miércoles, 7 de octubre de 2026

NOTE ON AN EXCHANGE WITH PHILIP BROMBERG ABOUT DISSOCIATION


On March 19, 2013, I had a brief email exchange with Philip Bromberg concerning several questions raised by my reading of Awakening the Dreamer. My interest focused mainly on the relations among dissociation, splitting, and repression, as well as on possible affinities between his thinking and that of Ronald Fairbairn.
I first asked him whether Freud’s late concept of splitting of the ego (Ichspaltung), especially in Splitting of the Ego in the Process of Defence (1938), could be considered close to the concept of dissociation. My proposal was a cautious one: I was not claiming that splitting and dissociation were synonymous, but rather that they might share an important part of their respective semantic fields [there are never perfect synonyms]. Bromberg rejected this approach with an especially expressive formulation: “Sharing semantic fields creates the illusion that they share clinical and experiential fields.” For him, terminological similarity should not obscure the difference between the clinical and experiential phenomena to which the two concepts referred.
I also suggested that Freudian splitting could be understood as a mechanism distinct from repression and related to more procedural and presymbolic phenomena, in a direction similar to the vertical split postulated by Kohut. Bromberg replied that Freud introduced splitting out of theoretical necessity, but without fully developing its clinical significance because, in his view, conflict theory was preserved “at all costs.” As for Kohut, he acknowledged that there was something worth considering in this interpretation, although he thought that it did not lead to a revision of analytic theory with major clinical consequences, except from a properly Kohutian position, with which he did not identify.
Another point in the conversation concerned Pierre Janet. I noted that in part of the specialized literature [Elisabeth Howell, among others], Janetian dissociation had been presented as a more passive phenomenon than Freudian splitting: something that happens to the subject and that at times appears under hypnoid states, as opposed to the more active and defensive character attributed to splitting [an idea defended by Fairbairn in his doctoral thesis]. Bromberg explicitly rejected this characterization. In his view, Janet’s supposed “passivity” had traditionally been used by Freudians as an argument to discredit his contribution. He added a rather categorical statement: Janet’s perspective was just as psychodynamic as Freud’s. This observation is important because it places Bromberg within a tradition that recovers dissociation not as a mere passive deficit of integration, but as a process with full dynamic and relational meaning.
Finally, I asked him about Fairbairn, since I was struck by the scant presence of this author in his writings, given the apparent proximity between certain aspects of the two models: the fragmentation of experience, the organization of relatively separate configurations of the self, and the importance attributed to object relations. Bromberg replied very concisely: “I never have been a fan of Fairbairn. The reasons are complex.” The answer is especially striking because, despite this lack of explicit identification with Fairbairn, important points of contact can be found between the two authors [as I pointed out years later in an article published in the Portuguese journal of relational psychotherapy. Rodríguez Sutil, C. (2021). Similarities and differences between the thought of Fairbairn and Bromberg. Revista PsiRelacional, no. 2, November, 41–67. Revista PsiRelacional], although there are also profound differences in the way they conceive splitting, psychic multiplicity, and therapeutic transformation. On the other hand, as I have already pointed out, Bromberg need not have actually read Fairbairn in order to have been influenced by his thinking—despite the evident differences—through his personal and professional friendship with Stephen Mitchell, a major scholar of the work of the Scottish psychiatrist.
Our email exchange makes Bromberg’s position quite clear: his concept of dissociation should not be reduced to a new label for Freudian splitting, nor should it be understood simply as an absence of integration. It refers to the existence of self-states that may remain separate from ordinary subjective experience and whose integration is not achieved simply through the recovery of repressed contents, but through new relational experiences that make it possible to recognize and inhabit what previously could only be kept dissociated.
Fairbairn and Bromberg both assign central importance to the fragmentation of subjectivity, but Fairbairn tends to describe it through a relatively stable structure of egos and internal objects, whereas Bromberg formulates it in more processual, relational, and experiential terms, as a multiplicity of self-states.

NOTA SOBRE UN INTERCAMBIO CON PHILIP BROMBERG ACERCA DE LA DISOCIACIÓN


El 19 de marzo de 2013 mantuve por correo electrónico un breve intercambio con Philip Bromberg a propósito de algunas cuestiones suscitadas por la lectura de Awakening the Dreamer. Mi interés se centraba principalmente en las relaciones entre disociación, escisión y represión, así como en las posibles afinidades de su pensamiento con el de Ronald Fairbairn.
Le planteé, en primer lugar, si el concepto freudiano tardío de escisión del yo (Ichspaltung), especialmente en La escisión del yo en el proceso defensivo (1938), podía considerarse próximo al concepto de disociación. Mi propuesta era prudente: no afirmaba que escisión y disociación fueran sinónimos, sino que quizá compartían una parte importante de sus respectivos campos semánticos [nunca ha sinónimos perfectos]. Bromberg rechazó esta aproximación con una formulación especialmente expresiva: «Sharing semantic fields creates the illusion that they share clinical and experiential fields». Para él, la semejanza terminológica no debía ocultar la diferencia entre los fenómenos clínicos y experienciales a los que ambos conceptos remitían.
También sugerí que la escisión freudiana podía entenderse como un mecanismo distinto de la represión y relacionado con fenómenos más procedimentales y presimbólicos, en una dirección semejante a la escisión vertical postulada por Kohut. Bromberg respondió que Freud introdujo la escisión por necesidad teórica, pero sin desarrollar plenamente su significación clínica, porque —según él— la teoría del conflicto fue preservada «a toda costa». Respecto de Kohut, reconocía que había algo atendible en esta interpretación, aunque consideraba que no llevaba a una revisión de la teoría analítica con consecuencias clínicas importantes, salvo desde una posición propiamente kohutiana, con la que él no se identificaba.
Otro punto de la conversación se refería a Pierre Janet. Yo señalaba que en parte de la literatura especializada  [Elisabeth Howell, entre otros] se había presentado la disociación janetiana como un fenómeno más pasivo que la escisión freudiana: algo que le sucede al sujeto y que en ocasiones aparece bajo estados hipnoides, frente al carácter más activo y defensivo atribuido a la escisión [idea que defendió Fairbairn en su tesis doctoral]. Bromberg rechazó expresamente esta caracterización. A su juicio, la supuesta «pasividad» de Janet había sido un argumento empleado tradicionalmente por los freudianos para desacreditar su contribución. Añadió una afirmación bastante tajante: la perspectiva de Janet era tan psicodinámica como la de Freud. Esta observación resulta importante porque sitúa a Bromberg en una tradición que recupera la disociación no como simple déficit pasivo de integración, sino como un proceso con pleno significado dinámico y relacional.
Finalmente, le pregunté por Fairbairn, pues me sorprendía la escasa presencia de este autor en sus escritos, dada la aparente proximidad entre determinados aspectos de ambos modelos: la fragmentación de la experiencia, la organización de configuraciones relativamente separadas del self y la importancia atribuida a las relaciones de objeto. Bromberg respondió de manera muy concisa: «I never have been a fan of Fairbairn. The reasons are complex.» La respuesta resulta especialmente llamativa porque, pese a esta falta de identificación explícita con Fairbairn, pueden encontrarse importantes puntos de contacto entre ambos autores [como señalé años después en un artículo publicado en la revista portuguesa de psicoterapia relacional. Rodríguez Sutil, C. (2021). Semejanzas y diferencias entre el pensamiento de Fairbairn y el de Bromberg. Revista PsiRelacional, n.º 2, noviembre, 41-67. Revista PsiRelacional], aunque también diferencias profundas en la manera de concebir la escisión, la multiplicidad psíquica y la transformación terapéutica. Por otra parte, como ya he señalado, Bromberg no tiene que haber leído propiamente a Fairbairn para haberse visto influido por su pensamiento – a pesar de las diferencias evidentes – a través de su relación de amistad y profesional con Stephen Mitchell, gran conocedor de la obra del psiquiatra escocés.
Nuestro intercambio de mails permite apreciar con bastante nitidez la posición de Bromberg: su concepto de disociación no debe reducirse a una nueva denominación de la escisión freudiana, ni tampoco entenderse simplemente como ausencia de integración. Remite a la existencia de estados del self que pueden permanecer separados de la experiencia subjetiva ordinaria y cuya integración no se alcanza simplemente mediante la recuperación de contenidos reprimidos, sino a través de nuevas experiencias relacionales que permitan reconocer y habitar aquello que previamente solo podía mantenerse disociado.
Fairbairn y Bromberg conceden una importancia central a la fragmentación de la subjetividad, pero Fairbairn tiende a describirla mediante una estructura relativamente estable de yoes y objetos internos, mientras que Bromberg la formula en términos más procesuales, relacionales y experienciales, como multiplicidad de estados del self.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¿EXISTE UN FREUD RELACIONAL?

