jueves, 19 de marzo de 2026

Edgar A. Levenson (1924–2026) OBITUARIO. Una voz de los márgenes del psicoanálisis

Edgar A. Levenson (1924–2026)
Una voz de los márgenes del psicoanálisis
(Carlos Rodríguez Sutil)
Ha fallecido Edgar A. Levenson, a los 101 años, una de las figuras más singulares e influyentes del psicoanálisis contemporáneo, estrechamente vinculado al William Alanson White Institute de Nueva York y heredero, en una línea propia y profundamente original, de la tradición interpersonal inaugurada por Sullivan, Fromm y Clara Thompson.
Nacido en el Bronx en 1924, en el seno de una familia de inmigrantes rusos, Levenson desarrolló una trayectoria que combinó la formación médica, la psiquiatría y el psicoanálisis con una intensa curiosidad intelectual. Desde muy temprano se vio influido por corrientes como la antropología cultural y la epistemología de la ciencia, lo que marcaría decisivamente su pensamiento posterior. Esa apertura a otros campos le permitió introducir en el psicoanálisis una sensibilidad poco habitual en su tiempo: la conciencia de que toda teoría es inseparable del contexto cultural en el que surge.
Autor de obras ya clásicas como The Fallacy of Understanding (1972), The Ambiguity of Change (1983) y de dos colecciones de artículos, The Purloined Self (2017) e Interpersonal Psychoanalysis and the Enigma of Consciousness (2018), estos escritos muestran la continuidad de sus preocupaciones: la naturaleza de la conciencia, el papel del lenguaje y la imposibilidad de separar al observador de lo observado. Lejos de cerrar su obra, estos trabajos finales insisten en el carácter abierto e inacabado del proceso analítico. Levenson fue uno de los principales responsables del giro relacional y contextualista en la forma de pensar la práctica analítica. Su propuesta, que él mismo denominó “perspectivista”, implica que no hay una única verdad analítica, sino múltiples modos de organizar la experiencia, siempre situados históricamente y atravesados por los supuestos del observador. En este sentido, su pensamiento anticipa y alimenta el posterior desarrollo del psicoanálisis relacional, al desplazar el foco desde el aparato intrapsíquico hacia el campo de interacción entre paciente y analista. Frente a la idea de una comprensión objetiva del mundo interno del paciente, sostuvo que toda percepción es una construcción y que el analista no puede situarse fuera de aquello que observa. De ahí su conocida crítica a la “falacia de la comprensión”: la ilusión de que el analista puede acceder a una verdad última independiente de su propia participación.
Uno de sus aportes más fecundos consiste en haber mostrado que el dato clínico fundamental no es el paciente aislado, sino la estructura relacional que se configura en el encuentro terapéutico. La transferencia y la contratransferencia dejan así de entenderse como fenómenos separados para ser concebidas como una experiencia compartida, en la que ambos participantes están inevitablemente implicados.
Levenson fue también un crítico constante de las ortodoxias. Descrito por colegas como un “tábano” o un “deconstructivista” clínico, su estilo se caracterizaba por una permanente interrogación de los supuestos implícitos en las teorías y en las presentaciones de caso. La expresión completa es de Donnel B. Stern: “a gadfly with an agenda” (“un tábano con agenda”). Más interesado en las preguntas que en las respuestas, desconfiaba de las formulaciones cerradas y buscaba, una y otra vez, aquello que quedaba fuera de ellas. Como él mismo señalaba, la cuestión central no es tanto qué significa algo, sino qué está ocurriendo en la interacción.
Esta actitud se traduce también en su concepción de la técnica. Levenson nunca propuso un método rígido ni un conjunto de reglas, sino más bien una forma de trabajo abierta, cercana a la improvisación —él mismo la comparaba con el jazz—, en la que el analista debe atender a los matices de la relación y a la experiencia compartida más que a la aplicación de un sistema teórico preestablecido. En este sentido, su obra ha contribuido a cuestionar la idea de que la eficacia terapéutica dependa de la corrección de una interpretación, subrayando en cambio el valor transformador de la experiencia relacional.
A pesar de la influencia reconocida por autores como Mitchell, Bromberg o Donnel Stern, Levenson ha sido, paradójicamente, una figura algo marginal dentro del propio movimiento relacional. Tal vez porque su pensamiento, siempre incómodo y poco sistemático, resiste ser convertido en doctrina. Él mismo se definía como un outsider, alguien más interesado en desestabilizar certezas que en construir sistemas. Quienes lo conocieron destacan no solo la agudeza de su pensamiento, sino también su humor irreverente, su erudición y su capacidad para estimular el pensamiento en los demás. Como señalaba uno de sus colegas, conversar con Levenson no implicaba necesariamente estar de acuerdo con él, sino salir de la conversación con nuevas preguntas. Levenson nunca fue un “autor de sistema”, sino un autor de problemas.
Con su muerte desaparece una de las voces más originales del psicoanálisis contemporáneo. Su legado permanece, sin embargo, como una invitación a sostener la incertidumbre, a desconfiar de las verdades demasiado seguras y a pensar la clínica como un proceso abierto, siempre en construcción.


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