libro, Psicopatología Psicoanalítica Relacional. Esta acogida considero que es una muestra del interés que tiene la APM, la Asociación del Psicoanálisis por antonomasia, por acoger en su seno toda producción clínica o no clínica que se haga en nombre del psicoanálisis, siempre que, con seguridad, se realice con la seriedad y el respeto convenientes. Decía Freud en su Historia del Movimiento Psicoanalítico (1914 d), y así lo cito por mi parte:
Puede, por tanto, decirse que la teoría psicoanalítica es una tentativa de hacer comprensibles dos hechos – la transferencia y la resistencia -, que surgen de un modo singular e inesperado al intentar referir los síntomas patológicos de un neurótico a sus fuentes en la vida del mismo. Toda investigación que reconozca estos dos hechos y los tome como punto de partida de su labor podrá ser denominada psicoanálisis, aun cuando llegue a resultados distintos a los míos (1914 d, p. 1900).
Demos por supuesto que transferencia y resistencia implican en sí el concurso de otros dos términos teóricos: inconsciente y sexualidad. Con ciertos cambios o aggiornamento, estos cuatro principios siguen siendo válidos para toda práctica clínica contemporánea que se inspire en el psicoanálisis de Freud y de sus seguidores. En la labor docente que realizamos en nuestro grupo, no dejamos de citar con admiración los trabajos de los pioneros y de recomendar su lectura a los profesionales jóvenes y no tan jóvenes que acuden a nosotros. A diferencia de algunos colegas, pienso que la obra de Freud es inevitable para una práctica clínica bien dirigida, en especial si se pretende llamar “psicoanalítica”. Ya sea a favor de Freud o, a menudo, con todo cariño, en contra de Freud. Y algo que nunca debemos olvidar es que él fue el primero, en una época adversa, en abandonar el pesimismo terapéutico y que decidió con valentía sentarse a escuchar lo que la histérica tenía que decir, sin desestimarlo de manera dogmática.
En libro se compone de tres partes: 1) Replanteamiento de la Metapsicología; 2) Elementos de Psicopatología Psicoanalítica Relacional; y 3) Teoría de la Personalidad. No voy a repasar el índice en detalle pues llevaría demasiado tiempo y haría la exposición un tanto pesada. El secreto del aburrimiento está en querer decirlo todo. De las tres partes, no obstante, la más extensa y relevante para asomarse al paradigma relacional que se propone es la primera, así como para entender con profundidad las otras dos. En ella he pretendido delimitar las influencias culturales y científicas que subyacen en el pensamiento de Freud, así como si su obra es compatible y en qué medida no con el enfoque relacional. Quizá haya que empezar aclarando el motivo de portada, y así se me ha hecho saber en más de una ocasión. ¿Oye, Carlos, por qué las Meninas de Velázquez? Como podrán sospechar, la razón no es simplemente que sea uno de mis cuadros favoritos en la historia del arte, que también, sino que desempeña un papel esencial en un capítulo de la primera parte, que titulo Psicoanálisis y Hermenéutica, dentro del apartado El Sujeto de la Pintura. He seleccionado algunas obras pictóricas destacadas para ilustrar la evolución del pensamiento occidental hacia el modelo metafísico de la mente aislada cartesiana – deudora las leyes de la perspectiva y los sistemas de coordenadas - y mostrar que se trata de un modo de pensamiento – un sistema de pensamiento que diría Foucault – inserto en un modo de vida particular y frente al que se pueden esgrimir otros modos de representar la realidad, más adecuados en muchos aspectos y que reportan importantes beneficios. Me refiero al modelo relacional, que abandona la concepción de la mente como una realidad aislada o cosificada, y se ocupa de la persona, más bien de las personas, en su constelación de relaciones. En este camino que llevo recorriendo ya varias décadas me han acompañado – además de los amigos que se sientan a mi lado y muchos otros citados o no en el apartado de agradecimientos -  numerosas lecturas y pensadores, de los que me gustaría destacar sobre todo a Wittgenstein y a Heidegger.
