martes, 12 de mayo de 2026

Algunas discrepancias con Kernberg y una reflexión sobre el diagnóstico relacional


INTRODUCCIÓN

He explicado en distintas ocasiones algunos aspectos de mi manera de entender la clasificación de la personalidad, pero quizá no esté de más volver sobre ello. Mi sistema recoge influencias diversas —entre ellas Kernberg, la psicopatología vincular de Nicolás Caparrós y Hernán Kesselman, así como autores relacionales e intersubjetivos— aunque la clasificación final es propiamente mía y no coincide plenamente con ninguna de ellas.

Agresión y narcisismo no son lo mismo

La flecha regresiva que dibuja Kernberg entre la personalidad narcisista y la agresiva no me parece correcta. Él considera que la personalidad agresiva cumple también criterios narcisistas, pero yo creo que ahí se mezclan fenómenos diferentes.

El agresivo, por definición, no está centrado en su imagen sino en la obtención de sus deseos a la mayor brevedad posible. El narcisista, en cambio, sigue bastante pendiente de cómo queda ante los otros, del reconocimiento, de la humillación o de la amenaza de deterioro de su imagen.

Es cierto que en las personalidades de la posición esquizoide —narcisista, esquizoide y agresiva— el antecedente del superyó es todavía bastante primitivo y está más relacionado con el temor a la retaliación que con la culpa depresiva. Pero eso no significa que todas funcionen del mismo modo.

Agresión y apego como líneas parcialmente diferenciables

Kernberg tiende además a considerar que las organizaciones más primitivas son aquellas en las que predomina la agresión. Yo no lo veo exactamente así. Pienso que agresión y apego constituyen líneas evolutivas relacionadas, pero parcialmente diferenciables.

Existen personalidades claramente neuróticas en las que la agresividad tiene un peso considerable. El obsesivo —o rígido, utilizando el lenguaje de la psicopatología vincular— es un buen ejemplo de ello.

En mi propia clasificación introduzco además una organización que denomino explosivo-bloqueada, situada entre el agresivo y el obsesivo, y que no aparece descrita ni en Kernberg ni prácticamente en otras clasificaciones. El DSM habla del trastorno explosivo intermitente, pero no lo considera una organización estable de personalidad.

La cuestión de la difusión de identidad

Kernberg considera que las organizaciones de personalidad de nivel límite bajo presentan una mayor difusión de identidad, concepto que toma de Erikson. Tampoco estoy plenamente de acuerdo con esto.

Las personalidades narcisistas y agresivas pocas veces presentan verdaderas crisis de identidad. Suelen mantener, aunque sea de forma rígida o defensiva, una imagen relativamente estable de sí mismas.

La difusión de identidad aparece con mucha mayor claridad en las personalidades de posición confusional: la fóbica (evitativa), la confusional propiamente dicha (límite) y la explosivo-bloqueada. En ellas sí observamos oscilaciones importantes en la autoimagen, sentimientos persistentes de no saber bien quién se es y dificultades para mantener una continuidad subjetiva suficientemente integrada.

La personalidad fóbica

Siempre me llamó la atención que Kernberg no incluyera la personalidad fóbica como prototipo específico, aunque no encontré una explicación clara de ello cuando le leí en su momento.

Nancy McWilliams, autora muy relevante en este ámbito y buena conocedora de Kernberg, se aproxima más a la posición clásica de relacionar la fobia con la histeria —la “histeria de angustia” de Freud—. Sin embargo, ella misma participa en el PDM-2, sistema psicodinámico de descripción y clasificación de los trastornos psíquicos que sí incluye distintas variantes de personalidad fóbica.

El diagnóstico en psicoanálisis relacional

Por otra parte, buena parte del psicoanálisis relacional —interpersonalistas, intersubjetivistas, etc.— ha tendido a desconfiar del diagnóstico, considerándolo excesivamente cosificador y poco respetuoso con la singularidad del sujeto.

Yo, sin embargo, mantengo su utilidad clínica siempre que no se convierta en una etiqueta cerrada ni sustituya la escucha del paciente concreto.

El diagnóstico puede ayudarnos a orientarnos respecto al tipo de sufrimiento, las defensas predominantes, la modalidad vincular o el nivel de integración de la personalidad. Pero, desde una perspectiva relacional, también debemos tener presente que el terapeuta entra inevitablemente en interacción con el paciente desde su propia organización de personalidad, sus conflictos, defensas y modalidades vinculares.