 

IS THERE A RELATIONAL FREUD? Rodríguez Sutil, C. (2026). ¿Existe un Freud relacional?Clínica e Investigación Relacional, 20 (1): 225- 244. [ISSN 1988-2939] [Recuperado de www.ceir.info ] DOI: 10.21110/19882939.2026.200119 Carlos Rodríguez Sutil Resumen Este trabajo examina la pertinencia de la expresión “Freud relacional” a partir de un criterio ontológico. Más allá de la constatación de que Sigmund Freud reconoció la importancia decisiva de los vínculos interpersonales, la cuestión es determinar si tales observaciones modificaron el fundamento metapsicológico de su teoría o si fueron finalmente reinscritas en la lógica del aparato intrapsíquico. A través del análisis de nociones como la identificación, el superyó, la psicología de las masas y la transferencia, se muestra que Freud se aproximó repetidamente a una comprensión acorde con lo relacional, pero tendió a traducirla en términos intrapsíquicos. El psicoanálisis relacional contemporáneo puede entenderse como la sistematización de esas tendencias y como un desplazamiento que sitúa el campo relacional —y no el individuo aislado— como unidad básica de análisis. Desde esta perspectiva, Freud aparece menos como precursor que como interlocutor decisivo cuyo pensamiento ilumina, por contraste, la magnitud del cambio introducido. Palabras clave psicoanálisis relacional; ontología; campo relacional; internalización; transferencia; Freud 

 Abstract This paper examines the relevance of the expression “relational Freud” from an ontological perspective. Beyond acknowledging that Sigmund Freud recognized the decisive importance of interpersonal bonds, the key issue is whether such observations transformed the metapsychological foundations of his theory or were ultimately reinscribed within the logic of the intrapsychic apparatus. Through an analysis of notions such as identification, the superego, mass psychology, and transference, the article argues that Freud repeatedly approached a view compatible with relational thinking, yet tended to translate it into intrapsychic terms. Contemporary relational psychoanalysis can thus be understood as the systematization of these tendencies and as a shift that places the relational field—rather than the isolated individual—at the center of inquiry. From this perspective, Freud appears less as a precursor than as a decisive interlocutor whose work illuminates, by contrast, the magnitude of the transformation that followed. Key words relational psychoanalysis; ontology; relational field; internalization; transference; Freud 

