INTRODUCCIÓN
He explicado en distintas ocasiones algunos aspectos de mi manera de entender la clasificación de la personalidad, pero quizá no esté de más volver sobre ello. Mi sistema recoge influencias diversas —entre ellas Kernberg, la psicopatología vincular de Nicolás Caparrós y Hernán Kesselman, así como autores relacionales e intersubjetivos— aunque la clasificación final es propiamente mía y no coincide plenamente con ninguna de ellas.
Agresión y narcisismo no son lo mismo
La flecha regresiva que dibuja Kernberg entre la personalidad narcisista y la agresiva no me parece correcta. Él considera que la personalidad agresiva cumple también criterios narcisistas, pero yo creo que ahí se mezclan fenómenos diferentes.
El agresivo, por definición, no está centrado en su imagen sino en la obtención de sus deseos a la mayor brevedad posible. El narcisista, en cambio, sigue bastante pendiente de cómo queda ante los otros, del reconocimiento, de la humillación o de la amenaza de deterioro de su imagen.
Es cierto que en las personalidades de la posición esquizoide —narcisista, esquizoide y agresiva— el antecedente del superyó es todavía bastante primitivo y está más relacionado con el temor a la retaliación que con la culpa depresiva. Pero eso no significa que todas funcionen del mismo modo.
Agresión y apego como líneas parcialmente diferenciables
Kernberg tiende además a considerar que las organizaciones más primitivas son aquellas en las que predomina la agresión. Yo no lo veo exactamente así. Pienso que agresión y apego constituyen líneas evolutivas relacionadas, pero parcialmente diferenciables.
Existen personalidades claramente neuróticas en las que la agresividad tiene un peso considerable. El obsesivo —o rígido, utilizando el lenguaje de la psicopatología vincular— es un buen ejemplo de ello.
En mi propia clasificación introduzco además una organización que denomino explosivo-bloqueada, situada entre el agresivo y el obsesivo, y que no aparece descrita ni en Kernberg ni prácticamente en otras clasificaciones. El DSM habla del trastorno explosivo intermitente, pero no lo considera una organización estable de personalidad.
La cuestión de la difusión de identidad
Kernberg considera que las organizaciones de personalidad de nivel límite bajo presentan una mayor difusión de identidad, concepto que toma de Erikson. Tampoco estoy plenamente de acuerdo con esto.
Las personalidades narcisistas y agresivas pocas veces presentan verdaderas crisis de identidad. Suelen mantener, aunque sea de forma rígida o defensiva, una imagen relativamente estable de sí mismas.
La difusión de identidad aparece con mucha mayor claridad en las personalidades de posición confusional: la fóbica (evitativa), la confusional propiamente dicha (límite) y la explosivo-bloqueada. En ellas sí observamos oscilaciones importantes en la autoimagen, sentimientos persistentes de no saber bien quién se es y dificultades para mantener una continuidad subjetiva suficientemente integrada.
La personalidad fóbica
Siempre me llamó la atención que Kernberg no incluyera la personalidad fóbica como prototipo específico, aunque no encontré una explicación clara de ello cuando le leí en su momento.
Nancy McWilliams, autora muy relevante en este ámbito y buena conocedora de Kernberg, se aproxima más a la posición clásica de relacionar la fobia con la histeria —la “histeria de angustia” de Freud—. Sin embargo, ella misma participa en el PDM-2, sistema psicodinámico de descripción y clasificación de los trastornos psíquicos que sí incluye distintas variantes de personalidad fóbica.
El diagnóstico en psicoanálisis relacional
Por otra parte, buena parte del psicoanálisis relacional —interpersonalistas, intersubjetivistas, etc.— ha tendido a desconfiar del diagnóstico, considerándolo excesivamente cosificador y poco respetuoso con la singularidad del sujeto.
Yo, sin embargo, mantengo su utilidad clínica siempre que no se convierta en una etiqueta cerrada ni sustituya la escucha del paciente concreto.
El diagnóstico puede ayudarnos a orientarnos respecto al tipo de sufrimiento, las defensas predominantes, la modalidad vincular o el nivel de integración de la personalidad. Pero, desde una perspectiva relacional, también debemos tener presente que el terapeuta entra inevitablemente en interacción con el paciente desde su propia organización de personalidad, sus conflictos, defensas y modalidades vinculares.
En cierto sentido, no solo existe un diagnóstico del paciente: también existe “nuestro” diagnóstico, que influye en cómo percibimos al otro, en qué reacciones emocionales se despiertan en nosotros y en el tipo de relación que tendemos a co-construir con cada paciente.
Eso explica que cuando hablo de estos temas utilice el “yo” en lugar del “nosotros”, porque ninguno de mis colegas sigue exactamente mi sistema, aunque algunos lo respeten.
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