La costumbre de representar a la persona –no solo a reyes y grandes personajes sino también al hombre y la mujer de la calle - como entidad que merece la atención del pintor y de los contempladores de la obra de arte, surge en la pintura flamenca de finales del siglo XIV y comienzos del XV, coincidiendo con la introducción de la técnica del óleo, avances que rápidamente se extendieron por Italia. Vemos dos ejemplos de Robert Campin (1374-1444) pintor afincado en Tournai, en lo que ahora es Bélgica. Pero este interés por retratar personas perfectamente individualizadas se hace igualmente patente en el arte sacro de la época, como vemos en las magníficas pinturas de Rogier van der Weyden, y del cual les recomiendo la gran exposición que acoge en estos momentos el museo del Prado. Hasta ese momento, las pinturas medievales habían representado figuras genéricas, repetitivas, casi podríamos decir “arquetipos”, sin atender a las leyes de la perspectiva. La evolución desde estos modos iniciales de representar al individuo y el entronamiento del sujeto moderno, todavía dominante en grandes áreas del teorizar contemporáneo de las ciencias sociales, e incluso de la neurociencia, es explicada en ese capítulo a partir del famoso cuadro de Velázquez, pintado en 1656, y el Matrimonio Arnolfini, realizado por Jan van Eyck exactamente 222 años antes. Entre ambos se produce una modificación trascendental en el uso de la perspectiva – que puede sintetizarse en el lugar que ocupa el espejo - y en el “juego” de individualizar  al observador e introducirlo en la escena contemplada. Para no repetir punto por punto el argumento del capítulo, a veces un tanto complejo, me limitaré a reseñar un detalle, el perro de van Eyck frente al perro que es molestado por el enano en el cuadro de Velázquez. El artista en el primer caso se centra en el objeto intentando reproducirlo pelo a pelo. Recordemos también el famoso dibujo de la liebre de ALberto Durero, realizado en 1502, también con afán de representación fidelísima de la realidad. Frente a eso, el perro de Velázquez no busca tanto al objeto sino el efecto en la retina del observador. Son cuadros a “medio hacer”, como señaló Ortega, que mirados de cerca solo nos permiten ver el pigmento amontonado. El observador entra en escena y participa. En Adán y Eva, también de Durero, los padres míticos de la Humanidad aparecen aislados en su mundo, en tanto que la Eva moderna nos lleva a su terreno y nos tienta con los frutos prohibidos. El sujeto posmoderno, finalmente, se fragmenta trescientos años después en la recreación de Picasso, donde las tres dimensiones de la perspectiva son multiplicadas por un número indefinido de dimensiones y donde el yo se disuelve.
Este yo creado por la imaginería moderna, parece una pequeña figura, reproducción de la persona total, que vemos como caricatura en la cabeza del rabino en el Día de Fiesta, de Marc Chagall, o una reproducción completa de la persona, algo desvaída, como el espíritu que parece abandonar el cuerpo del durmiente. Este sujeto todavía no disuelto en la posmodernidad, se representa en el interior de nuestras cabezas observando y procesando los estímulos del mundo circundante. Pero, debemos cuestionarnos, ese pequeño yo interno ¿qué tiene a su vez en la cabeza? A la inversa, ese guía interior ha hecho fortuna en las fantasías de ficción, como una persona total que dirige una gran máquina. Como Wittgenstein (1945-49/1988) (1945, p. 417) proponía: El cuerpo humano es la mejor figura del alma humana. El yo puro de la identidad occidental es en realidad un shifter un mero índice formal, vacío de sustancia.
 Pretendo elaborar una psicopatología psicoanalítica que aspire al mismo tiempo a ser relacional, pero lo que presento no es un producto acabado sino algo a medio camino entre lo psicoanalítico freudiano (y kleiniano) y lo relacional. Por una parte porque el esquema clásico nunca dejará de hacerse acreedor a un nivel explicativo destacado de algunos aspectos importantes del proceso de enfermar, sobre todo en las neurosis, y, por otra, a pesar de sus muy destacadas aportaciones, porque el enfoque relacional sin duda todavía no ha completado su ciclo constructivo. Después de Freud, el punto histórico de referencia hay que situarlo en los años cuarenta, con la teoría de las relaciones objetales como primer paso hacia una epistemología intersubjetiva y externalista; de una concepción de la mente constituida por impulsos y defensas a una mente de configuraciones relacionales, que perfilaron autores como Sullivan, Fairbairn y Winnicott, entre otros. En los años 70 y 80 surge el enfoque relacional o intersubjetivo en Estados Unidos, tal como ahora lo conocemos, con las aportaciones de Robert Stolorow y su grupo, de Stephen Mitchell y de los investigadores del Grupo de Boston, con la figura destacada de Daniel Stern, interesados en la observación directa del desarrollo infantil temprano.  La mayoría de las escuelas del psicoanálisis relacional, no obstante, se muestran alejadas o críticas ante todo intento de clasificación, así como de recomendaciones técnicas, por lo que una psicopatología psicoanalítica relacional puede parecer una contradicción en término. La paradoja se resuelve si partimos del supuesto de que el sufrimiento no se expresa al modo de cuadros fijos, sino a través de los estilos relacionales que constituyen la personalidad, en conexión dialéctica con los otros miembros de la constelación relacional, cada uno con sus estilos propios, y también en la relación con el terapeuta.