 1. Introducción En las últimas décadas se ha vuelto cada vez más frecuente la tentación de releer la obra de Sigmund Freud a la luz de los desarrollos del psicoanálisis relacional. La expansión de este paradigma y su influencia creciente en la práctica clínica han favorecido interpretaciones que buscan descubrir en Freud anticipaciones de categorías hoy familiares. La pregunta por un posible “Freud relacional” forma parte de ese movimiento retrospectivo. El interés de esta indagación es evidente. Ninguna tradición teórica surge en el vacío y todo pensamiento nuevo tiende a reconocer antecedentes que legitimen su emergencia. Señalar continuidades permite inscribir la innovación en una genealogía y reducir la apariencia de ruptura. Sin embargo, este procedimiento entraña también un riesgo: el de transformar resonancias parciales en coincidencias estructurales y, con ello, desdibujar la especificidad de los cambios introducidos por los desarrollos posteriores. La dificultad reside en determinar el nivel en el que debe establecerse la comparación. No basta con comprobar que Freud concedió una importancia decisiva a los vínculos interpersonales ni con acumular pasajes en los que el otro aparece como factor relevante. La cuestión es más exigente. Se trata de averiguar si tales observaciones llegaron a modificar el modo mismo en que Freud concebía la constitución de la vida psíquica o si, por el contrario, fueron integradas dentro de un marco cuya referencia última seguía siendo el funcionamiento del aparato psíquico interno. Planteada así, la pregunta deja de ser puramente historiográfica. Interroga la naturaleza del giro relacional y obliga a precisar en qué sentido puede hablarse de transformación teórica. Solo a partir de esa clarificación será posible evaluar el alcance de las convergencias y de las divergencias. El recorrido que seguirá este trabajo intentará responder a esa exigencia. En primer lugar, se delimitará el significado que atribuiremos al término “relacional”. A continuación, se examinará la ontología implícita en la metapsicología freudiana. Más adelante se analizarán aquellos puntos de su obra en los que la experiencia clínica parece empujar hacia una comprensión más radical de la interdependencia. Finalmente, el giro relacional contemporáneo será presentado como una respuesta sistemática a tensiones que en Freud permanecían abiertas. De este modo, la pregunta inicial podrá reformularse con mayor precisión. Tal vez no se trate de decidir si Freud fue o no relacional, sino de comprender hasta dónde pudo avanzar en esa dirección y por qué su pensamiento encontró allí un límite. 2. Qué entendemos por relacional En una acepción amplia, podría considerarse relacional a cualquier teoría que reconozca la relevancia del otro en la vida psíquica; desde este punto de vista, prácticamente todo el psicoanálisis —incluido el freudiano— merecería esa denominación. Sin embargo, una definición tan inclusiva pierde capacidad discriminativa: si todo es relacional, nada lo es en un sentido fuerte. Para que el término conserve su utilidad teórica es necesario restringirlo. El rasgo distintivo del paradigma relacional contemporáneo no consiste simplemente en admitir la influencia de los vínculos, sino en sostener que la mente misma se constituye en ellos. La relación no es un factor que modula procesos previamente dados; es la condición de posibilidad de la experiencia psíquica. No hay un sujeto ya formado que posteriormente entra en contacto con otros, sino que el sujeto emerge de matrices interactivas que lo preceden, lo sostienen y lo transforman de manera continua. Autores como Stephen A. Mitchell (1988, 1997) describieron este movimiento como una reorganización profunda del ámbito psicoanalítico, en la que la prioridad deja de pertenecer a las estructuras internas para desplazarse hacia los patrones de interacción. Este cambio implica un giro ontológico de gran alcance. Allí donde predominaba la metáfora del aparato, el pensamiento relacional introduce la idea de configuraciones co-creadas. El significado ya no se busca en el interior de una mente individual, sino en sistemas de relación que incluyen tanto la historia pasada como el entramado presente. La unidad de análisis pasa del individuo aislado al campo relacional o intersubjetivo. Esta intuición ha recibido nombres diversos: matriz relacional en Mitchell, vínculo en la tradición inaugurada por Enrique Pichon-Rivière (1980), campo relacional en otros desarrollos posteriores. Más allá de la diversidad terminológica, el denominador común es el rechazo a considerar la subjetividad como sustancia previa a la interacción. En esta misma línea de desplazamiento teórico, Madeleine Baranger y Willy Baranger (1961-1962) introdujeron la noción de campo analítico, mediante la cual el proceso terapéutico deja de concebirse como la observación de un psiquismo individual para entenderse como una configuración dinámica co-creada por analista y paciente. Por su parte, José Bleger (1967) profundizó este giro al situar en el encuadre y en la dimensión sincrética o indiferenciada de la experiencia aspectos fundamentales del funcionamiento psíquico que no pertenecen propiamente a ninguno de los participantes por separado, sino a la situación analítica misma. Con ello, la unidad de análisis se desplaza progresivamente desde el individuo hacia el campo relacional en el que la experiencia analítica tiene lugar. Vistos desde una óptica relacional, conceptos clásicos de la técnica adquieren necesariamente un estatuto distinto. La transferencia deja de ser concebida únicamente como repetición de prototipos infantiles para incluir la participación efectiva del analista en la configuración de la experiencia. De modo semejante, la contratransferencia se transforma de obstáculo a instrumento privilegiado de comprensión, tal como subrayaron Lewis Aron (1996) y Orange, Atwood y Stolorow (1997) al insistir en la naturaleza inevitablemente co-determinada del proceso. El giro relacional no supone negar la existencia de fenómenos intrapsíquicos, pero sí cuestionar su autosuficiencia explicativa. Defensas, afectos y conflictos se comprenden como formaciones que nacen, se mantienen y se transforman en escenarios interpersonales concretos. En este sentido, el paradigma puede reconocerse como heredero de tradiciones más amplias que han destacado la génesis social de la vida mental, desde las reflexiones de Lev Vygotsky (1934) hasta la concepción del espacio transicional formulada por Donald Winnicott (1958, 1971), donde la experiencia surge en una zona intermedia que no pertenece por completo ni al individuo ni al entorno. Esta redefinición alcanza también a la posición del terapeuta. El analista ya no puede presentarse como observador neutral que aplica un método desde fuera, sino como participante, en una línea que había sido anticipada por Harry Stack Sullivan (1953), quien había sistematizado la perspectiva interpersonal de lo subjetivo, tomando el término “observador participante” de la antropología cultural . Sin embargo, la participación no equivale a simetría. En los desarrollos posteriores de la tradición intersubjetiva, autores como Bernard Brandchaft (1994) han defendido la necesidad de un psicoanálisis más democrático, atento a la influencia mutua, mientras que Donna Orange (2011) ha insistido en la dimensión ética de la práctica clínica inspirándose en el pensamiento de Emmanuel Levinas: el encuentro con el otro introduce una responsabilidad que antecede a cualquier pretensión de objetividad. Una concepción de este tipo no elimina la singularidad individual, pero la entiende como sedimentación de historias de relación. La interioridad deja de oponerse al mundo para convertirse en su expresión. El self es inseparable de los contextos que lo han configurado y continúa transformándose en ellos . A partir de esta delimitación podemos formular con mayor precisión la pregunta que guiará las páginas siguientes: ¿hasta qué punto la teoría freudiana comparte este desplazamiento ontológico? ¿Pensó Freud la mente como emergente del vínculo o mantuvo, pese a la riqueza extraordinaria de su clínica, la primacía de un aparato cuya lógica podía describirse con independencia del encuentro presente? Planteada así, la cuestión no se resuelve mediante la localización de frases que subrayen la importancia del otro. Requiere examinar la arquitectura del modelo para determinar si las convergencias son estructurales o si se trata de intuiciones que no llegan a transformar el fundamento de la metapsicología. 3. Freud y la ontología Una vez delimitado el sentido en que utilizaremos el término relacional, resulta posible abordar con mayor precisión la concepción freudiana de la vida psíquica. La pregunta que guía este apartado no es si Freud reconoció la importancia de los otros significativos —algo que nadie pondría en duda ni con él ni con ningún otro autor destacado—, sino si pensó la mente como emergente de la relación o si, por el contrario, mantuvo la primacía explicativa de un aparato intrapsíquico dotado de leyes propias. La respuesta exige atender a la arquitectura general de la metapsicología. Desde sus primeros desarrollos, Sigmund Freud buscó describir el funcionamiento mental mediante modelos capaces de dar cuenta de la producción, circulación y transformación de la energía pulsional. Tanto en la primera como en la segunda tópica, el psiquismo aparece organizado en instancias relativamente diferenciadas cuyo conflicto constituye el motor fundamental de la dinámica. Incluso cuando el origen de determinados contenidos se sitúa en la interacción con figuras externas, el trabajo propiamente analítico se orienta hacia procesos que ocurren dentro del aparato. La represión, la formación de compromiso, el retorno de lo reprimido o la constitución del síntoma pueden describirse sin referencia inmediata al otro real. El escenario decisivo es interior o, dicho de otra manera, lo importante no es lo que se vive sino cómo se vive. Freud pasó de la teoría de la seducción a la dinámica deseante interna poco después de los Escritos sobre la Histeria (Freud y Breuer, 1893/1895). Este planteamiento no elimina la presencia del entorno, pero la subordina a una economía previa. El objeto interviene en la medida en que satisface, frustra o canaliza tendencias que pertenecen al individuo. En última instancia, el conflicto fundamental se establece entre exigencias pulsionales y defensas organizadas por el yo. La relación funciona como desencadenante o modulador más que como fundamento constitutivo, una orientación que más tarde sería llevada a posiciones extremas por autores como Melanie Klein. La hipótesis del narcisismo primario, tal como es formulada por Freud (1914c) en Introducción del narcisismo, ilustra con claridad esta lógica. Aunque posteriormente el yo se modifique mediante identificaciones, el punto de partida implica una forma de existencia psíquica cuya inteligibilidad no depende originariamente del encuentro con el otro. La relación aparece, por así decirlo, en un segundo tiempo. Esta concepción fue objeto de críticas relevantes dentro del propio psicoanálisis. Jean Laplanche (1970) señaló que la idea parece incurrir en una petición de principio: ¿cómo podría el yo amarse a sí mismo antes de estar constituido como tal? Para que el narcisismo sea posible, la unidad que se inviste debería encontrarse ya establecida, pero precisamente es esa unidad la que el concepto pretende explicar. Formulado en términos filosóficos, el problema recuerda la dificultad de un “para sí” que no haya sido previamente un “en sí”. La teoría necesita presuponer el sujeto cuya génesis intenta describir. La dificultad no pasó inadvertida para el propio Freud. En el mismo texto reconoce el carácter hipotético de ese estado inicial y admite que su formulación responde a una necesidad teórica más que a una constatación empírica directa. El concepto aparece así menos como descripción de un estadio verificable que como postulado destinado a sostener la coherencia del modelo metapsicológico. Funciona como presupuesto estructural del sistema y no como resultado de una observación clínica independiente, lo que deja en suspenso la cuestión del origen mismo de la unidad que pretende explicar. Algo semejante ocurre con la teoría de la pulsión. Aun en la complejidad de sus reformulaciones, la pulsión conserva el carácter de exigencia interna que presiona al psiquismo desde la corporalidad del individuo. El vínculo con el objeto es decisivo para su destino, pero no para su surgimiento. La fuente última permanece anclada en el interior. Freud fue plenamente consciente de que la vida humana transcurre en interacción constante con los demás. Sus análisis de la identificación, del superyó o de los fenómenos colectivos muestran una sensibilidad extraordinaria hacia la dependencia del sujeto respecto de los otros. Sin embargo, incluso en estos terrenos, el interés teórico se orienta hacia la manera en que esas relaciones se internalizan y pasan a formar parte de la