miércoles, 16 de septiembre de 2026

¿EXISTE UN FREUD RELACIONAL?

 

IS THERE A RELATIONAL FREUD? Rodríguez Sutil, C. (2026). ¿Existe un Freud relacional?Clínica e Investigación Relacional, 20 (1): 225- 244. [ISSN 1988-2939] [Recuperado de www.ceir.info ] DOI: 10.21110/19882939.2026.200119 Carlos Rodríguez Sutil Resumen Este trabajo examina la pertinencia de la expresión “Freud relacional” a partir de un criterio ontológico. Más allá de la constatación de que Sigmund Freud reconoció la importancia decisiva de los vínculos interpersonales, la cuestión es determinar si tales observaciones modificaron el fundamento metapsicológico de su teoría o si fueron finalmente reinscritas en la lógica del aparato intrapsíquico. A través del análisis de nociones como la identificación, el superyó, la psicología de las masas y la transferencia, se muestra que Freud se aproximó repetidamente a una comprensión acorde con lo relacional, pero tendió a traducirla en términos intrapsíquicos. El psicoanálisis relacional contemporáneo puede entenderse como la sistematización de esas tendencias y como un desplazamiento que sitúa el campo relacional —y no el individuo aislado— como unidad básica de análisis. Desde esta perspectiva, Freud aparece menos como precursor que como interlocutor decisivo cuyo pensamiento ilumina, por contraste, la magnitud del cambio introducido. Palabras clave psicoanálisis relacional; ontología; campo relacional; internalización; transferencia; Freud 

 Abstract This paper examines the relevance of the expression “relational Freud” from an ontological perspective. Beyond acknowledging that Sigmund Freud recognized the decisive importance of interpersonal bonds, the key issue is whether such observations transformed the metapsychological foundations of his theory or were ultimately reinscribed within the logic of the intrapsychic apparatus. Through an analysis of notions such as identification, the superego, mass psychology, and transference, the article argues that Freud repeatedly approached a view compatible with relational thinking, yet tended to translate it into intrapsychic terms. Contemporary relational psychoanalysis can thus be understood as the systematization of these tendencies and as a shift that places the relational field—rather than the isolated individual—at the center of inquiry. From this perspective, Freud appears less as a precursor than as a decisive interlocutor whose work illuminates, by contrast, the magnitude of the transformation that followed. Key words relational psychoanalysis; ontology; relational field; internalization; transference; Freud 

 1. Introducción En las últimas décadas se ha vuelto cada vez más frecuente la tentación de releer la obra de Sigmund Freud a la luz de los desarrollos del psicoanálisis relacional. La expansión de este paradigma y su influencia creciente en la práctica clínica han favorecido interpretaciones que buscan descubrir en Freud anticipaciones de categorías hoy familiares. La pregunta por un posible “Freud relacional” forma parte de ese movimiento retrospectivo. El interés de esta indagación es evidente. Ninguna tradición teórica surge en el vacío y todo pensamiento nuevo tiende a reconocer antecedentes que legitimen su emergencia. Señalar continuidades permite inscribir la innovación en una genealogía y reducir la apariencia de ruptura. Sin embargo, este procedimiento entraña también un riesgo: el de transformar resonancias parciales en coincidencias estructurales y, con ello, desdibujar la especificidad de los cambios introducidos por los desarrollos posteriores. La dificultad reside en determinar el nivel en el que debe establecerse la comparación. No basta con comprobar que Freud concedió una importancia decisiva a los vínculos interpersonales ni con acumular pasajes en los que el otro aparece como factor relevante. La cuestión es más exigente. Se trata de averiguar si tales observaciones llegaron a modificar el modo mismo en que Freud concebía la constitución de la vida psíquica o si, por el contrario, fueron integradas dentro de un marco cuya referencia última seguía siendo el funcionamiento del aparato psíquico interno. Planteada así, la pregunta deja de ser puramente historiográfica. Interroga la naturaleza del giro relacional y obliga a precisar en qué sentido puede hablarse de transformación teórica. Solo a partir de esa clarificación será posible evaluar el alcance de las convergencias y de las divergencias. El recorrido que seguirá este trabajo intentará responder a esa exigencia. En primer lugar, se delimitará el significado que atribuiremos al término “relacional”. A continuación, se examinará la ontología implícita en la metapsicología freudiana. Más adelante se analizarán aquellos puntos de su obra en los que la experiencia clínica parece empujar hacia una comprensión más radical de la interdependencia. Finalmente, el giro relacional contemporáneo será presentado como una respuesta sistemática a tensiones que en Freud permanecían abiertas. De este modo, la pregunta inicial podrá reformularse con mayor precisión. Tal vez no se trate de decidir si Freud fue o no relacional, sino de comprender hasta dónde pudo avanzar en esa dirección y por qué su pensamiento encontró allí un límite. 