miércoles, 4 de mayo de 2011

SOBRE LA FALACIA DEL HOMÚNCULO




Existen dos tipos de reduccionismo en psicología. El primero es el conductismo, que consiste en reducir lo psicológico a la conducta observable y describible a partir de unidades físicas: movimientos. El segundo es el reduccionismo biológico: los fenómenos psicológicos proceden del cuerpo y, en especial, el cerebro. Sin embargo, como argumentaré, la identificación entre cerebro y mente es un error de categorías, ya que el cerebro es un objeto en el interior del cuerpo y la mente es una capacidad, la capacidad de adquirir habilidades intelectuales. Por lo demás, el propietario de las capacidades mentales no es la mente ni el cerebro sino el ser humano.
La explicación biológica posee el indudable atractivo de remi­tirnos a un campo científico de mayor solidez que el psicológico. La biología se ajusta mejor al modelo del monismo materialista querido por la ciencia occidental. El reduccionismo neurofisiológico afirma que la "mente" sólo puede ser considerada con propósitos científicos como la actividad del cerebro, y que el cerebro es un sistema con propiedades emergentes (no explicables por la física) como son las capacidades de: percibir, sentir, recordar, imaginar, desear, pensar, etc. Skinner con toda probabilidad estaba en lo cierto cuando afirmaba que el fisiologismo no nos ayuda mucho cuando intenta explicar la conducta recurriendo a fenómenos de otro nivel, por lo menos igual de complicados, descritos en términos diferentes. Para Wittgenstein, los procesos mentales y los procesos cerebra­les pertenecen a juegos de lenguaje dife­rentes. Quizá en otro momento explique con extensión en qué consiste el “conductismo” del filósofo vienés, al que yo me adhiero, del conductismo reinante en las aulas de nuestra juventud, luego desbancado por el cognitivismo. El conductismo al que yo me adhiero atiende a la conducta en la medida en que dicha conducta posee un significado relacional, comunicacional, y se define desde ese ámbito. Mi interés, no obstante no es desechar la base fisiológica del comportamien­to, lo que sería absurdo, sino situarla en su justa dimensión.
Identificar la mente con la conducta, sin más, puede ser un error, pero identificarla con el cerebro es un error mayor, porque todavía con la conducta mantiene una relación íntima. Si el día de mi muerte se me abriera la cabeza y se descubriera que está llena solo de aserrín, esto sería sorprendente, maravilloso o, incluso, milagroso. Pero nadie podría dudar de que yo tengo mente, doy conferencias, hablo varios idiomas, o al menos debería hablarlos etc. El papel central que desde hace siglos se concede al cerebro en los procesos de pensamiento, con ser la hipótesis más plausible, nunca debe ser tomado como una certeza absoluta. Recordemos, si no, que el gran Aristóteles rechazaba la doctrina de Alcmeón, 150 años anterior, de que el cerebro fuera la sede de las sensaciones, y prefería el corazón como órgano sensible. Dicho rechazo, contra lo que pudiera pensarse, no procedía del prejuicio religio­so o de la simple ignoran­cia, sino que se apoyaba en razones, por aquel entonces, bien funda­mentadas, esto es, científicas. Por ejemplo, el cerebro es insensible a la estimulación directa. Sólo las partes con sangre son sensitivas y el cerebro (según decía Hipócrates) no tiene sangre. En los invertebrados muchas veces no se distinguen los ganglios cerebrales. Además, con los métodos disponibles en la Antigüedad no era fácil descubrir cone­xiones entre el cerebro y los órganos de los sentidos, mientras que sí son evidentes con el corazón.
Según la "doctrina ofi­cial", como llamaba Ryle al cartesianismo, todos los seres humanos, salvo los niños y los idiotas, viven dos historias paralelas: la del cuerpo y la de la mente. El alma, o la mente, es la existencia más inmediatamente cognoscible para cada persona. La mente del otro, en cambio, no se conoce directamente, aunque se puede inferir, de alguna manera es fosforescente. La sede de esta vida interior, del pensa­miento, es la cabeza o, más en concreto, el cerebro.
Es corriente encontrarse en los textos de psicología cognitiva y de neurociencia expresiones del estilo: 'Lo que ocurre en la cabeza de Pedro', 'Lo que ocurre en la cabeza de Juan', es la misma cosa. Una de las ideas más peligrosas es que pensamos en nues­tras cabe­zas, en un espacio completamente cerrado, oculto. El futuro es desconocido para nosotros, pero eso no quiere decir que esté oculto. Esta confusión procede de una confusión de tipos lógicos, o de un "error catego­rial". Tomemos para ilustrarlo el ejemplo del visitante que acude a la Universidad y, después de haberle mostrado las aulas, laboratorios, bibliotecas, etc., pregunta dónde exactamente se encuen­tra "la" Univer­sidad. También da lugar a ingeniosos chistes: "Salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron doscientos cardenales, sino que a ninguno llamaban eminencia". (Quevedo.). Este error categorial produce dos consecuencias equivocadas, bien diferentes. La primera es la de conside­rar que todo comportamiento de la persona tiene una causa interna, oculta. La segunda, consiste en trasponer la causalidad física a los eventos menta­les.