estructura psíquica. El movimiento fundamental va del afuera al adentro, pero hacia un adentro que ya posee consistencia organizativa. Aunque Freud no tematizó explícitamente el problema filosófico de las otras mentes, su posición mantiene afinidades claras con el modo en que John Stuart Mill - un autor que él tradujo en su juventud - lo había formulado, y que se conoce como el argumento per analogiam: tenemos experiencia inmediata de nuestra propia vida mental, mientras que la del otro solo puede conocerse por inferencia en la medida en que se mueve y actúa de una manera semejante a como yo lo hago. Freud (1914c) plantea, en coherencia con ello, que el acceso a mi propio psiquismo es inmediato, mientras que el del otro debe inferirse, pero introduce la variación de que me es más fácil interpretar el significado de los actos del otro que no de los míos propios. En cualquier caso, la interioridad individual continúa funcionando como referencia primaria; el otro aparece como problema derivado, no como condición constitutiva. La transferencia misma, que podría parecer el punto más cercano a una concepción relacional, es pensada ante todo como repetición de prototipos infantiles (Freud, 1912). El analista ocupa - o es llevado a ocupar en el imaginario del paciente - posiciones previamente establecidas en el mundo interno del paciente, o imagos . Aunque su presencia resulte indispensable, su función principal consiste en servir de soporte para que se despliegue una historia anterior. El descubrimiento tiene prioridad sobre la co-creación. Sería injusto ignorar que en la obra freudiana aparecen movimientos que tensionan esta arquitectura. No obstante, considerada en conjunto, la metapsicología se apoya en la idea de una mente cuya organización puede describirse, al menos en principio, con independencia del vínculo presente. El aparato psíquico mantiene su primacía. Desde el punto de vista del paradigma relacional, esta ontología plantea dificultades evidentes. Si el significado emerge en sistemas interactivos y no puede separarse de ellos, el postulado de procesos intrapsíquicos autosuficientes resulta problemático. La interioridad deja de ser el origen de la vida psíquica para convertirse en precipitado de historias compartidas. Precisamente por ello conviene examinar ahora aquellos lugares de la obra freudiana en los que la presión de la experiencia parece empujar más allá de este marco. Es en esas zonas de tensión donde la pregunta por la posible cercanía entre Freud y el pensamiento relacional adquiere su mayor legitimidad. 4. Donde Freud roza lo relacional La afirmación de que la metapsicología freudiana mantiene la primacía del aparato intrapsíquico no debe impedir reconocer aquellos lugares de su obra en los que la presencia del otro adquiere una función estructurante. Más allá de consideraciones generales sobre el desarrollo o el trauma, existen conceptos cuya formulación obliga a admitir que la subjetividad se configura en un entramado de vínculos sin el cual resultaría ininteligible. Señalar estos puntos no implica atribuir retrospectivamente a Freud una concepción relacional plena, sino advertir la complejidad de un pensamiento que, enfrentado a la clínica, fue empujado repetidamente hacia la interdependencia. En esos momentos el modelo del aparato psíquico parece requerir apoyarse en procesos comprensibles solo en referencia a los otros significativos. Entre estos núcleos destacan la identificación, la formación del superyó, la psicología de las masas y la transferencia. En todos ellos Freud reconoce que el sujeto se constituye mediante la internalización de relaciones decisivas. Sin embargo, la cuestión sigue siendo si estamos ante un cambio ontológico o ante una ampliación que finalmente retorna a la interioridad. La identificación Si hay un punto de la obra freudiana que obliga a reconocer la función constitutiva del otro, es la identificación. El yo se configura mediante la incorporación de rasgos y modos de ser de las figuras significativas; el vínculo no es circunstancia externa, sino el medio mismo de organización psíquica. Desde los primeros desarrollos hasta El yo y el ello (1923), la identificación aparece como proceso central del devenir subjetivo. Amar, perder o temer deja huellas que pasan a formar parte del yo, que se presenta así como precipitado de relaciones anteriores. Leída hoy, esta concepción se aproxima a una sensibilidad relacional. El yo no surge como entidad autosuficiente, sino como resultado de intercambios significativos. No obstante, al integrarla teóricamente, reaparece la primacía del aparato psíquico. La identificación designa el pasaje por el cual la relación deviene estructura. El movimiento decisivo es la interiorización. Una vez constituido, el yo puede funcionar con relativa independencia del vínculo presente. En este tránsito Freud recurre a menudo al término introyección, que nombra precisamente la incorporación de características del objeto al funcionamiento psíquico. La relación es condición de origen, pero no matriz permanente. El acento recae en la organización resultante más que en la interacción continua. La teoría abre la puerta a la relacionalidad y, al mismo tiempo, fija su límite. El superyó La formación del superyó constituye otro momento de notable cercanía a lo relacional. Lejos de surgir como instancia autónoma, nace de la internalización de las figuras parentales y de las exigencias transmitidas en el vínculo. La autoridad interior tiene una historia interpersonal. Esta procedencia inspiró la reformulación de la estructura endopsíquica en términos de relaciones objetales propuesta por W. R. D. Fairbairn (1944), quien extendió el principio al conjunto del aparato psíquico. Freud subraya que el niño incorpora no solo prohibiciones, sino actitudes e ideales de quienes ocupan un lugar decisivo para él. La conciencia moral aparece así como heredera de relaciones concretas; la vida interior se revela habitada por los otros. Pero nuevamente el movimiento explicativo conduce a la interiorización. El vínculo se convierte en instancia, y el interés se desplaza hacia la configuración intrapsíquica resultante. La potencia relacional convive con su traducción estructural. Los desarrollos posteriores radicalizaron este punto. Philip M. Bromberg (1998) señaló que los padres no solo indican qué hacer, sino que comunican quién se es, validando ciertos estados del self y desconfirmando otros. Jessica Benjamin (1988), inspirándose en la dialéctica hegeliana del reconocimiento, sostuvo que la constitución del sujeto depende de ser afirmado por otro igualmente reconocido. El eje deja de situarse en la interiorización de normas para desplazarse hacia los procesos relacionales que otorgan realidad y continuidad a la experiencia. Psicología de las masas En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Freud describe con gran agudeza cómo la vida psíquica se transforma en tramas identificatorias colectivas. El grupo modifica ideales, pertenencias y organización libidinal; la psicología individual aparece inseparable de la social. Estas observaciones permiten pensar la subjetividad como permeable a configuraciones presentes y no solo a la historia infantil. Sin embargo, cuando Freud formaliza el fenómeno, el acento vuelve a ponerse en la manera en que el grupo se inscribe en el aparato psíquico del individuo. La prioridad recae en la reorganización interna más que en la dinámica del campo relacional. Los desarrollos relacionales recientes han retomado estas intuiciones desplazando la atención hacia sistemas de experiencia compartida en transformación continua. La identidad se entiende menos como inscripción estable que como proceso co-determinado en el vínculo. La transferencia La transferencia constituye quizá el escenario donde la dimensión relacional se vuelve más evidente. El tratamiento se sostiene en un vínculo presente sin el cual el inconsciente no se haría accesible. En La dinámica de la transferencia (1912), Freud reconoce que el analista se convierte inevitablemente en figura significativa. La interacción es el medio de aparición del material clínico. Pero la interpretación privilegia el retorno. El vínculo actual se concibe ante todo como actualización de prototipos infantiles. El analista ocupa lugares previamente organizados en el mundo interno del paciente; la tarea consiste en hacer visible esa historia. La relación es imprescindible, aunque su sentido remite a una estructura anterior. El acento recae en lo que reaparece más que en lo que se produce en el intercambio. Así, incluso allí donde el encuentro adquiere mayor protagonismo, la prioridad continúa perteneciendo al aparato intrapsíquico. 5. Las intuiciones relacionales de Freud y los límites de su integración El recorrido realizado en el apartado anterior ha permitido observar hasta qué punto la teoría de Sigmund Freud reconoce la función constitutiva del otro en la formación del sujeto. Ya sea a través de la identificación, de la instauración del superyó, de los fenómenos colectivos o del despliegue transferencial, la vida psíquica aparece atravesada por vínculos sin los cuales perdería inteligibilidad. Freud no deja de subrayar que el yo es, en buena medida, heredero de sus relaciones. Sin embargo, el examen detenido de estos conceptos muestra también un movimiento recurrente. Aquello que se presenta inicialmente como proceso interpersonal tiende a reformularse finalmente como organización interna del aparato psíquico. El vínculo es indispensable para el origen, pero el resultado privilegiado por la teoría es la estructura intrapsíquica que de él se deriva. Es precisamente en este desplazamiento donde se hace visible la tensión que atraviesa la obra freudiana. La experiencia clínica empuja hacia el reconocimiento de la interdependencia, mientras que el marco conceptual disponible conduce a traducirla en términos de interioridad. Freud parece aproximarse repetidamente a una concepción relacional que, sin embargo, no llega a consolidarse como fundamento ontológico. A partir de aquí resulta posible comprender de otro modo ciertos momentos especialmente significativos de su trabajo, en los que la magnitud de lo interpersonal amenaza con desbordar el modelo del aparato psíquico. Uno de los lugares más evidentes de esta tensión se encuentra en los primeros desarrollos sobre el trauma. En los historiales iniciales, recogidos en Estudios sobre la Histeria (Freud, 1895d), el sufrimiento aparece ligado en muchos casos, pero no en todos, a experiencias interpersonales concretas que han dejado al sujeto en una posición de desvalimiento frente a la acción del otro. Más allá de las posteriores reformulaciones, esos textos transmiten con fuerza la idea de que la perturbación no se origina únicamente en conflictos internos, sino en acontecimientos que han tenido lugar en el mundo compartido. Sin embargo, también introduce el concepto de “histeria defensiva” que es aquella que se produce de manera autónoma en el paciente como defensa ante deseos inaceptables. El célebre episodio de Katharina resulta particularmente elocuente. Allí, la comprensión del síntoma no puede separarse de la escena vivida con una figura significativa cuya conducta irrumpe de manera traumática en la experiencia de la joven. Lo decisivo aquí no es una fantasía endógena, sino la imposibilidad de elaborar lo sucedido en el marco de la relación. Freud percibe con claridad el peso del contexto, aunque más tarde tienda a reinscribirlo en una economía pulsional más amplia. Este movimiento de reinscripción es característico. La fuerza de lo interpersonal es reconocida, pero finalmente absorbida por el aparato psíquico. El trauma deviene conflicto psíquico; el acontecimiento externo se transforma en representación interna. De este modo, la primacía ontológica de la interioridad queda preservada. La dificultad para sostener una ontología plenamente relacional se hace igualmente visible en la actitud de Freud frente a la contratransferencia (Freud, 1910d). Aunque reconoció que el analista se veía inevitablemente afectado por el vínculo con el paciente, tendió a considerar esas reacciones como interferencias derivadas de sus propios puntos ciegos y, por tanto, como obstáculos que debían ser dominados mediante el autoanálisis. Lejos de convertirse en vía de acceso privilegiada al proceso compartido, la experiencia emocional del terapeuta quedaba situada del lado de la perturbación técnica. El campo relacional volvía así a descomponerse en dos aparatos diferenciados, cada uno responsable de sus propios contenidos. Este desplazamiento puede observarse también en decisiones teóricas de gran alcance. El abandono de la llamada teoría de la seducción marca el paso desde una etiología centrada en el impacto efectivo del otro hacia una comprensión cada vez más orientada por la dinámica fantasmática del sujeto. Aunque Freud nunca negó la realidad de los acontecimientos traumáticos, la prioridad explicativa se trasladó progresivamente al modo en que estos eran elaborados dentro del