2. Qué entendemos por relacional En una acepción amplia, podría considerarse relacional a cualquier teoría que reconozca la relevancia del otro en la vida psíquica; desde este punto de vista, prácticamente todo el psicoanálisis —incluido el freudiano— merecería esa denominación. Sin embargo, una definición tan inclusiva pierde capacidad discriminativa: si todo es relacional, nada lo es en un sentido fuerte. Para que el término conserve su utilidad teórica es necesario restringirlo. El rasgo distintivo del paradigma relacional contemporáneo no consiste simplemente en admitir la influencia de los vínculos, sino en sostener que la mente misma se constituye en ellos. La relación no es un factor que modula procesos previamente dados; es la condición de posibilidad de la experiencia psíquica. No hay un sujeto ya formado que posteriormente entra en contacto con otros, sino que el sujeto emerge de matrices interactivas que lo preceden, lo sostienen y lo transforman de manera continua. Autores como Stephen A. Mitchell (1988, 1997) describieron este movimiento como una reorganización profunda del ámbito psicoanalítico, en la que la prioridad deja de pertenecer a las estructuras internas para desplazarse hacia los patrones de interacción. Este cambio implica un giro ontológico de gran alcance. Allí donde predominaba la metáfora del aparato, el pensamiento relacional introduce la idea de configuraciones co-creadas. El significado ya no se busca en el interior de una mente individual, sino en sistemas de relación que incluyen tanto la historia pasada como el entramado presente. La unidad de análisis pasa del individuo aislado al campo relacional o intersubjetivo. Esta intuición ha recibido nombres diversos: matriz relacional en Mitchell, vínculo en la tradición inaugurada por Enrique Pichon-Rivière (1980), campo relacional en otros desarrollos posteriores. Más allá de la diversidad terminológica, el denominador común es el rechazo a considerar la subjetividad como sustancia previa a la interacción. En esta misma línea de desplazamiento teórico, Madeleine Baranger y Willy Baranger (1961-1962) introdujeron la noción de campo analítico, mediante la cual el proceso terapéutico deja de concebirse como la observación de un psiquismo individual para entenderse como una configuración dinámica co-creada por analista y paciente. Por su parte, José Bleger (1967) profundizó este giro al situar en el encuadre y en la dimensión sincrética o indiferenciada de la experiencia aspectos fundamentales del funcionamiento psíquico que no pertenecen propiamente a ninguno de los participantes por separado, sino a la situación analítica misma. Con ello, la unidad de análisis se desplaza progresivamente desde el individuo hacia el campo relacional en el que la experiencia analítica tiene lugar. Vistos desde una óptica relacional, conceptos clásicos de la técnica adquieren necesariamente un estatuto distinto. La transferencia deja de ser concebida únicamente como repetición de prototipos infantiles para incluir la participación efectiva del analista en la configuración de la experiencia. De modo semejante, la contratransferencia se transforma de obstáculo a instrumento privilegiado de comprensión, tal como subrayaron Lewis Aron (1996) y Orange, Atwood y Stolorow (1997) al insistir en la naturaleza inevitablemente co-determinada del proceso. El giro relacional no supone negar la existencia de fenómenos intrapsíquicos, pero sí cuestionar su autosuficiencia explicativa. Defensas, afectos y conflictos se comprenden como formaciones que nacen, se mantienen y se transforman en escenarios interpersonales concretos. En este sentido, el paradigma puede reconocerse como heredero de tradiciones más amplias que han destacado la génesis social de la vida mental, desde las reflexiones de Lev Vygotsky (1934) hasta la concepción del espacio transicional formulada por Donald Winnicott (1958, 1971), donde la experiencia surge en una zona intermedia que no pertenece por completo ni al individuo ni al entorno. Esta redefinición alcanza también a la posición del terapeuta. El analista ya no puede presentarse como observador neutral que aplica un método desde fuera, sino como participante, en una línea que había sido anticipada por Harry Stack Sullivan (1953), quien había sistematizado la perspectiva interpersonal de lo subjetivo, tomando el término “observador participante” de la antropología cultural . Sin embargo, la participación no equivale a simetría. En los desarrollos posteriores de la tradición intersubjetiva, autores como Bernard Brandchaft (1994) han defendido la necesidad de un psicoanálisis más democrático, atento a la influencia mutua, mientras que Donna Orange (2011) ha insistido en la dimensión ética de la práctica clínica inspirándose en el pensamiento de Emmanuel Levinas: el encuentro con el otro introduce una responsabilidad que antecede a cualquier pretensión de objetividad. Una concepción de este tipo no elimina la singularidad individual, pero la entiende como sedimentación de historias de relación. La interioridad deja de oponerse al mundo para convertirse en su expresión. El self es inseparable de los contextos que lo han configurado y continúa transformándose en ellos . A partir de esta delimitación podemos formular con mayor precisión la pregunta que guiará las páginas siguientes: ¿hasta qué punto la teoría freudiana comparte este desplazamiento ontológico? ¿Pensó Freud la mente como emergente del vínculo o mantuvo, pese a la riqueza extraordinaria de su clínica, la primacía de un aparato cuya lógica podía describirse con independencia del encuentro presente? Planteada así, la cuestión no se resuelve mediante la localización de frases que subrayen la importancia del otro. Requiere examinar la arquitectura del modelo para determinar si las convergencias son estructurales o si se trata de intuiciones que no llegan a transformar el fundamento de la metapsicología. 