Stephen Toulmin propuso la 'Paradoja de Townes', en "homenaje" al neurólogo norteamericano Charles Townes, quien en una reunión celebrada en Colorado en los años sesenta del pasado siglo, proclamaba con vehemencia que pronto sería posible explicar en términos neurofisiológicos todas las interconexio­nes e influencias del sistema nervioso central, y que así se podría explicar plenamente la conducta de las personas desde un punto de vista científico. La paradoja consiste en que los mismos científicos que proclaman lo anterior se reservan su responsabili­dad personal y sienten orgullo justificado por sus propios pensamientos e ideas, cuando en realidad la teoría que defienden mantiene que todos sus actos vienen determinados.
Cabría interpretar un deseo, intención o expectativa como una inervación particular en el cerebro, pero la inervación como tal no es nada que quede abierto y necesitado de completamiento, es decir, satisfacemos deseos, no inervaciones. Considero que la mayoría de los fenómenos psicológicos no pueden ser investigados fisiológicamente, porque nada les corresponde en la fisiología. Por ejemplo, desde que se introdujo la teoría construc­cionista de la memoria, desde Bartlett: no hay un rastro de memoria bien formado en el 'almacén' que recuperemos, sino que los recuerdos se constru­yen a partir de fragmentos (asunto de interés para una próxima indagación).
Se piensa que si admitimos una causalidad entre fenómenos psicológicos, no reductible a fenómenos fisio­ló­gicos, estamos admitiendo la existen­cia de un alma pegada al cuerpo. No obstante no niego que exista algo en el sistema nervioso responsa­ble de los procesos psicológicos, lo que me parece improbable es que los procesos neuronales responsables de los movimientos de los labios y de la lengua cuando hablamos sean responsables también del hecho de que digamos esto en lugar de aquello. Me parece que estudiar la base fisiológica de los celos puede tener gran interés, pero me parece equivocado pensar que gracias a esta investigación voy a tener un conocimiento más exacto de los celos que se me producen al ver que mi madre toma en brazos a mi hermano pequeño.
La psicolo­gía debe ocuparse, por definición, de lo que decimos y hacemos, como fenómenos articulados. Si se interesa por la fisiología, a mi entender, es como ciencia que permite determinar los límites de lo que somos y de lo que no somos capaces de decir y hacer. El cerebro, vendríamos a decir, es un instrumento de la mente, entendida como contexto pragmático inter­personal, como también lo es la mano o el hígado. El cerebro cobra importancia, para la psicología, cuando está alterado, porque entonces se aparece de forma palmaria como límite. Cuando, en cambio, se identifica neurofisiología con psicología se cae en poder de un prejuicio cientifista, derivado de la imagen errónea de que pensamos con nuestras cabezas. Recientemente he encontrado en un texto de Anthony Kenny, filósofo de Oxford, especialista tanto en Wittgenstein como en Santo Tomás o en Aristóteles, la falacia del homúnculo. Incurrimos en esta falacia cuando damos por supuesto que el cerebro dirige el comportamiento del organismo, como si se tratara de un hombrecillo que dirige un mecanismo complejo. Lo mismo que cuando se habla del ojo de la mente que observa las imágenes proporcionadas por los órganos de los sentidos.
En conclusión, los procesos psicológicos de una persona no son procesos en su cerebro sino lo que esa persona hace y dice en el contexto humano. Y eso es así aunque aceptemos que, al mismo tiempo, se producen inervaciones en su sistema nervioso y modificaciones en su sistema glandu­lar necesarias, como prueban las investigaciones cientí­ficas, para que se desarrollen los comportamientos. En mis lecturas sobre neuropsicología, no tan abundantes como sería deseable, siembre me he sentido próximo a la Escuela de Moscú, con su fundador L.S. Vygotsky y su continuador A.R. Luria, quienes siempre defendieron una explicación dialéctica, dinámica de la integración entre el sistema nervioso, la persona y el entorno socio-histórico. El cerebro recibe su organización funcional definitiva moldeado por ese entorno.
La ciencia que se expresa en prejuicios se transforma en metafí­sica de la peor calaña. Una idea científica es la que está siempre sujeta a discusión pues se refiere a la realidad empírica, es decir, a aquello que nos podemos imaginar de otra manera. Una convicción, en cambio, pertenece al ámbito de la gramática, al sistema de representa­ción, es algo más difícil de modificar, y cuando se modifica no es ante la presencia de meros razonamientos sino mediante alguna forma de persuasión.
Prometo volver más adelante al libro de Damasio (El Error de Descartes) y comentar algunos fragmentos. Me parece que es buen libro de divulgación neuropsicológica, pero que comete graves errores conceptuales. Precisamente por ser divulgativo muestra un compromiso con la filosofía popular que en el presente es cartesiana en esencia. El rechazo de la filosofía por parte del hombre común – todos nosotros - no impide sino que confirma su uso del sentido común, que no es otra cosa que la asimilación de las construcciones metafísicas del pasado que han tenido mayor éxito.

2 comentarios:

oscar dijo...

me parecia muy interesante el articulo, hasta que vi el color amarillo de las letras que practicamente no se aprecia lo que dice. ojala pueda cambiarle el color.

Dr. Carlos Rodríguez Sutil dijo...

Gracias por el aviso. Al cambiar formatos no ví lo que pasaba con esta entrada antigua. Espero que la pueda leer ahora y no le decepcione.