aparato psíquico. Años más tarde, las tensiones que suscitaron las propuestas clínicas de Sándor Ferenczi (1933), especialmente en torno a la comunicación presentada en Wiesbaden en 1932, volverían a poner de manifiesto la dificultad de integrar sin reservas una perspectiva en la que la responsabilidad del entorno adquiría un peso determinante. En este punto podemos ver con claridad que el giro relacional no prolonga a Freud, sino que se separa de él en un nivel más profundo: la ontología del psiquismo. Allí donde Freud postula un aparato interno —estructuras que procesan, reprimen, transforman—, el enfoque relacional propone un psiquismo constitutivamente intersubjetivo, cuyo sentido emerge en el campo relacional y no en un interior preformado. Esta crítica no proviene solo del psicoanálisis contemporáneo: también encuentra un paralelo filosófico sorprendente en los Seminarios Zollikon, donde Martin Heidegger (1987), invitado por Medard Boss, analizó ante psiquiatras suizos los fundamentos del psicoanálisis freudiano. Heidegger llevó a cabo un desmontaje sistemático de los supuestos positivistas de la metapsicología, mostrando cómo Freud —sin pretenderlo— traslada la teoría kantiana de la objetividad al estudio del ser humano, convirtiéndolo en objeto y sometiéndolo al paradigma de las ciencias naturales. Desde sus inicios, Freud y sus seguidores intentaron presentar el psicoanálisis como un saber plenamente científico, equiparable al modelo de las ciencias físico-naturales (cf. Chacón, 2020). Freud no dudó en concebirlo como una ciencia natural, regida por un determinismo materialista y sustentada en un método propio, sin recurrir a su posible inscripción en el ámbito de las ciencias del espíritu o sociales, también consideradas ciencias en la tradición germánica (Wissenschaft). No obstante, como subraya Chacón, el psicoanálisis encuentra dificultades para satisfacer criterios clásicos de replicabilidad empírica, tensión epistemológica que acompañará su desarrollo posterior y que adquiere especial relevancia en las reformulaciones relacionales. Según Heidegger (1987), el psicoanálisis freudiano objetiviza al ser humano en dos movimientos: 1. al reducir su historicidad a una presencia disponible (Vorhanden), 2. al naturalizarlo dentro de una cadena causal. Así, la metapsicología no describe la vida humana singular sino un sistema de causas que opera sobre “objetos anímicos”. Y, sin embargo, concede a Freud un mérito indudable: haber mostrado que las personas enferman por relaciones traumáticas con otros seres humanos, y que la cura se produce, igualmente, en la relación. Pero para Heidegger esto debería comprenderse como un modo específico de estar con los otros, no como un proceso técnico mediado por conceptos —como “transferencia”— que presuponen mentes separadas y estancas. Por eso, afirma, una auténtica analítica existencial debe ser descriptiva, no constructiva: ha de dar cuenta de la historia del ser humano concreto en su temporalidad circular, no imponerle un aparato teórico previo. Cuando el psicoanálisis se entiende como técnica, dice Heidegger, supone que una mente aislada hace algo a otra mente aislada; y desde ese momento lo relevante deja de ser el ser humano para convertirse en “la psicoterapia”, que pasa a ser un proceder técnico aplicado sobre objetos. Su resultado no es un sujeto más sano, sino —en el mejor de los casos— un objeto más pulido. Esto explica, añade, que las recomendaciones técnicas —más tarde convertidas en reglas de obligado cumplimiento— sobrevivan hoy como un auténtico “superyó psicoanalítico colectivo” (Orange, Atwood y Stolorow, 1997, p. 15). El contraste no puede ser más claro: mientras Freud apunta a una estructura intrapsíquica regulada por leyes y técnicas, la perspectiva relacional y la analítica existencial coinciden en entender que el lugar del sujeto no puede agotarse en esquemas causales ni en operaciones técnicas. La ruptura del giro relacional con Freud no es metodológica: es una ruptura ontológica. 6. El giro relacional: de la interioridad al campo relacional El pensamiento relacional puede entenderse, en buena medida, como el intento de ofrecer una respuesta sistemática a las tensiones que ya estaban presentes en la obra de Sigmund Freud. Allí donde Freud había encontrado fenómenos que obligaban a reconocer la fuerza constitutiva del vínculo, pero los había reinscrito finalmente en la lógica del aparato, el paradigma relacional propone invertir la prioridad ontológica: no es la relación la que debe explicarse a partir de la mente, sino la mente la que ha de comprenderse como producto de la relación. Junto con esta transformación, el pensamiento relacional ha concedido un lugar central a la noción de alianza terapéutica, entendida como colaboración entre paciente y analista en la construcción del proceso. Jeremy D. Safran (Safran y Muran, 2000; Safran y Elvy, 2010) mostró que el avance del tratamiento depende en gran medida de la capacidad para establecer, perder y restablecer ese lazo de trabajo, de modo que las rupturas de la alianza dejan de ser accidentes para convertirse en momentos privilegiados de elaboración. A menudo se ha supuesto que este énfasis representaría una novedad radical respecto de la técnica freudiana. Sin embargo, una lectura atenta permite matizar esa impresión. En distintos momentos de su obra, Freud (1937c) afirmó con claridad que el analista se alía con el yo del paciente para enfrentarse a las fuerzas que se oponen al tratamiento y reconoció que no toda relación positiva con el terapeuta debía interpretarse como transferencia. La posibilidad de una cooperación basada en la realidad formaba parte de las condiciones mismas del método. La diferencia con el paradigma relacional no reside, por tanto, en la existencia o no de la alianza, sino en el estatuto que se le otorga. Mientras que para Freud la cooperación facilita el acceso a conflictos que pertenecen al mundo interno del paciente, el pensamiento relacional tiende a considerar que es en ese mismo vínculo donde se generan y/o transforman los significados. Este desplazamiento modifica la unidad de análisis. El individuo deja de ser concebido como entidad autosuficiente cuyo funcionamiento puede describirse con independencia del contexto presente. En su lugar aparece la noción de campo relacional, entendido como sistema dinámico en el que se produce la experiencia. Lo psíquico no pertenece por completo a ninguno de los participantes; emerge en la interacción. Stephen A. Mitchell (1988, 1997) subrayó que la tradición psicoanalítica había oscilado históricamente entre modelos centrados en la pulsión y modelos centrados en la relación, pero que ambos conservaban todavía la idea de una mente individual como soporte último. El paso decisivo consistía en reconocer la naturaleza constitutivamente co-creada de la subjetividad. En una línea convergente, Lewis Aron (1996) insistió en que el analista participa inevitablemente en la configuración del proceso terapéutico y que la neutralidad clásica debía ser reemplazada por una ética de la implicación responsable. El encuentro analítico deja de concebirse como el lugar donde se revela una verdad preexistente para convertirse en el espacio donde se generan nuevas posibilidades de experiencia. Por su parte, Jessica Benjamin (1988, 2004) formuló la cuestión en términos de reconocimiento mutuo. La subjetividad no se consolida en aislamiento, sino en la capacidad de sostener la presencia de un otro igualmente real. El tercero deja de ser una instancia intrapsíquica para adquirir una dimensión intersubjetiva que organiza el campo relacional. En este contexto teórico, procesos que antes se describían como intrapsíquicos adquieren una nueva inteligibilidad. Las defensas dejan de aparecer como decisiones del individuo frente a exigencias pulsionales y se comprenden como configuraciones aprendidas y mantenidas en contextos relacionales específicos. En un trabajo temprano, Heinz Kohut (1957) sostuvo que los modos de preservar la cohesión del self se adquieren en el seno de las interacciones familiares, desplazando el acento desde la elección individual hacia la transmisión vincular. El inconsciente mismo se redefine. Junto al inconsciente reprimido, organizado en torno al conflicto, adquiere relevancia un registro implícito o procedimental que contiene formas de estar con los otros incorporadas tempranamente y que se actualizan en la relación terapéutica. El interés se desplaza desde el contenido hacia el patrón interactivo. Si el significado se genera en el campo relacional, el analista ya no puede ocupar una posición exterior: su participación deja de ser obstáculo para convertirse en condición del trabajo . Llevado hasta sus últimas consecuencias, este cambio obliga a revisar supuestos filosóficos que durante mucho tiempo permanecieron implícitos en la tradición. Resulta significativo que incluso autores que conservaron la terminología freudiana modificaran profundamente su alcance. Cuando Donald Winnicott (1965) utiliza la expresión narcisismo primario, no describe un yo que se inviste a sí mismo, sino una situación de dependencia absoluta en la que el lactante y el entorno materno forman una unidad indiferenciada. Lo originario no es una interioridad previa, sino una organización relacional dentro de la cual la distinción entre sujeto y objeto aún no ha emergido. El vocabulario permanece; la ontología ha cambiado. La subjetividad aparece entonces como resultado de configuraciones históricas que exceden al individuo. Pensar de este modo implica abandonar definitivamente el imaginario de la mente aislada que, pese a las revisiones del siglo XX, continuó funcionando como trasfondo silencioso de buena parte de la teoría. El giro relacional no añade simplemente nuevos factores a una psicología previa, sino que transforma el estatuto mismo de aquello que llamamos vida psíquica. Esta transformación encuentra una de sus formulaciones más radicales en la obra de Edgar A. Levenson. La pregunta deja de ser qué significa el material aportado por el paciente para orientarse hacia qué está ocurriendo entre quienes participan en la situación analítica. El foco se desplaza desde la búsqueda de una verdad subyacente hacia la descripción de los patrones de interacción que organizan el encuentro. Analista y paciente no descubren conjuntamente un sentido previo; lo producen en su intercambio. El significado ya no precede a la relación: emerge en ella. 7. Conclusión: ¿existe un Freud relacional? El itinerario recorrido a lo largo de este trabajo permite volver a la pregunta inicial con un grado mayor de precisión. Plantear si existe un Freud relacional no equivale a buscar en su obra anticipaciones aisladas del pensamiento contemporáneo ni a decidir si otorgó suficiente importancia a la presencia del otro en la vida psíquica. La cuestión decisiva es de orden ontológico: se trata de determinar dónde situó el fundamento del significado. La pregunta por un posible Freud relacional debe ser reformulada a la luz de dos hechos. Primero, que Freud nunca modificó la ontología del psiquismo que sostenía su metapsicología, y segundo, que dicha ontología —centrada en un aparato interno y en una técnica que opera sobre él— implica una objetivación del sujeto, tal como subraya Heidegger en los Seminarios de Zollikon. Desde esta perspectiva, el psicoanálisis clásico no es solamente “no relacional”: es tributario de una concepción técnico-causal que convierte al paciente en objeto de procedimientos, estableciendo un marco que la tradición relacional no puede simplemente heredar. Frente a ello, el giro relacional no prolonga a Freud, sino que inaugura otra matriz conceptual y ética: la de una subjetividad constituida en la interacción, un campo relacional en el que el analista participa, y una clínica que no se fundamenta en aplicar una técnica, sino en un modo de estar-con-el-otro que hace posible, como diría Bromberg (1998), que estados del self previamente disociados puedan ser reconocidos y transformados. En este sentido, Freud es un interlocutor decisivo: sus intuiciones interpersonales abrieron puertas que su propia metapsicología cerró. El pensamiento relacional emerge, precisamente, al reabrir esas puertas y al rechazar la objetivación como punto ciego fundamental del psicoanálisis clásico. El debate sobre un posible Freud relacional revela, en definitiva, la vitalidad del psicoanálisis como tradición en movimiento. Cada generación relee los textos fundacionales desde sus propias preguntas, descubre en ellos resonancias inesperadas y también límites que solo se vuelven visibles retrospectivamente. En ese diálogo continuo reside buena parte de la fuerza del campo relacional. Como escribió Jorge Luis Borges (1932), el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio. Responder a la pregunta inicial exige, por tanto, aceptar una paradoja. Freud no fue relacional en el sentido en que hoy utilizamos el término. Y, sin embargo, sin Freud no habría sido posible pensar el psicoanálisis relacional. 