3. Freud y la ontología Una vez delimitado el sentido en que utilizaremos el término relacional, resulta posible abordar con mayor precisión la concepción freudiana de la vida psíquica. La pregunta que guía este apartado no es si Freud reconoció la importancia de los otros significativos —algo que nadie pondría en duda ni con él ni con ningún otro autor destacado—, sino si pensó la mente como emergente de la relación o si, por el contrario, mantuvo la primacía explicativa de un aparato intrapsíquico dotado de leyes propias. La respuesta exige atender a la arquitectura general de la metapsicología. Desde sus primeros desarrollos, Sigmund Freud buscó describir el funcionamiento mental mediante modelos capaces de dar cuenta de la producción, circulación y transformación de la energía pulsional. Tanto en la primera como en la segunda tópica, el psiquismo aparece organizado en instancias relativamente diferenciadas cuyo conflicto constituye el motor fundamental de la dinámica. Incluso cuando el origen de determinados contenidos se sitúa en la interacción con figuras externas, el trabajo propiamente analítico se orienta hacia procesos que ocurren dentro del aparato. La represión, la formación de compromiso, el retorno de lo reprimido o la constitución del síntoma pueden describirse sin referencia inmediata al otro real. El escenario decisivo es interior o, dicho de otra manera, lo importante no es lo que se vive sino cómo se vive. Freud pasó de la teoría de la seducción a la dinámica deseante interna poco después de los Escritos sobre la Histeria (Freud y Breuer, 1893/1895). Este planteamiento no elimina la presencia del entorno, pero la subordina a una economía previa. El objeto interviene en la medida en que satisface, frustra o canaliza tendencias que pertenecen al individuo. En última instancia, el conflicto fundamental se establece entre exigencias pulsionales y defensas organizadas por el yo. La relación funciona como desencadenante o modulador más que como fundamento constitutivo, una orientación que más tarde sería llevada a posiciones extremas por autores como Melanie Klein. La hipótesis del narcisismo primario, tal como es formulada por Freud (1914c) en Introducción del narcisismo, ilustra con claridad esta lógica. Aunque posteriormente el yo se modifique mediante identificaciones, el punto de partida implica una forma de existencia psíquica cuya inteligibilidad no depende originariamente del encuentro con el otro. La relación aparece, por así decirlo, en un segundo tiempo. Esta concepción fue objeto de críticas relevantes dentro del propio psicoanálisis. Jean Laplanche (1970) señaló que la idea parece incurrir en una petición de principio: ¿cómo podría el yo amarse a sí mismo antes de estar constituido como tal? Para que el narcisismo sea posible, la unidad que se inviste debería encontrarse ya establecida, pero precisamente es esa unidad la que el concepto pretende explicar. Formulado en términos filosóficos, el problema recuerda la dificultad de un “para sí” que no haya sido previamente un “en sí”. La teoría necesita presuponer el sujeto cuya génesis intenta describir. La dificultad no pasó inadvertida para el propio Freud. En el mismo texto reconoce el carácter hipotético de ese estado inicial y admite que su formulación responde a una necesidad teórica más que a una constatación empírica directa. El concepto aparece así menos como descripción de un estadio verificable que como postulado destinado a sostener la coherencia del modelo metapsicológico. Funciona como presupuesto estructural del sistema y no como resultado de una observación clínica independiente, lo que deja en suspenso la cuestión del origen mismo de la unidad que pretende explicar. Algo semejante ocurre con la teoría de la pulsión. Aun en la complejidad de sus reformulaciones, la pulsión conserva el carácter de exigencia interna que presiona al psiquismo desde la corporalidad del individuo. El vínculo con el objeto es decisivo para su destino, pero no para su surgimiento. La fuente última permanece anclada en el interior. Freud fue plenamente consciente de que la vida humana transcurre en interacción constante con los demás. Sus análisis de la identificación, del superyó o de los fenómenos colectivos muestran una sensibilidad extraordinaria hacia la dependencia del sujeto respecto de los otros. Sin embargo, incluso en estos terrenos, el interés teórico se orienta hacia la manera en que esas relaciones se internalizan y pasan a formar parte de la estructura