viernes, 19 de diciembre de 2014

¿ES EL PSICOANÁLISIS RELACIONAL UN NUEVO PARADIGMA?

Presento a continuación unas reflexiones que me han surgido a raíz del reciente seminario IARPP en español, Psicoterapia, Psicoanálisis y Psicoanálisis Relacional, que he tenido el honor de coordinar con el colega chileno, André Sassenfeld. En el se comentó en extenso el artículo de Joan Coderch (2012). Psicoanálisis Relacional de Frecuencia Semanal y Larga Duración (PRSLD). Bases teóricas y clínicas. Clínica e Investigación Relacional, 6 (3), 468-514. Como ocurre casi siempre en este tipo de debates, no se puede decir que hayamos alcanzado conclusiones definitivas, pero sí quizá nos ha permitido ver con mayor claridad algunos aspectos. Muchas veces una pregunta no es fecunda porque se responda sino porque permite ver otras preguntas, otras cuestiones que antes se nos escapaban. Otras veces, en cambio, descubrimos que la pregunta estaba más planteada y se “disuelve”. Creo que la pregunta por la diferencia entre enfoque relacional y enfoque clásico está bien planteada aunque no se haya resuelto de forma plena. No obstante, se comprende perfectamente el malestar que provoca el debate sobre si el psicoanálisis relacional es psicoanálisis o no, porque dicho argumento ha sido esgrimido a lo largo de la historia con la actitud de discriminación y desprecio hacia muchos colegas, frecuentemente, los más innovadores o clarividentes. No obstante, es un debate inevitable y que puede ser fructífero si se plantea sin acidez y sin intentar descalificar a nadie. Parece conveniente dejar de tener a Freud como centro ineludible de toda exposición teórica pero todavía es pronto para desatender sus enseñanzas, sobre todo desde la clínica. Con todas las críticas que queramos añadir, él fue el primero en decidir que era necesario escuchar lo que el paciente tenía que decir, en una época en la que el recurso de la medicina a las explicaciones puramente biológicas era incuestionable. Por lo demás: lo que no es tradición es plagio, que decía Eugenio D’Ors. Las diferencias entre relacionales y clásicos no sean irreconciliables, ni la comunicación entre ambos “grupos” se ha vuelto imposible porque hablen lenguajes diferentes. El debate sobre la comunicación entre paradigmas y, en el fondo, sobre la traducción de un idioma a otro, se ha repetido en la filosofía de la ciencia (Kuhn, Lakatos, Feyerabend) y en la lingüística desde los años sesenta del pasado siglo hasta ahora. Pero la traducción siempre es posible y a ella debemos dedicar nuestros esfuerzos. En definitiva, cuando la gente se quiere entender se entiende, salvo que se entrometan en el diálogo intereses bastardos y rencillas, que a veces los hay, reforzadores del “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Freud, defensor del psicoanálisis como investigación científica, y Ferenczi, que consideraba el análisis como una terapia esencialmente buscadora de la sanación, se entendieron durante muchos años. Y fue solo al final, al inicio de los años treinta, cuando las diferencias personales se entrometieron en esa amistad y prácticamente la rompieron. Se puede alcanzar un diálogo interdisciplinario entre dos maneras de abordar la comprensión del sujeto, creando una nueva conexión, gracias a la conversación entre teorías que históricamente eran antagónicas. Decir "paradigma relacional” puede sonar diferente de decir “giro relacional”, ya que el uso de las palabras implica posiciones subjetivas. Pero tampoco están tan separadas: no hay paradigma si primero no hay giro. Yo prefiero hablar de “paradigma”, pero ese paradigma debe ser pragmático y flexible, no dogmático. La revolución permanente, el giro permanente, también cansa y los que ya no vamos para jóvenes preferimos los cambios que se producen despacito. El riesgo de caer en una construcción cartesiana de mente aislada se supera siempre que nos aproximemos al proceso de mentalización como un fenómeno en el que están implicadas dos o más personas. Por ejemplo, en el terrible film, por su capacidad de cercanía, American History X, el protagonista – un inspiradísimo Edward Norton - no abandona su extremo racismo por argumentos o razonamientos. Cuando se produce la “mentalización” es debido a la convivencia. Las viñetas clínicas que incluye el artículo de Coderch deben entenderse como buen ejemplo de esto. La muchacha que oía a veces al demonio evoluciona de manera muy positiva porque aumenta su capacidad de mentalización, pero también podríamos afirmar que esa capacidad es resultado de la formación de una intersubjetividad: Con frecuencia, me preguntaba, si sólo era ella la que deseaba saber de mí, o si yo también deseaba saber de ella. Ahora puedo dar un nombre a esta situación diciendo que los dos estábamos intentando crear una intersubjetividad en la que cada uno de nosotros trataba de reconocer al otro como sujeto y, a la vez, obtener el propio reconocimiento a través del otro.(p. 503) En definitiva, toda descripción e intento de comprensión en psicoanálisis relacional sólo podrá ser válido si cumple la función de ser dialéctico, en el profundo sentido de “dialógico”, incluso concibiendo la posibilidad de un diálogo sin palabras. Me gusta también mucho la anécdota de Bion que leí recientemente en el libro de Michael Eigen (2014), “Locura, Fe y Transformación”. Bion, dice Eigen, no era un conferenciante habitual. No usaba notas, no leía los artículos. Sólo se sentaba y hablaba unos veinte o treinta minutos y luego respondía a las preguntas. Una noche alguien le preguntó ¿Nunca usa la teoría psicoanalítica?¿Nunca usa la teoría freudiana?¿Nunca usa la interpretación psicoanalítica? Y él dijo, “Gracias a Dios por Freud, él es genial cuando usted está cansado”. Y ya para terminar, quiero decir que mi experiencia personal de muchos años me muestra que me he podido entender y trabajar en equipo con muchos colegas psicoanalíticos así como de otras orientaciones totalmente divergentes del psicoanálisis, así como con psiquiatras que se ocupaban de los aspectos más biológicos del tratamiento. Con otros, en cambio, me he entendido solo con grandes dificultades. Mi conclusión es que la persona está por encima del paradigma, y que quien deja de sentir así se convierte en alguien dogmático y con frecuencia dañino. En nuestro mundo confuso, no obstante, los dogmas dan fuerza.