Bibliografía 

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miércoles, 12 de agosto de 2026

CUMPLEAÑOS DE RONALD FAIRNAIRN

Ayer, 11 de agosto, se cumplieron 137 años del nacimiento de William Ronald Dodds Fairbairn (1889-1964), uno de los autores más originales y, durante mucho tiempo, menos reconocidos del psicoanálisis.
Su ruptura con la metapsicología freudiana puede resumirse en una afirmación aparentemente sencilla pero de enormes consecuencias: la libido no busca primariamente la descarga o el placer, sino al objeto. El ser humano está orientado hacia los otros desde el comienzo. No somos primero individuos aislados que después entramos en relación; nuestra mente se constituye en una historia de relaciones. Una paciente suya se lo formuló de manera memorable: «Usted está siempre hablando de que yo quiero tener satisfecho tal o cual deseo, pero lo que yo realmente quiero es un padre». Fairbairn supo escuchar la corrección.
También en la clínica se adelantó a desarrollos posteriores. Si muchos de nuestros sufrimientos proceden de relaciones tempranas insatisfactorias, la interpretación por sí sola no basta. La relación real entre paciente y terapeuta puede convertirse en una nueva experiencia capaz de abrir el “sistema cerrado” construido para sobrevivir a aquellas relaciones.
Fairbairn no creó escuela y pasó décadas en una posición relativamente marginal. Sin embargo, buena parte del psicoanálisis relacional contemporáneo resulta difícil de imaginar sin el camino que él abrió: del impulso al objeto, de la mente aislada a la relación.
Un buen día para volver a leerlo.

jueves, 9 de julio de 2026

"CONFUSIÓN DE LENGUAS" O "CONFUSIÓN DE LENGUA", Carlos Rodríguez Sutil y José Jiménez Avello (Nota escrita en colaboración)



Al comentar el texto presentado por Ferenczi en 1932, José Jiménez Avello (2006, 2026) ha utilizado deliberadamente, tanto en sus escritos como en sus clases, la expresión "Confusión de lengua entre los adultos y el niño", en singular, en lugar de la forma más habitual en español, "Confusión de lenguas". Nos proponemos exponer brevemente las razones de esta elección.

El título original alemán es Sprachverwirrung zwischen den Erwachsenen und dem Kind , y el subtítulo, Die Sprache der Zärtlichkeit und der Leidenschaft . El sustantivo alemán Sprache , que aparece dos veces en el subtítulo, puede traducirse como "lengua" o "lenguaje". Por su parte, el compuesto Sprachverwirrung designa una confusión producida en el ámbito de la lengua o del lenguaje. Por ello, la traducción en singular, "confusión de lengua", permite destacar que el problema planteado por Ferenczi no consiste simplemente en que el adulto y el niño hablan dos idiomas diferentes, sino en que atribuyen sentidos radicalmente distintos a expresiones que se producen dentro de un mismo campo lingüístico y relacional.