psíquica. El movimiento fundamental va del afuera al adentro, pero hacia un adentro que ya posee consistencia organizativa. Aunque Freud no tematizó explícitamente el problema filosófico de las otras mentes, su posición mantiene afinidades claras con el modo en que John Stuart Mill - un autor que él tradujo en su juventud - lo había formulado, y que se conoce como el argumento per analogiam: tenemos experiencia inmediata de nuestra propia vida mental, mientras que la del otro solo puede conocerse por inferencia en la medida en que se mueve y actúa de una manera semejante a como yo lo hago. Freud (1914c) plantea, en coherencia con ello, que el acceso a mi propio psiquismo es inmediato, mientras que el del otro debe inferirse, pero introduce la variación de que me es más fácil interpretar el significado de los actos del otro que no de los míos propios. En cualquier caso, la interioridad individual continúa funcionando como referencia primaria; el otro aparece como problema derivado, no como condición constitutiva. La transferencia misma, que podría parecer el punto más cercano a una concepción relacional, es pensada ante todo como repetición de prototipos infantiles (Freud, 1912). El analista ocupa - o es llevado a ocupar en el imaginario del paciente - posiciones previamente establecidas en el mundo interno del paciente, o imagos . Aunque su presencia resulte indispensable, su función principal consiste en servir de soporte para que se despliegue una historia anterior. El descubrimiento tiene prioridad sobre la co-creación. Sería injusto ignorar que en la obra freudiana aparecen movimientos que tensionan esta arquitectura. No obstante, considerada en conjunto, la metapsicología se apoya en la idea de una mente cuya organización puede describirse, al menos en principio, con independencia del vínculo presente. El aparato psíquico mantiene su primacía. Desde el punto de vista del paradigma relacional, esta ontología plantea dificultades evidentes. Si el significado emerge en sistemas interactivos y no puede separarse de ellos, el postulado de procesos intrapsíquicos autosuficientes resulta problemático. La interioridad deja de ser el origen de la vida psíquica para convertirse en precipitado de historias compartidas. Precisamente por ello conviene examinar ahora aquellos lugares de la obra freudiana en los que la presión de la experiencia parece empujar más allá de este marco. Es en esas zonas de tensión donde la pregunta por la posible cercanía entre Freud y el pensamiento relacional adquiere su mayor legitimidad. 4. Donde Freud roza lo relacional La afirmación de que la metapsicología freudiana mantiene la primacía del aparato intrapsíquico no debe impedir reconocer aquellos lugares de su obra en los que la presencia del otro adquiere una función estructurante. Más allá de consideraciones generales sobre el desarrollo o el trauma, existen conceptos cuya formulación obliga a admitir que la subjetividad se configura en un entramado de vínculos sin el cual resultaría ininteligible. Señalar estos puntos no implica atribuir retrospectivamente a Freud una concepción relacional plena, sino advertir la complejidad de un pensamiento que, enfrentado a la clínica, fue empujado repetidamente hacia la interdependencia. En esos momentos el modelo del aparato psíquico parece requerir apoyarse en procesos comprensibles solo en referencia a los otros significativos. Entre estos núcleos destacan la identificación, la formación del superyó, la psicología de las masas y la transferencia. En todos ellos Freud reconoce que el sujeto se constituye mediante la internalización de relaciones decisivas. Sin embargo, la cuestión sigue siendo si estamos ante un cambio ontológico o ante una ampliación que finalmente retorna a la interioridad. La identificación Si hay un punto de la obra freudiana que obliga a reconocer la función constitutiva del otro, es la identificación. El yo se configura mediante la incorporación de rasgos y modos de ser de las figuras significativas; el vínculo no es circunstancia externa, sino el medio mismo de organización psíquica. Desde los primeros desarrollos hasta El yo y el ello (1923), la identificación aparece como proceso central del devenir subjetivo. Amar, perder o temer deja huellas que pasan a formar parte del yo, que se presenta así como precipitado de relaciones anteriores. Leída hoy, esta concepción se aproxima a una sensibilidad relacional. El yo no surge como entidad autosuficiente, sino como resultado de intercambios significativos. No obstante, al integrarla teóricamente, reaparece la primacía del aparato psíquico. La identificación designa el pasaje por el cual la relación deviene estructura. El movimiento decisivo es la interiorización. Una vez constituido, el yo puede funcionar con relativa independencia del vínculo presente. En este tránsito Freud recurre a menudo al término introyección, que nombra precisamente la incorporación de características del objeto al funcionamiento psíquico. La relación es condición de origen, pero no matriz permanente. El acento recae en la organización resultante más que en la interacción continua. La teoría abre la puerta a la relacionalidad y, al mismo tiempo, fija su límite. El superyó La formación