En cierto sentido, no solo existe un diagnóstico del paciente: también existe “nuestro” diagnóstico, que influye en cómo percibimos al otro, en qué reacciones emocionales se despiertan en nosotros y en el tipo de relación que tendemos a co-construir con cada paciente.

Eso explica que cuando hablo de estos temas utilice el “yo” en lugar del “nosotros”, porque ninguno de mis colegas sigue exactamente mi sistema, aunque algunos lo respeten.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuando dejamos de pensar: delirio, certeza y práctica clínica

 

“Prefiero caminar con una duda que con un mal axioma”, cantaba Javier Krahe en “El Cromosoma”.

Hay una idea inquietante que atraviesa tanto la filosofía como la clínica: no siempre pensamos cuando creemos que pensamos.

En psicopatología, el delirio se ha definido clásicamente como una creencia falsa mantenida con certeza absoluta. Sin embargo, esa definición se queda corta. Como muestra el trabajo de Ariso , el problema no es solo el contenido del delirio, sino su relación con el sistema de certezas del sujeto. El delirio no es simplemente una creencia errónea: es una forma de reorganizar la experiencia.

Dos conceptos resultan especialmente sugerentes:

la incertidumbre,

y la ceguera a las posibilidades.

Cuando una persona pierde la capacidad de considerar alternativas, cuando el mundo se estrecha hasta una única interpretación posible, lo que emerge no es solo un error, sino una forma de cierre de la experiencia. Esto tiene una resonancia clínica inmediata. No solo en la psicosis. También en formas más cotidianas de sufrimiento donde el paciente “no puede ver otra cosa”. Y aquí es donde la cuestión deja de ser puramente teórica.

Gran parte de la tradición psicológica ha pensado la mente como algo cerrado, casi como un almacén interno. Pero desde una perspectiva relacional, esto es una ilusión. Como he defendido en otros textos, siguiendo a Wittgenstein, la mente no está “dentro” del sujeto, sino que se constituye en relación con otros . No hay pensamiento sin contexto, sin vínculo, sin historia compartida. Desde aquí, el delirio no es solo un fallo cognitivo, es también un fallo del campo relacional. No es solo que el paciente “no vea”, es que no puede ver con otro.

Esto nos acerca a un problema ético. Una moral desligada de la relación puede volverse peligrosa . Cuando la norma sustituye al encuentro, cuando la ley sustituye al otro, aparece una forma de “certeza” que ya no necesita pensar. El delirio clínico y ciertas formas de rigidez moral comparten algo: la imposibilidad de introducir duda. Y donde no hay duda, no hay pensamiento.

Si esto es así, la tarea clínica no consiste solo en corregir creencias. Consiste en algo más difícil: abrir posibilidades; introducir incertidumbre tolerable; y reconstruir un espacio donde pensar sea posible No se trata de decirle al paciente “eso no es verdad”, sino de ayudarle a que pueda imaginar que podría ser de otro modo. Algo difícil en estos tiempos de crisis en los que tendemos a buscar algo sólido donde agarrarnos. Porque, en el fondo, pensar no es tener razón. Pensar es poder no estar completamente seguro.


Wittgenstein advertía contra ciertos peligros intelectuales que siguen plenamente vigentes hoy : la tendencia a construir sistemas cerrados que explican demasiado bien.

Quizá el delirio no sea tan ajeno a nosotros como pensamos. Tal vez empieza ahí donde dejamos de preguntarnos si podríamos estar equivocados. Y eso, en clínica, es un asunto muy relevante para nuestra práctica.

Y termino con Krahe: 

porque dudo que al final de este asunto

la cosa no se acabe con un punto

sino con punto y coma


jueves, 19 de marzo de 2026

Edgar A. Levenson (1924–2026) OBITUARIO. Una voz de los márgenes del psicoanálisis