El niño y el adulto hablan la misma lengua, pero no otorgan el mismo significado a sus palabras, gestos y demandas. El lenguaje infantil de la ternura es recibido e interpretado por el adulto desde el lenguaje pasional de la sexualidad adulta. La confusión no reside, por tanto, únicamente en la coexistencia de dos "lenguas", sino en una alteración del sentido que se produce cuando el adulto traduce la ternura infantil conforme a sus propias significaciones pasionales y, abusando de la asimetría de la relación, impone al niño esa interpretación.

Jiménez Avello ha relatado que, en conversaciones con Pierre Sabourin, llegó a plantearse la conveniencia de la traducción a lengua inglesa. Aunque tongue también puede significar "lengua" como sistema lingüístico, mantiene una referencia inmediata al órgano corporal y favorece, además, la idea de dos lenguas diferenciadas. De ahí la pregunta de si no habría sido más apropiado emplear "language" y, en francés, mantener el singular, tal como aparece en la edición de las obras de Ferenczi: Confusion de langue entre les adultes et l'enfant . La tradición francesa, en efecto, ha conservado el singular.

Judith Dupont, cuya autoridad como traductora y responsable de la edición francesa de la obra de Ferenczi es indiscutible, confirmó en una conversación posterior que, atendiendo al original alemán, la opción más adecuada era el singular. La expresión en singular permite, además, ampliar el alcance de la propuesta ferencziana. Niños y adultos hablamos, en principio, una misma lengua. Podemos emplear, por ejemplo, el significante "erotismo", pero este no posee el mismo significado en el registro infantil de la ternura —ajeno todavía a la pasión sexual adulta, al sadomasoquismo y a la culpa— que en el erotismo pasional del adulto. El trauma se produce cuando el adulto desconoce esa diferencia, interpreta la demanda de ternura como una demanda sexual y obliga al niño a incorporarse a un sistema de significaciones que no le pertenece.

Esta consideración permite pensar la distinción entre ternura y pasión más allá de una oposición rígida entre infancia y edad adulta. En cualquier vínculo pueden aparecer estados afectivos tiernos y pasionales, así como confusiones en la atribución de sentido. La cuestión fundamental consiste en cómo se reconoce la alteridad del otro y cómo se responde a sus gestos y demandas sin imponerles una significación ajena. La "confusión de lengua" nombra, desde esta perspectiva, no solo una divergencia entre dos códigos, sino una perturbación ética y relacional del sentido.

Referencias bibliográficas

Ferenczi, S. (1933). Sprachverwirrung zwischen den Erwachsenen und dem Kind. Die Sprache der Zärtlichkeit und der Leidenschaft. Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, 19, 5-15. El trabajo había sido presentado en el XII Congreso Psicoanalítico Internacional de Wiesbaden en septiembre de 1932. (1932/1984). 

-Confusión de lenguas entre los adultos y el niño. El lenguaje de la ternura y de la pasión. En Obras completas (vol. IV). Espasa-Calpe.  

-Confusion de langue entre les adultes et l'enfant Le langage de la tendresse et de la passion". En Psychanalyse IV. Œuvres complètes, 1927-1933 . Payot.

Jiménez Avello, J. (2006). La isla de sueños de Sándor Ferenczi. Biblioteca Nueva. 

Jiménez Avello, J. (2026). Para leer a Ferenczi (2.ª ed. revisada; con la colaboración de A. Genovés y P. Revuelta). Ágora Relacional.


martes, 12 de mayo de 2026

Algunas discrepancias con Kernberg y una reflexión sobre el diagnóstico relacional


INTRODUCCIÓN

He explicado en distintas ocasiones algunos aspectos de mi manera de entender la clasificación de la personalidad, pero quizá no esté de más volver sobre ello. Mi sistema recoge influencias diversas —entre ellas Kernberg, la psicopatología vincular de Nicolás Caparrós y Hernán Kesselman, así como autores relacionales e intersubjetivos— aunque la clasificación final es propiamente mía y no coincide plenamente con ninguna de ellas.

Agresión y narcisismo no son lo mismo

La flecha regresiva que dibuja Kernberg entre la personalidad narcisista y la agresiva no me parece correcta. Él considera que la personalidad agresiva cumple también criterios narcisistas, pero yo creo que ahí se mezclan fenómenos diferentes.

El agresivo, por definición, no está centrado en su imagen sino en la obtención de sus deseos a la mayor brevedad posible. El narcisista, en cambio, sigue bastante pendiente de cómo queda ante los otros, del reconocimiento, de la humillación o de la amenaza de deterioro de su imagen.

Es cierto que en las personalidades de la posición esquizoide —narcisista, esquizoide y agresiva— el antecedente del superyó es todavía bastante primitivo y está más relacionado con el temor a la retaliación que con la culpa depresiva. Pero eso no significa que todas funcionen del mismo modo.

Agresión y apego como líneas parcialmente diferenciables

Kernberg tiende además a considerar que las organizaciones más primitivas son aquellas en las que predomina la agresión. Yo no lo veo exactamente así. Pienso que agresión y apego constituyen líneas evolutivas relacionadas, pero parcialmente diferenciables.

Existen personalidades claramente neuróticas en las que la agresividad tiene un peso considerable. El obsesivo —o rígido, utilizando el lenguaje de la psicopatología vincular— es un buen ejemplo de ello.

En mi propia clasificación introduzco además una organización que denomino explosivo-bloqueada, situada entre el agresivo y el obsesivo, y que no aparece descrita ni en Kernberg ni prácticamente en otras clasificaciones. El DSM habla del trastorno explosivo intermitente, pero no lo considera una organización estable de personalidad.

La cuestión de la difusión de identidad

Kernberg considera que las organizaciones de personalidad de nivel límite bajo presentan una mayor difusión de identidad, concepto que toma de Erikson. Tampoco estoy plenamente de acuerdo con esto.

Las personalidades narcisistas y agresivas pocas veces presentan verdaderas crisis de identidad. Suelen mantener, aunque sea de forma rígida o defensiva, una imagen relativamente estable de sí mismas.

La difusión de identidad aparece con mucha mayor claridad en las personalidades de posición confusional: la fóbica (evitativa), la confusional propiamente dicha (límite) y la explosivo-bloqueada. En ellas sí observamos oscilaciones importantes en la autoimagen, sentimientos persistentes de no saber bien quién se es y dificultades para mantener una continuidad subjetiva suficientemente integrada.

La personalidad fóbica

Siempre me llamó la atención que Kernberg no incluyera la personalidad fóbica como prototipo específico, aunque no encontré una explicación clara de ello cuando le leí en su momento.

Nancy McWilliams, autora muy relevante en este ámbito y buena conocedora de Kernberg, se aproxima más a la posición clásica de relacionar la fobia con la histeria —la “histeria de angustia” de Freud—. Sin embargo, ella misma participa en el PDM-2, sistema psicodinámico de descripción y clasificación de los trastornos psíquicos que sí incluye distintas variantes de personalidad fóbica.

El diagnóstico en psicoanálisis relacional

Por otra parte, buena parte del psicoanálisis relacional —interpersonalistas, intersubjetivistas, etc.— ha tendido a desconfiar del diagnóstico, considerándolo excesivamente cosificador y poco respetuoso con la singularidad del sujeto.

Yo, sin embargo, mantengo su utilidad clínica siempre que no se convierta en una etiqueta cerrada ni sustituya la escucha del paciente concreto.

El diagnóstico puede ayudarnos a orientarnos respecto al tipo de sufrimiento, las defensas predominantes, la modalidad vincular o el nivel de integración de la personalidad. Pero, desde una perspectiva relacional, también debemos tener presente que el terapeuta entra inevitablemente en interacción con el paciente desde su propia organización de personalidad, sus conflictos, defensas y modalidades vinculares.

En cierto sentido, no solo existe un diagnóstico del paciente: también existe “nuestro” diagnóstico, que influye en cómo percibimos al otro, en qué reacciones emocionales se despiertan en nosotros y en el tipo de relación que tendemos a co-construir con cada paciente.

Eso explica que cuando hablo de estos temas utilice el “yo” en lugar del “nosotros”, porque ninguno de mis colegas sigue exactamente mi sistema, aunque algunos lo respeten.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuando dejamos de pensar: delirio, certeza y práctica clínica

 

“Prefiero caminar con una duda que con un mal axioma”, cantaba Javier Krahe en “El Cromosoma”.