del superyó constituye otro momento de notable cercanía a lo relacional. Lejos de surgir como instancia autónoma, nace de la internalización de las figuras parentales y de las exigencias transmitidas en el vínculo. La autoridad interior tiene una historia interpersonal. Esta procedencia inspiró la reformulación de la estructura endopsíquica en términos de relaciones objetales propuesta por W. R. D. Fairbairn (1944), quien extendió el principio al conjunto del aparato psíquico. Freud subraya que el niño incorpora no solo prohibiciones, sino actitudes e ideales de quienes ocupan un lugar decisivo para él. La conciencia moral aparece así como heredera de relaciones concretas; la vida interior se revela habitada por los otros. Pero nuevamente el movimiento explicativo conduce a la interiorización. El vínculo se convierte en instancia, y el interés se desplaza hacia la configuración intrapsíquica resultante. La potencia relacional convive con su traducción estructural. Los desarrollos posteriores radicalizaron este punto. Philip M. Bromberg (1998) señaló que los padres no solo indican qué hacer, sino que comunican quién se es, validando ciertos estados del self y desconfirmando otros. Jessica Benjamin (1988), inspirándose en la dialéctica hegeliana del reconocimiento, sostuvo que la constitución del sujeto depende de ser afirmado por otro igualmente reconocido. El eje deja de situarse en la interiorización de normas para desplazarse hacia los procesos relacionales que otorgan realidad y continuidad a la experiencia. Psicología de las masas En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Freud describe con gran agudeza cómo la vida psíquica se transforma en tramas identificatorias colectivas. El grupo modifica ideales, pertenencias y organización libidinal; la psicología individual aparece inseparable de la social. Estas observaciones permiten pensar la subjetividad como permeable a configuraciones presentes y no solo a la historia infantil. Sin embargo, cuando Freud formaliza el fenómeno, el acento vuelve a ponerse en la manera en que el grupo se inscribe en el aparato psíquico del individuo. La prioridad recae en la reorganización interna más que en la dinámica del campo relacional. Los desarrollos relacionales recientes han retomado estas intuiciones desplazando la atención hacia sistemas de experiencia compartida en transformación continua. La identidad se entiende menos como inscripción estable que como proceso co-determinado en el vínculo. La transferencia La transferencia constituye quizá el escenario donde la dimensión relacional se vuelve más evidente. El tratamiento se sostiene en un vínculo presente sin el cual el inconsciente no se haría accesible. En La dinámica de la transferencia (1912), Freud reconoce que el analista se convierte inevitablemente en figura significativa. La interacción es el medio de aparición del material clínico. Pero la interpretación privilegia el retorno. El vínculo actual se concibe ante todo como actualización de prototipos infantiles. El analista ocupa lugares previamente organizados en el mundo interno del paciente; la tarea consiste en hacer visible esa historia. La relación es imprescindible, aunque su sentido remite a una estructura anterior. El acento recae en lo que reaparece más que en lo que se produce en el intercambio. Así, incluso allí donde el encuentro adquiere mayor protagonismo, la prioridad continúa perteneciendo al aparato intrapsíquico. 5. Las intuiciones relacionales de Freud y los límites de su integración El recorrido realizado en el apartado anterior ha permitido observar hasta qué punto la teoría de Sigmund Freud reconoce la función constitutiva del otro en la formación del sujeto. Ya sea a través de la identificación, de la instauración del superyó, de los fenómenos colectivos o del despliegue transferencial, la vida psíquica aparece atravesada por vínculos sin los cuales perdería inteligibilidad. Freud no deja de subrayar que el yo es, en buena medida, heredero de sus relaciones. Sin embargo, el examen detenido de estos conceptos muestra también un movimiento recurrente. Aquello que se presenta inicialmente como proceso interpersonal tiende a reformularse finalmente como organización interna del aparato psíquico. El vínculo es indispensable para el origen, pero el resultado privilegiado por la teoría es la estructura intrapsíquica que de él se deriva. Es precisamente en este desplazamiento donde se hace visible la tensión que atraviesa la obra freudiana. La experiencia clínica empuja hacia el reconocimiento de la interdependencia, mientras que el marco conceptual disponible conduce a traducirla en términos de interioridad. Freud parece aproximarse repetidamente a una concepción relacional que, sin embargo, no llega a consolidarse como fundamento ontológico. A partir de aquí resulta posible comprender de otro modo ciertos momentos especialmente significativos de su trabajo, en los que la magnitud de lo interpersonal amenaza con desbordar el modelo del aparato psíquico. Uno de los lugares más evidentes de esta tensión se encuentra en los primeros desarrollos sobre el trauma. En los historiales iniciales, recogidos en Estudios sobre la Histeria (Freud, 1895d), el sufrimiento