martes, 22 de enero de 2013

LA SONRISA FORZADA



Después del parón navideño me visita la paciente imaginaria, esa con la que tengo los roles un tanto cambiados y es ella la que pregunta mientras que yo intento responder los mejor posible.



P- ¿Cómo se presenta el año?

T- Lo importante sería que me dijeras cómo se te presenta a ti. Sobre cómo estamos nosotros no me voy a extender y del país mejor no hablemos. Yo estoy bien y si estuviera muy mal se me notaría y no me sentiría con fuerzas para llevar adelante una terapia.

P- ¿Crees que hay que ser optimista?

T- Pues no lo tengo claro… desde luego es bueno tener ánimos, y sobre todo sentido del humor. Pero la idea reciente de que hay que ser optimista, por obligación, me parece especialmente dañina porque nos puede llevar a la disociación y a negar la realidad, a veces con fatales consecuencias. De entrada la consecuencia negativa de negar el propio malestar de manera forzada, lo que aumenta de hecho el malestar y fomenta la hipocresía.

P- Es posible que cuando uno esté mal no lo pueda disimular.

T- Es un fenómeno muy conocido el de la “sonrisa Duchènne”: se puede simular la sonrisa con la zona de la boca y la mandíbula, pero no con los ojos. Podemos disimular nuestro estado de ánimo o nuestras emociones durante un tiempo, pero a la larga eso no es posible o crea una impresión de falsedad.

P- Y qué me dices de los estudios sobre la mayor esperanza de vida en aquellos enfermos que enfrentan el futuro con optimismo.

T- No me cabe la menor duda de que son correctos. Pero también estoy seguro de que ser feliz por obligación es más destructivo que el pesimismo, sobre todo si es un pesimismo cimentado en las evidencias. Yo estoy convencido de que la humanidad camina hacia su autodestrucción, sin embargo creo que debemos intentar vivir lo mejor posible el día a día y aportar nuestro granito de arena para evitar ese posible final fatal. Esta actitud seguramente está reñida con la felicidad, pero eso no me importa. He leído recientemente que a Einstein le preguntaron si era feliz y el respondió: ¡No, ni falta que me hace!. No hay nada más patético que mirar las revistas corporativas y observar las sonrisas forzadas de todos los fotografiados. Y, citando a otro judío ilustre, Freud decía que el psicoanálisis no pretendía proporcionar la felicidad de sus pacientes, sino cambiar las miserias neuróticas por miserias normales.

P- ¿Entonces todo aquel que se te presenta como una persona feliz te parece sospechoso?

T- Como en todo hay grados. La felicidad – o el estado de ánimo alegre - me parece saludable en pequeñas dosis, si no es impostada y se modifica o incluso abandona en los momentos precisos. Los colegas que trabajan en situaciones catastróficas sabrán más de esto que yo. Quiero decir que a veces se recurre a nosotros, psicólogos y psicoterapeutas, como si tuviéramos una capacidad mágica para eliminar todo malestar psicológico de inmediato. Estamos en una sociedad y en un momento histórico muy negadores del dolor, de la vejez y de la muerte. La reacción más justa cuando alguien pierde, por ejemplo, a un familiar o persona querida es el duelo, el dolor, la tristeza, y no es bueno evitar eso.

P- ¿Y dónde está entonces la solución a nuestros problemas?

T- Pues yo creo que nuestro principal problemas es la soledad, por eso me llamos relacional, y que toda solución, aunque no sea definitiva, pasa por la compañía, aunque esa compañía haya que cambiarla, profundizarla o cambiarla.

P- ¿La psicoterapia ofrece compañía?

T- Sí, aunque no sólo y no de manera indefinida.