Hay una idea inquietante que atraviesa tanto la filosofía como la clínica: no siempre pensamos cuando creemos que pensamos.

En psicopatología, el delirio se ha definido clásicamente como una creencia falsa mantenida con certeza absoluta. Sin embargo, esa definición se queda corta. Como muestra el trabajo de Ariso , el problema no es solo el contenido del delirio, sino su relación con el sistema de certezas del sujeto. El delirio no es simplemente una creencia errónea: es una forma de reorganizar la experiencia.

Dos conceptos resultan especialmente sugerentes:

• la incertidumbre,

• y la ceguera a las posibilidades.

Cuando una persona pierde la capacidad de considerar alternativas, cuando el mundo se estrecha hasta una única interpretación posible, lo que emerge no es solo un error, sino una forma de cierre de la experiencia. Esto tiene una resonancia clínica inmediata. No solo en la psicosis. También en formas más cotidianas de sufrimiento donde el paciente “no puede ver otra cosa”. Y aquí es donde la cuestión deja de ser puramente teórica.

Gran parte de la tradición psicológica ha pensado la mente como algo cerrado, casi como un almacén interno. Pero desde una perspectiva relacional, esto es una ilusión. Como he defendido en otros textos, siguiendo a Wittgenstein, la mente no está “dentro” del sujeto, sino que se constituye en relación con otros . No hay pensamiento sin contexto, sin vínculo, sin historia compartida. Desde aquí, el delirio no es solo un fallo cognitivo, es también un fallo del campo relacional. No es solo que el paciente “no vea”, es que no puede ver con otro.

Esto nos acerca a un problema ético. Una moral desligada de la relación puede volverse peligrosa . Cuando la norma sustituye al encuentro, cuando la ley sustituye al otro, aparece una forma de “certeza” que ya no necesita pensar. El delirio clínico y ciertas formas de rigidez moral comparten algo: la imposibilidad de introducir duda. Y donde no hay duda, no hay pensamiento.

Si esto es así, la tarea clínica no consiste solo en corregir creencias. Consiste en algo más difícil: abrir posibilidades; introducir incertidumbre tolerable; y reconstruir un espacio donde pensar sea posible No se trata de decirle al paciente “eso no es verdad”, sino de ayudarle a que pueda imaginar que podría ser de otro modo. Algo difícil en estos tiempos de crisis en los que tendemos a buscar algo sólido donde agarrarnos. Porque, en el fondo, pensar no es tener razón. Pensar es poder no estar completamente seguro.


Wittgenstein advertía contra ciertos peligros intelectuales que siguen plenamente vigentes hoy : la tendencia a construir sistemas cerrados que explican demasiado bien.

Quizá el delirio no sea tan ajeno a nosotros como pensamos. Tal vez empieza ahí donde dejamos de preguntarnos si podríamos estar equivocados. Y eso, en clínica, es un asunto muy relevante para nuestra práctica.

Y termino con Krahe: 

porque dudo que al final de este asunto

la cosa no se acabe con un punto

sino con punto y coma


jueves, 19 de marzo de 2026

Edgar A. Levenson (1924–2026) OBITUARIO. Una voz de los márgenes del psicoanálisis

Edgar A. Levenson (1924–2026)
Una voz de los márgenes del psicoanálisis
(Carlos Rodríguez Sutil)
Ha fallecido Edgar A. Levenson, a los 101 años, una de las figuras más singulares e influyentes del psicoanálisis contemporáneo, estrechamente vinculado al William Alanson White Institute de Nueva York y heredero, en una línea propia y profundamente original, de la tradición interpersonal inaugurada por Sullivan, Fromm y Clara Thompson.
Nacido en el Bronx en 1924, en el seno de una familia de inmigrantes rusos, Levenson desarrolló una trayectoria que combinó la formación médica, la psiquiatría y el psicoanálisis con una intensa curiosidad intelectual. Desde muy temprano se vio influido por corrientes como la antropología cultural y la epistemología de la ciencia, lo que marcaría decisivamente su pensamiento posterior. Esa apertura a otros campos le permitió introducir en el psicoanálisis una sensibilidad poco habitual en su tiempo: la conciencia de que toda teoría es inseparable del contexto cultural en el que surge.
Autor de obras ya clásicas como The Fallacy of Understanding (1972), The Ambiguity of Change (1983) y de dos colecciones de artículos, The Purloined Self (2017) e Interpersonal Psychoanalysis and the Enigma of Consciousness (2018), estos escritos muestran la continuidad de sus preocupaciones: la naturaleza de la conciencia, el papel del lenguaje y la imposibilidad de separar al observador de lo observado. Lejos de cerrar su obra, estos trabajos finales insisten en el carácter abierto e inacabado del proceso analítico. Levenson fue uno de los principales responsables del giro relacional y contextualista en la forma de pensar la práctica analítica. Su propuesta, que él mismo denominó “perspectivista”, implica que no hay una única verdad analítica, sino múltiples modos de organizar la experiencia, siempre situados históricamente y atravesados por los supuestos del observador. En este sentido, su pensamiento anticipa y alimenta el posterior desarrollo del psicoanálisis relacional, al desplazar el foco desde el aparato intrapsíquico hacia el campo de interacción entre paciente y analista. Frente a la idea de una comprensión objetiva del mundo interno del paciente, sostuvo que toda percepción es una construcción y que el analista no puede situarse fuera de aquello que observa. De ahí su conocida crítica a la “falacia de la comprensión”: la ilusión de que el analista puede acceder a una verdad última independiente de su propia participación.
Uno de sus aportes más fecundos consiste en haber mostrado que el dato clínico fundamental no es el paciente aislado, sino la estructura relacional que se configura en el encuentro terapéutico. La transferencia y la contratransferencia dejan así de entenderse como fenómenos separados para ser concebidas como una experiencia compartida, en la que ambos participantes están inevitablemente implicados.
Levenson fue también un crítico constante de las ortodoxias. Descrito por colegas como un “tábano” o un “deconstructivista” clínico, su estilo se caracterizaba por una permanente interrogación de los supuestos implícitos en las teorías y en las presentaciones de caso. La expresión completa es de Donnel B. Stern: “a gadfly with an agenda” (“un tábano con agenda”). Más interesado en las preguntas que en las respuestas, desconfiaba de las formulaciones cerradas y buscaba, una y otra vez, aquello que quedaba fuera de ellas. Como él mismo señalaba, la cuestión central no es tanto qué significa algo, sino qué está ocurriendo en la interacción.
Esta actitud se traduce también en su concepción de la técnica. Levenson nunca propuso un método rígido ni un conjunto de reglas, sino más bien una forma de trabajo abierta, cercana a la improvisación —él mismo la comparaba con el jazz—, en la que el analista debe atender a los matices de la relación y a la experiencia compartida más que a la aplicación de un sistema teórico preestablecido. En este sentido, su obra ha contribuido a cuestionar la idea de que la eficacia terapéutica dependa de la corrección de una interpretación, subrayando en cambio el valor transformador de la experiencia relacional.
A pesar de la influencia reconocida por autores como Mitchell, Bromberg o Donnel Stern, Levenson ha sido, paradójicamente, una figura algo marginal dentro del propio movimiento relacional. Tal vez porque su pensamiento, siempre incómodo y poco sistemático, resiste ser convertido en doctrina. Él mismo se definía como un outsider, alguien más interesado en desestabilizar certezas que en construir sistemas. Quienes lo conocieron destacan no solo la agudeza de su pensamiento, sino también su humor irreverente, su erudición y su capacidad para estimular el pensamiento en los demás. Como señalaba uno de sus colegas, conversar con Levenson no implicaba necesariamente estar de acuerdo con él, sino salir de la conversación con nuevas preguntas. Levenson nunca fue un “autor de sistema”, sino un autor de problemas.
Con su muerte desaparece una de las voces más originales del psicoanálisis contemporáneo. Su legado permanece, sin embargo, como una invitación a sostener la incertidumbre, a desconfiar de las verdades demasiado seguras y a pensar la clínica como un proceso abierto, siempre en construcción.


NOTE ON AN EXCHANGE WITH PHILIP BROMBERG ABOUT DISSOCIATION

On March 19, 2013, I had a brief email exchange with Philip Bromberg concerning several questions raised by my reading of Awakening the Drea...