aparece ligado en muchos casos, pero no en todos, a experiencias interpersonales concretas que han dejado al sujeto en una posición de desvalimiento frente a la acción del otro. Más allá de las posteriores reformulaciones, esos textos transmiten con fuerza la idea de que la perturbación no se origina únicamente en conflictos internos, sino en acontecimientos que han tenido lugar en el mundo compartido. Sin embargo, también introduce el concepto de “histeria defensiva” que es aquella que se produce de manera autónoma en el paciente como defensa ante deseos inaceptables. El célebre episodio de Katharina resulta particularmente elocuente. Allí, la comprensión del síntoma no puede separarse de la escena vivida con una figura significativa cuya conducta irrumpe de manera traumática en la experiencia de la joven. Lo decisivo aquí no es una fantasía endógena, sino la imposibilidad de elaborar lo sucedido en el marco de la relación. Freud percibe con claridad el peso del contexto, aunque más tarde tienda a reinscribirlo en una economía pulsional más amplia. Este movimiento de reinscripción es característico. La fuerza de lo interpersonal es reconocida, pero finalmente absorbida por el aparato psíquico. El trauma deviene conflicto psíquico; el acontecimiento externo se transforma en representación interna. De este modo, la primacía ontológica de la interioridad queda preservada. La dificultad para sostener una ontología plenamente relacional se hace igualmente visible en la actitud de Freud frente a la contratransferencia (Freud, 1910d). Aunque reconoció que el analista se veía inevitablemente afectado por el vínculo con el paciente, tendió a considerar esas reacciones como interferencias derivadas de sus propios puntos ciegos y, por tanto, como obstáculos que debían ser dominados mediante el autoanálisis. Lejos de convertirse en vía de acceso privilegiada al proceso compartido, la experiencia emocional del terapeuta quedaba situada del lado de la perturbación técnica. El campo relacional volvía así a descomponerse en dos aparatos diferenciados, cada uno responsable de sus propios contenidos. Este desplazamiento puede observarse también en decisiones teóricas de gran alcance. El abandono de la llamada teoría de la seducción marca el paso desde una etiología centrada en el impacto efectivo del otro hacia una comprensión cada vez más orientada por la dinámica fantasmática del sujeto. Aunque Freud nunca negó la realidad de los acontecimientos traumáticos, la prioridad explicativa se trasladó progresivamente al modo en que estos eran elaborados dentro del aparato psíquico. Años más tarde, las tensiones que suscitaron las propuestas clínicas de Sándor Ferenczi (1933), especialmente en torno a la comunicación presentada en Wiesbaden en 1932, volverían a poner de manifiesto la dificultad de integrar sin reservas una perspectiva en la que la responsabilidad del entorno adquiría un peso determinante. En este punto podemos ver con claridad que el giro relacional no prolonga a Freud, sino que se separa de él en un nivel más profundo: la ontología del psiquismo. Allí donde Freud postula un aparato interno —estructuras que procesan, reprimen, transforman—, el enfoque relacional propone un psiquismo constitutivamente intersubjetivo, cuyo sentido emerge en el campo relacional y no en un interior preformado. Esta crítica no proviene solo del psicoanálisis contemporáneo: también encuentra un paralelo filosófico sorprendente en los Seminarios Zollikon, donde Martin Heidegger (1987), invitado por Medard Boss, analizó ante psiquiatras suizos los fundamentos del psicoanálisis freudiano. Heidegger llevó a cabo un desmontaje sistemático de los supuestos positivistas de la metapsicología, mostrando cómo Freud —sin pretenderlo— traslada la teoría kantiana de la objetividad al estudio del ser humano, convirtiéndolo en objeto y sometiéndolo al paradigma de las ciencias naturales. Desde sus inicios, Freud y sus seguidores intentaron presentar el psicoanálisis como un saber plenamente científico, equiparable al modelo de las ciencias físico-naturales (cf. Chacón, 2020). Freud no dudó en concebirlo como una ciencia natural, regida por un determinismo materialista y sustentada en un método propio, sin recurrir a su posible inscripción en el ámbito de las ciencias del espíritu o sociales, también consideradas ciencias en la tradición germánica (Wissenschaft). No obstante, como subraya Chacón, el psicoanálisis encuentra dificultades para satisfacer criterios clásicos de replicabilidad empírica, tensión epistemológica que acompañará su desarrollo posterior y que adquiere especial relevancia en las reformulaciones relacionales. Según Heidegger (1987), el psicoanálisis freudiano objetiviza al ser humano en dos movimientos: 1. al reducir su historicidad a una presencia disponible (Vorhanden), 2. al naturalizarlo dentro de una cadena causal. Así, la metapsicología no describe la vida humana singular sino un sistema de causas que opera sobre “objetos anímicos”. Y, sin embargo, concede a Freud un mérito indudable: haber mostrado que las personas enferman por relaciones traumáticas con otros seres humanos, y que la cura se produce, igualmente, en la relación. Pero para Heidegger esto debería