La postura ontológica más coherente con el psicoanálisis relacional supone postular que no existe una esencia previa a la existencia, ni un yo aislado de los otros, un sujeto sin mundo. El individualismo metafísico, la mente aislada, impuesta en el pensamiento de Occidente desde la obra de Descartes, lleva al surgimiento de problemas en principio sin respuesta, como es la demostración de la realidad externa o de la existencia de otras mentes.  Véase, por ejemplo, el recurso de Freud al argumento por analogía, de Stuart Mill, para demostrar la existencia de otras conciencias (Lo Inconsciente, 1915).  Problemas que no encuentran solución sino que, siguiendo a Wittgenstein, en el mejor de los casos “se disuelven”. Esta mente aislada de alguna forma pervive en la doctrina del psicoanálisis clásico, al plantear de origen la existencia de un narcisismo primario, a modo de un yo solipsista que adviene al mundo ya formado, aun de manera rudimentaria, para luego entrar en relación con el objeto, y que cuando enferma es básicamente por una dinámica interna de deseos inaceptables. El psicoanálisis relacional favorece la recuperación de la teoría traumática, motivo de discusiones tardías entre Freud y Ferenczi, poco antes de que éste presentara su artículo “Confusión de lenguas” en el XII Congreso Internacional Psicoanalítico en Wiesbaden, Alemania, el 4 de septiembre de 1932.
Para Freud las pulsiones no tienen noticia de los objetos externos hasta que, al ser gratificadas, se produce la asociación entre unos y otros. Esta idea presupone la génesis de un bebé aislado, como en un huevo autárquico que no dejará pasar ningún estímulo a través de su fina cáscara hasta que, rota la envoltura se produjera el troquelado. Nosotros entendemos, en cambio. que desde el inicio el bebé está en contacto con su medio sociobiológico y sentimos gran afinidad con la teoría del apego, si bien en mi caso, contemplada desde la innovación de Fairbairn: la libido no busca la descarga sino al objeto. Las emociones han pasado a ocupar un lugar privilegiado, en el análisis de la situación interpersonal, no como fenómenos de la mente aislada sino como estados emocionales y modos de actuación compartidos por el bebé y su cuidador. En esa parte del libro me permito aportar un esquema clasificatorio de lo que serían las emociones básicas. Se observará que comprensión del funcionamiento afectivo sigue manteniendo la dualidad motivacional (amor-odio) heredera de la teoría pulsional clásica, algo que también hacía Fairbairn, aunque ya no aceptemos compromiso con los fundamentos biologicistas de dicha teoría.
Para aproximarme a la comprensión del funcionamiento psicótico he recurrido a las contribuciones de autores post-kleinianos, como es la doctrina de la ecuación simbólica, como aportación sobresaliente de Hanna Segal, y los objetos extraños, según Wilfred Bion, recuperando también la idea de la “máquina de influencia” que elaboró Victor Tausk, discípulo poco querido por el fundador del psicoanálisis. El mismo Freud, no obstante, también aportó a lo largo de su carrera una serie de observaciones sobre los mecanismos de defensa que hace años resumí en el esquema que pueden contemplar, en el que están presentes algunas influencias lacanianas, y que me ha sido de gran utilidad para introducir a varias generaciones de estudiantes en los fundamentos de la psicopatología psicoanalítica. Este cuadro recorre la obra de Freud desde Las Neuropsicosis de Defensa, de 1894, hasta Escisión del “yo” en el Proceso de Defensa, una de sus últimas obras, pero pasando por numerosos textos, como los Tres Ensayos para una Teoría Sexual, de 1905 pero, como se sabe, con abundantísimas adiciones, sin olvidar sus maravillosos artículos sobre La Negación, de 1925, y sobre El Fetichismo, de 1927. Siempre pido disculpas a mis alumnos por utilizar los términos en alemán pero ocurre que las traducciones de los mismos han sido tan numerosas y a veces peculiares que constituyen un buen ejemplo de la “Babel Psicoanalítica”. Dicho brevemente, la negación supone el levantamiento provisional de la represión, bajo la capa de lo negado, de lo que no es, mecanismo típico del funcionamiento neurótico. La negación presupone la existencia de una afirmación previa, y esa afirmación convive en rápida sucesión con la re-negación de la escisión horizontal, mecanismo propio de las organizaciones límite. La renegación solo es posible si previamente se han escindido o disociado dos realidades contrapuestas, y la operación de la escisión, junto con el repudio que consiste en poner fuera representación y afecto, procede del funcionamiento psicótico.  Este esquema, sin embargo, me produce cierta incomodidad pues parece narrar una evolución de los mecanismos excesivamente internalista, aislada del medio entorno, por lo que parte de mis esfuerzos, pasados y futuros, se centran en conservarlo completándolo con la parte relacional que subyace al mismo. Cada uno de los mecanismos posee una versión familiar y otra social. Me encanta aquella frase, denuncia de la renegación política, cuya procedencia desconozco, de que “Cuando una guerra comienza, la primera víctima es la verdad”.
