miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuando dejamos de pensar: delirio, certeza y práctica clínica

 

“Prefiero caminar con una duda que con un mal axioma”, cantaba Javier Krahe en “El Cromosoma”.

Hay una idea inquietante que atraviesa tanto la filosofía como la clínica: no siempre pensamos cuando creemos que pensamos.

En psicopatología, el delirio se ha definido clásicamente como una creencia falsa mantenida con certeza absoluta. Sin embargo, esa definición se queda corta. Como muestra el trabajo de Ariso , el problema no es solo el contenido del delirio, sino su relación con el sistema de certezas del sujeto. El delirio no es simplemente una creencia errónea: es una forma de reorganizar la experiencia.

Dos conceptos resultan especialmente sugerentes:

la incertidumbre,

y la ceguera a las posibilidades.

Cuando una persona pierde la capacidad de considerar alternativas, cuando el mundo se estrecha hasta una única interpretación posible, lo que emerge no es solo un error, sino una forma de cierre de la experiencia. Esto tiene una resonancia clínica inmediata. No solo en la psicosis. También en formas más cotidianas de sufrimiento donde el paciente “no puede ver otra cosa”. Y aquí es donde la cuestión deja de ser puramente teórica.

Gran parte de la tradición psicológica ha pensado la mente como algo cerrado, casi como un almacén interno. Pero desde una perspectiva relacional, esto es una ilusión. Como he defendido en otros textos, siguiendo a Wittgenstein, la mente no está “dentro” del sujeto, sino que se constituye en relación con otros . No hay pensamiento sin contexto, sin vínculo, sin historia compartida. Desde aquí, el delirio no es solo un fallo cognitivo, es también un fallo del campo relacional. No es solo que el paciente “no vea”, es que no puede ver con otro.

Esto nos acerca a un problema ético. Una moral desligada de la relación puede volverse peligrosa . Cuando la norma sustituye al encuentro, cuando la ley sustituye al otro, aparece una forma de “certeza” que ya no necesita pensar. El delirio clínico y ciertas formas de rigidez moral comparten algo: la imposibilidad de introducir duda. Y donde no hay duda, no hay pensamiento.

Si esto es así, la tarea clínica no consiste solo en corregir creencias. Consiste en algo más difícil: abrir posibilidades; introducir incertidumbre tolerable; y reconstruir un espacio donde pensar sea posible No se trata de decirle al paciente “eso no es verdad”, sino de ayudarle a que pueda imaginar que podría ser de otro modo. Algo difícil en estos tiempos de crisis en los que tendemos a buscar algo sólido donde agarrarnos. Porque, en el fondo, pensar no es tener razón. Pensar es poder no estar completamente seguro.


Wittgenstein advertía contra ciertos peligros intelectuales que siguen plenamente vigentes hoy : la tendencia a construir sistemas cerrados que explican demasiado bien.

Quizá el delirio no sea tan ajeno a nosotros como pensamos. Tal vez empieza ahí donde dejamos de preguntarnos si podríamos estar equivocados. Y eso, en clínica, es un asunto muy relevante para nuestra práctica.

Y termino con Krahe: 

porque dudo que al final de este asunto

la cosa no se acabe con un punto

sino con punto y coma


Cuando dejamos de pensar: delirio, certeza y práctica clínica

  “Prefiero caminar con una duda que con un mal axioma”, cantaba Javier Krahe en “El Cromosoma”. Hay una idea inquietante que atraviesa tant...