comprenderse como un modo específico de estar con los otros, no como un proceso técnico mediado por conceptos —como “transferencia”— que presuponen mentes separadas y estancas. Por eso, afirma, una auténtica analítica existencial debe ser descriptiva, no constructiva: ha de dar cuenta de la historia del ser humano concreto en su temporalidad circular, no imponerle un aparato teórico previo. Cuando el psicoanálisis se entiende como técnica, dice Heidegger, supone que una mente aislada hace algo a otra mente aislada; y desde ese momento lo relevante deja de ser el ser humano para convertirse en “la psicoterapia”, que pasa a ser un proceder técnico aplicado sobre objetos. Su resultado no es un sujeto más sano, sino —en el mejor de los casos— un objeto más pulido. Esto explica, añade, que las recomendaciones técnicas —más tarde convertidas en reglas de obligado cumplimiento— sobrevivan hoy como un auténtico “superyó psicoanalítico colectivo” (Orange, Atwood y Stolorow, 1997, p. 15). El contraste no puede ser más claro: mientras Freud apunta a una estructura intrapsíquica regulada por leyes y técnicas, la perspectiva relacional y la analítica existencial coinciden en entender que el lugar del sujeto no puede agotarse en esquemas causales ni en operaciones técnicas. La ruptura del giro relacional con Freud no es metodológica: es una ruptura ontológica. 6. El giro relacional: de la interioridad al campo relacional El pensamiento relacional puede entenderse, en buena medida, como el intento de ofrecer una respuesta sistemática a las tensiones que ya estaban presentes en la obra de Sigmund Freud. Allí donde Freud había encontrado fenómenos que obligaban a reconocer la fuerza constitutiva del vínculo, pero los había reinscrito finalmente en la lógica del aparato, el paradigma relacional propone invertir la prioridad ontológica: no es la relación la que debe explicarse a partir de la mente, sino la mente la que ha de comprenderse como producto de la relación. Junto con esta transformación, el pensamiento relacional ha concedido un lugar central a la noción de alianza terapéutica, entendida como colaboración entre paciente y analista en la construcción del proceso. Jeremy D. Safran (Safran y Muran, 2000; Safran y Elvy, 2010) mostró que el avance del tratamiento depende en gran medida de la capacidad para establecer, perder y restablecer ese lazo de trabajo, de modo que las rupturas de la alianza dejan de ser accidentes para convertirse en momentos privilegiados de elaboración. A menudo se ha supuesto que este énfasis representaría una novedad radical respecto de la técnica freudiana. Sin embargo, una lectura atenta permite matizar esa impresión. En distintos momentos de su obra, Freud (1937c) afirmó con claridad que el analista se alía con el yo del paciente para enfrentarse a las fuerzas que se oponen al tratamiento y reconoció que no toda relación positiva con el terapeuta debía interpretarse como transferencia. La posibilidad de una cooperación basada en la realidad formaba parte de las condiciones mismas del método. La diferencia con el paradigma relacional no reside, por tanto, en la existencia o no de la alianza, sino en el estatuto que se le otorga. Mientras que para Freud la cooperación facilita el acceso a conflictos que pertenecen al mundo interno del paciente, el pensamiento relacional tiende a considerar que es en ese mismo vínculo donde se generan y/o transforman los significados. Este desplazamiento modifica la unidad de análisis. El individuo deja de ser concebido como entidad autosuficiente cuyo funcionamiento puede describirse con independencia del contexto presente. En su lugar aparece la noción de campo relacional, entendido como sistema dinámico en el que se produce la experiencia. Lo psíquico no pertenece por completo a ninguno de los participantes; emerge en la interacción. Stephen A. Mitchell (1988, 1997) subrayó que la tradición psicoanalítica había oscilado históricamente entre modelos centrados en la pulsión y modelos centrados en la relación, pero que ambos conservaban todavía la idea de una mente individual como soporte último. El paso decisivo consistía en reconocer la naturaleza constitutivamente co-creada de la subjetividad. En una línea convergente, Lewis Aron (1996) insistió en que el analista participa inevitablemente en la configuración del proceso terapéutico y que la neutralidad clásica debía ser reemplazada por una ética de la implicación responsable. El encuentro analítico deja de concebirse como el lugar donde se revela una verdad preexistente para convertirse en el espacio donde se generan nuevas posibilidades de experiencia. Por su parte, Jessica Benjamin (1988, 2004) formuló la cuestión en términos de reconocimiento mutuo. La subjetividad no se consolida en aislamiento, sino en la capacidad de sostener la presencia de un otro igualmente real. El tercero deja de ser una instancia intrapsíquica para adquirir una dimensión intersubjetiva que organiza el campo relacional. En este contexto teórico, procesos que antes se describían como intrapsíquicos adquieren una nueva inteligibilidad. Las defensas dejan de aparecer como decisiones del individuo frente a exigencias pulsionales y se comprenden como configuraciones