Una vez escuché a Ariel que las escuelas psicoanalíticas se pueden dividir de acuerdo con la manera en que describen el origen del psiquismo, ya sea con una proyección o con una introyección. Yo soy partidario de que no hay nada dentro que primero no estuviera fuera, por lo que me adhiero a la idea general del gran psicólogo evolutivo ruso, Lev Vygostky, cuando afirmaba que más que un proceso de socialización, lo que el niño pequeño experimenta es un proceso de individuación. Antes de proyectar (o rechazar) hay que haber introyectado algo, siendo el Edipo un conflicto externo, familiar, antes de convertirse en individual, bien que siempre inconsciente. El sujeto que decía a su madre – paciente mía – aquello de “el incesto es un delito y yo jamás cometeré ese delito contigo” no sólo estaba proyectando al exterior su supuesto deseo edípico sino que también estaba rechazando una representación, un complejo familiar, típico de nuestra cultura. Una precisión, en el futuro acaso dejaremos de utilizar el término “introyección” en favor de “esquema de acción aprendido o adquirido”.
El libro también contiene una clasificación de los prototipos de la personalidad en la que vengo trabajando también desde hace un par de décadas. Desde muy pronto estructuré las aportaciones de la psicopatología vincular en este cuadro de tres por tres, a partir de la fuerte motivacional, por un lado, y de las tres posiciones: las dos kleinianas conocidas más una intermedia, confusional, que se caracteriza por la oscilación entre la grandiosidad y el hundimiento, con la presencia evidente de mecanismos de fobia-contrafobia. Como toda tipología, parte de sus fundamentos se remontan a la teoría de los humores hipocrático-galénica. En este terreno, nuevamente, una tarea por hacer es vislumbrar cómo se desarrollan y engranan estas personalidades dentro de constelaciones relacionales particulares. Señalaré como ejemplo las investigaciones sobre la relación entre los trastornos ocurridos en la fase de separación-individuación (en especial en la subfase de reaproximación, entre los 15 meses y los dos años), en el sistema de Margaret Mahler, y la génesis de trastornos de tipo límite, relación a la que aluden Kernberg, Fonagy, y muchos otros autores.
El psicoanálisis relacional, bien mirado, también propone algunos consejos para el terapeuta, siempre que evitemos el riego de rigidez de las reglas establecidas de forma inamovible y el riesgo de cosificar al paciente en un rol de obediencia y sumisión. Desde el paradigma relacional se ha criticado la concepción simplista de la neutralidad del analista. La anécdota de Ralph Greenson – analista de la psicología del yo que escribió textos sobre técnica, de gran poder ejemplificador. Nos cuenta el caso de un paciente que entró en lo que denominaríamos una fase de impasse, se volvió más callado y huraño y sólo colaboraba de modo formal con la labor analítica. Finalmente un día confesó su frustración por haber querido adoptar posturas políticas liberales, más cercanas a las preferencias demócratas de Greenson, porque él era un republicano convencido. Sorprendido por esta observación, Greenson le preguntó cómo es que había llegado a la conclusión de que él era de preferencias demócratas, a lo que el paciente respondió, más o menos, que cuando decía algo positivo de un político republicano, él siempre le pedía asociaciones, y que cuando decía algo negativo, callaba como asintiendo. Igualmente, cuando atacaba a Roosvelt le pedía asociaciones, para ver a quién le recordaba, mientras que los comentarios positivos eran aceptados sin réplica. Sostengo, no obstante, que conceptos como “enactment”, “autodesvelamiento” o “mutualidad”, por poner unos pocos ejemplos, introducidos por el psicoanálisis relacional contemporáneo, sugieren ciertas actitudes por parte del terapeuta que se sitúan en el ámbito de la técnica. Muchas gracias por su atención.