viernes, 30 de noviembre de 2012

LA DEPRESIÓN DEL TERAPEUTA

P- ¡Hola! Buenas tardes.

T- ¡Ah! Hola, perdona, estaba distraído.

P- ¿Con tus problemas?

T- Pues sí, los terapeutas también tenemos problemas – y los médicos a veces enferman - lo que pasa, como me gusta decir, es que de esos problemas no se trata en la psicoterapia con el paciente, el juego no va así, salvo cuando de alguna forma puedan influir en la marcha del tratamiento, entonces deben ser expresados y aclarados. Quiero decir, utilizando una frase hecha del psicoanálisis relacional, la psicoterapia es un trabajo común, es una realidad co-creada por paciente y terapeuta, y toda circunstancia o conflicto que se produzca depende de los dos, aunque a lo mejor no siempre en la misma medida.

P- Pero yo tengo entendido que los psicoanalistas hacéis vuestro propio análisis personal. ¿Eso no supondría que debéis tener vuestros problemas resueltos antes de dedicaros a esto?

T- Como esperes a resolver todos tus problemas nunca moverás un dedo. La psicoterapia sirve para resolver algunos problemas y para identificar otros pero, sobre todo, debe ayudar a vivir mejor. Freud decía que el psicoanálisis no daba la felicidad sino que servía para cambiar las miserias neuróticas por miserias corrientes. Creo haber dicho ya que nadie sale de aquí como superman o superwoman sino que – cuando la terapia tiene éxito – consigue moderar sus dificultades y ser capaz de tener una vida más creativa y disfrutar de ella. Me gusta insistir en esa idea de “cuando la terapia tiene éxito” porque expresarme así me parece una obligación moral, en estos tiempos de fast food y éxito asegurado que invade también, como no podía ser menos, el ámbito de la salud mental con medicamentos milagrosos y terapias fulminantes. Dicho con todo el respeto a los colegas, me decanto por el slow food y la terapia de resultado limitado. Puede parecer más caro, pero la alimentación deficiente a la larga también es cara. Esto me recuerda lo que decía un insigne periodista: “la cultura es cara, pero es más cara la ignorancia”. Volviendo al tema que nos ocupa, dentro de unos límites como siempre difíciles de marcar, el terapeuta deberá ser alguien con una patología moderada y con un aceptable conocimiento de la misma.

P- ¿Y esa patología no se llegaría a eliminar prolongando la terapia?

T- Intentaré no ofender a nadie, pero no puedo dejar de testimoniar mi visión sobre el asunto. Que cada uno decida hasta dónde debe prolongar su terapia o, también, cuando reanudarla, pero creo que no hay una relación directa entre el tiempo cronológico empleado y los resultados obtenidos, es decir, y perdón por otra obviedad, lo importante no es el tiempo sino cómo se emplee. Por otra parte, por mucho que analices siempre quedará “un resto”, lo mejor es ese resto de humanidad que necesitamos conservar para no convertirnos en autómatas bien engrasados. Pero la psicoterapia no es una mera cuestión de conocimiento, más bien sería una experiencia emocional, que se alcanza o no se alcanza, algo superior o más amplio que el conocimiento pero que también influye en él. Esto se puede explicar desde diferentes lugares. Se ha hablado de la terapia como una experiencia emocional correctora, de la importancia de que el paciente sea reconocido o aceptado, de la acogida empática, etc. Todo esto me parece importante, pero para que se alcance debe ir acompañado por una actitud genuina por parte del o la terapeuta, y en ese sentido está el reconocimiento de su propia fragilidad, de asumir su depresión y no de negarla.

P- ¿El terapeuta deprimido?

T- Hombre, si estás muy deprimido tendrás que tomar la baja como cualquier trabajador, pero si no tendrás que seguir adelante sin negarla en el caso, no tan infrecuente, de que el paciente te pregunte si te pasa algo, aunque le respondas después que tu malestar no está provocado por él y que no te parece oportuno entrar en más detalles. Esto me recuerda una situación paralela. Aquellos padres o madres que aseguran que por muy deprimidos que estén van a poner la mejor cara para que sus hijos no se den cuenta, porque no quieren que sufran, con esa idea tan moderna de que los niños no son capaces de soportar ninguna tensión. Esa pretensión es ilusoria, pues si podemos disimular totalmente nuestra depresión será porque no la tenemos, y también tremendamente negativa, pues ese hijo (paciente) percibirá que se le escamotea información y puede interpretar esa circunstancia de manera autorreferencial: mi padre no tiene confianza en mí, mi madre está enfadada conmigo, algo muy grave va a pasar. Es una falsa protección de la infancia que provoca más daño que otra cosa.

P- Bueno, pues me voy con la sensación de que has roto una imagen idealizada que yo tenía, pero quizá sea mejor así.

T- Estoy de acuerdo, las idealizaciones excesivas son peligrosas.