aprendidas y mantenidas en contextos relacionales específicos. En un trabajo temprano, Heinz Kohut (1957) sostuvo que los modos de preservar la cohesión del self se adquieren en el seno de las interacciones familiares, desplazando el acento desde la elección individual hacia la transmisión vincular. El inconsciente mismo se redefine. Junto al inconsciente reprimido, organizado en torno al conflicto, adquiere relevancia un registro implícito o procedimental que contiene formas de estar con los otros incorporadas tempranamente y que se actualizan en la relación terapéutica. El interés se desplaza desde el contenido hacia el patrón interactivo. Si el significado se genera en el campo relacional, el analista ya no puede ocupar una posición exterior: su participación deja de ser obstáculo para convertirse en condición del trabajo . Llevado hasta sus últimas consecuencias, este cambio obliga a revisar supuestos filosóficos que durante mucho tiempo permanecieron implícitos en la tradición. Resulta significativo que incluso autores que conservaron la terminología freudiana modificaran profundamente su alcance. Cuando Donald Winnicott (1965) utiliza la expresión narcisismo primario, no describe un yo que se inviste a sí mismo, sino una situación de dependencia absoluta en la que el lactante y el entorno materno forman una unidad indiferenciada. Lo originario no es una interioridad previa, sino una organización relacional dentro de la cual la distinción entre sujeto y objeto aún no ha emergido. El vocabulario permanece; la ontología ha cambiado. La subjetividad aparece entonces como resultado de configuraciones históricas que exceden al individuo. Pensar de este modo implica abandonar definitivamente el imaginario de la mente aislada que, pese a las revisiones del siglo XX, continuó funcionando como trasfondo silencioso de buena parte de la teoría. El giro relacional no añade simplemente nuevos factores a una psicología previa, sino que transforma el estatuto mismo de aquello que llamamos vida psíquica. Esta transformación encuentra una de sus formulaciones más radicales en la obra de Edgar A. Levenson. La pregunta deja de ser qué significa el material aportado por el paciente para orientarse hacia qué está ocurriendo entre quienes participan en la situación analítica. El foco se desplaza desde la búsqueda de una verdad subyacente hacia la descripción de los patrones de interacción que organizan el encuentro. Analista y paciente no descubren conjuntamente un sentido previo; lo producen en su intercambio. El significado ya no precede a la relación: emerge en ella. 7. Conclusión: ¿existe un Freud relacional? El itinerario recorrido a lo largo de este trabajo permite volver a la pregunta inicial con un grado mayor de precisión. Plantear si existe un Freud relacional no equivale a buscar en su obra anticipaciones aisladas del pensamiento contemporáneo ni a decidir si otorgó suficiente importancia a la presencia del otro en la vida psíquica. La cuestión decisiva es de orden ontológico: se trata de determinar dónde situó el fundamento del significado. La pregunta por un posible Freud relacional debe ser reformulada a la luz de dos hechos. Primero, que Freud nunca modificó la ontología del psiquismo que sostenía su metapsicología, y segundo, que dicha ontología —centrada en un aparato interno y en una técnica que opera sobre él— implica una objetivación del sujeto, tal como subraya Heidegger en los Seminarios de Zollikon. Desde esta perspectiva, el psicoanálisis clásico no es solamente “no relacional”: es tributario de una concepción técnico-causal que convierte al paciente en objeto de procedimientos, estableciendo un marco que la tradición relacional no puede simplemente heredar. Frente a ello, el giro relacional no prolonga a Freud, sino que inaugura otra matriz conceptual y ética: la de una subjetividad constituida en la interacción, un campo relacional en el que el analista participa, y una clínica que no se fundamenta en aplicar una técnica, sino en un modo de estar-con-el-otro que hace posible, como diría Bromberg (1998), que estados del self previamente disociados puedan ser reconocidos y transformados. En este sentido, Freud es un interlocutor decisivo: sus intuiciones interpersonales abrieron puertas que su propia metapsicología cerró. El pensamiento relacional emerge, precisamente, al reabrir esas puertas y al rechazar la objetivación como punto ciego fundamental del psicoanálisis clásico. El debate sobre un posible Freud relacional revela, en definitiva, la vitalidad del psicoanálisis como tradición en movimiento. Cada generación relee los textos fundacionales desde sus propias preguntas, descubre en ellos resonancias inesperadas y también límites que solo se vuelven visibles retrospectivamente. En ese diálogo continuo reside buena parte de la fuerza del campo relacional. Como escribió Jorge Luis Borges (1932), el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio. Responder a la pregunta inicial exige, por tanto, aceptar una paradoja. Freud no fue relacional en el sentido en que hoy utilizamos el término. Y, sin embargo, sin Freud no habría sido posible pensar el psicoanálisis relacional. 

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