Edgar A. Levenson (1924–2026)
Una voz de los márgenes del psicoanálisis
(Carlos Rodríguez Sutil)
Ha fallecido Edgar A. Levenson, a los 101 años, una de las figuras más singulares e influyentes del psicoanálisis contemporáneo, estrechamente vinculado al William Alanson White Institute de Nueva York y heredero, en una línea propia y profundamente original, de la tradición interpersonal inaugurada por Sullivan, Fromm y Clara Thompson.
Nacido en el Bronx en 1924, en el seno de una familia de inmigrantes rusos, Levenson desarrolló una trayectoria que combinó la formación médica, la psiquiatría y el psicoanálisis con una intensa curiosidad intelectual. Desde muy temprano se vio influido por corrientes como la antropología cultural y la epistemología de la ciencia, lo que marcaría decisivamente su pensamiento posterior. Esa apertura a otros campos le permitió introducir en el psicoanálisis una sensibilidad poco habitual en su tiempo: la conciencia de que toda teoría es inseparable del contexto cultural en el que surge.
Autor de obras ya clásicas como The Fallacy of Understanding (1972), The Ambiguity of Change (1983) y de dos colecciones de artículos, The Purloined Self (2017) e Interpersonal Psychoanalysis and the Enigma of Consciousness (2018), estos escritos muestran la continuidad de sus preocupaciones: la naturaleza de la conciencia, el papel del lenguaje y la imposibilidad de separar al observador de lo observado. Lejos de cerrar su obra, estos trabajos finales insisten en el carácter abierto e inacabado del proceso analítico. Levenson fue uno de los principales responsables del giro relacional y contextualista en la forma de pensar la práctica analítica. Su propuesta, que él mismo denominó “perspectivista”, implica que no hay una única verdad analítica, sino múltiples modos de organizar la experiencia, siempre situados históricamente y atravesados por los supuestos del observador. En este sentido, su pensamiento anticipa y alimenta el posterior desarrollo del psicoanálisis relacional, al desplazar el foco desde el aparato intrapsíquico hacia el campo de interacción entre paciente y analista. Frente a la idea de una comprensión objetiva del mundo interno del paciente, sostuvo que toda percepción es una construcción y que el analista no puede situarse fuera de aquello que observa. De ahí su conocida crítica a la “falacia de la comprensión”: la ilusión de que el analista puede acceder a una verdad última independiente de su propia participación.
Uno de sus aportes más fecundos consiste en haber mostrado que el dato clínico fundamental no es el paciente aislado, sino la estructura relacional que se configura en el encuentro terapéutico. La transferencia y la contratransferencia dejan así de entenderse como fenómenos separados para ser concebidas como una experiencia compartida, en la que ambos participantes están inevitablemente implicados.
Levenson fue también un crítico constante de las ortodoxias. Descrito por colegas como un “tábano” o un “deconstructivista” clínico, su estilo se caracterizaba por una permanente interrogación de los supuestos implícitos en las teorías y en las presentaciones de caso. La expresión completa es de Donnel B. Stern: “a gadfly with an agenda” (“un tábano con agenda”). Más interesado en las preguntas que en las respuestas, desconfiaba de las formulaciones cerradas y buscaba, una y otra vez, aquello que quedaba fuera de ellas. Como él mismo señalaba, la cuestión central no es tanto qué significa algo, sino qué está ocurriendo en la interacción.
Esta actitud se traduce también en su concepción de la técnica. Levenson nunca propuso un método rígido ni un conjunto de reglas, sino más bien una forma de trabajo abierta, cercana a la improvisación —él mismo la comparaba con el jazz—, en la que el analista debe atender a los matices de la relación y a la experiencia compartida más que a la aplicación de un sistema teórico preestablecido. En este sentido, su obra ha contribuido a cuestionar la idea de que la eficacia terapéutica dependa de la corrección de una interpretación, subrayando en cambio el valor transformador de la experiencia relacional.
A pesar de la influencia reconocida por autores como Mitchell, Bromberg o Donnel Stern, Levenson ha sido, paradójicamente, una figura algo marginal dentro del propio movimiento relacional. Tal vez porque su pensamiento, siempre incómodo y poco sistemático, resiste ser convertido en doctrina. Él mismo se definía como un outsider, alguien más interesado en desestabilizar certezas que en construir sistemas. Quienes lo conocieron destacan no solo la agudeza de su pensamiento, sino también su humor irreverente, su erudición y su capacidad para estimular el pensamiento en los demás. Como señalaba uno de sus colegas, conversar con Levenson no implicaba necesariamente estar de acuerdo con él, sino salir de la conversación con nuevas preguntas. Levenson nunca fue un “autor de sistema”, sino un autor de problemas.
Con su muerte desaparece una de las voces más originales del psicoanálisis contemporáneo. Su legado permanece, sin embargo, como una invitación a sostener la incertidumbre, a desconfiar de las verdades demasiado seguras y a pensar la clínica como un proceso abierto, siempre en construcción.


Algunas discrepancias con Kernberg y una reflexión sobre el diagnóstico relacional

INTRODUCCIÓN He explicado en distintas ocasiones algunos aspectos de mi manera de entender la clasificación de la personalidad, pero quizá n...